Los dos se precipitaron en la negrura de la pesadilla.
38
Heridas
Chorros de fuego surcaban los oscuros pasillos de la Torre Blanca y dejaban estelas de humo, densas y acres, que se enroscaban en el aire. La gente gritaba, chillaba y maldecía. Las paredes se sacudían cuando los impactos las alcanzaban; esquirlas y fragmentos de piedra pulverizaban tejidos de Aire creados como protección.
«Allí». Egwene localizó un sitio desde el que varias hermanas Negras arrojaban fuego hacia el pasillo. Entre ellas se encontraba Evanellein.
Egwene se desplazó dentro del cuarto contiguo a la habitación donde estaban esas mujeres; las oía al otro lado de la pared. Abrió las manos y lanzó una fortísima explosión de Tierra y Fuego contra la pared, que estalló hacia afuera.
Las mujeres escondidas al otro lado se tambalearon y cayeron; Evanellein se desplomó, ensangrentada. La otra fue lo bastante rápida para desplazarse a otro sitio.
Egwene se acercó para comprobar si Evanellein estaba muerta. Lo estaba, y Egwene asintió con satisfacción. Esa mujer era una de las que más ansiaba encontrar. Ojalá tuviera la suerte de rastrear a Katerine o a Alviarin.
Alguien encauzó. Detrás de ella. Egwene se zambulló al suelo justo cuando un chorro de Fuego pasó rozándole la cabeza. Era Mesaana, con la ropa negra ondeando a su alrededor. Egwene apretó los dientes y se desplazó a otro lugar. No se atrevía a enfrentarse a la Renegada en una lucha directa.
Apareció en un almacén, no muy lejos de donde se encontraba antes, y entonces trastabilló cuando una explosión sacudió la zona. Con un movimiento de la mano hizo una ventana en la puerta y vio pasar a Amys lanzada a la carga. La Sabia vestía cadin’sor y empuñaba lanzas. Tenía un hombro ennegrecido y le sangraba. Otra explosión estalló cerca de ella, pero Egwene desapareció. Ese último estallido había calentado el aire del pasillo como un horno, a la vez que deshacía la ventana que había creado, y la había obligado a retroceder.
El análisis de Saerin había sido correcto. A pesar de la lucha encarnizada, Mesaana no había huido ni se había escondido, como habría hecho Moghedien. Tal vez se sentía segura de sí misma. O quizás estaba asustada; lo más probable es que necesitara la muerte de la Amyrlin para presentar una victoria al Oscuro.
Egwene respiró hondo y se preparó para volver a la lucha, pero vaciló al recordar la aparición de Perrin. Había actuado como si ella fuera una novicia. ¿Cómo se había vuelto tan firme y tan seguro de sí mismo? A Egwene no le habían sorprendido tanto las cosas que había hecho como que hubiera sido él quien las hacía.
Su aparición era una lección. Tenía que ser más cuidadosa en cuanto a confiar en sus tejidos. Bair no tenía capacidad para encauzar, pero era más eficaz que las otras Sabias. Sin embargo, parecía que para ciertas cosas los tejidos eran mejor. Hacer volar una pared hacia afuera, por ejemplo, le había parecido más fácil con tejidos que imaginándolo, cuando imponer su voluntad contra una superficie tan grande y tan gruesa podría resultar peliagudo.
Era Aes Sedai y era una Soñadora. Tenía que hacer uso de ambas cosas. Con precaución, se trasladó de nuevo al cuarto en el que había visto a Mesaana. Estaba desierto, aunque la pared seguía en ruinas. Sonaron explosiones a la derecha y Egwene se asomó. Bolas de fuego surcaban el aire de un lado a otro en aquella dirección, y se veían los tejidos.
Egwene se desplazó detrás de uno de los grupos combatientes y creó un grueso cilindro de vidrio a su alrededor para protegerse. En esa zona la Torre tenía las paredes dañadas, con tramos derrumbados y otros candentes. Egwene atisbo una figura encorvada, vestida de azul, junto a un montón de escombros.
«¿Nicola? —pensó Egwene, colérica—. ¿Cómo ha llegado aquí? ¡Creía que ahora podía confiar en que tendría más sentido común!»
Esa muchacha tonta debía de haber conseguido un ter’angreal del sueño alguna de las otras que se habían despertado. Egwene se preparó Para desplazarse allí y ordenar a la chica que se fuera, pero de repente el suelo saltó en pedazos bajo los pies de Nicola a causa de una llameante explosión. La chica chilló al salir lanzada por el aire, mientras a su alrededor se esparcían trozos de piedra al rojo vivo.
Con un grito, Egwene se trasladó allí mientras imaginaba un resistente muro de piedra debajo de Nicola. La chica, ensangrentada y con una expresión vacía en los ojos, cayó en él. Egwene barbotó una maldición y se arrodilló a su lado. Nicola no respiraba.
—¡No! —exclamó Egwene.
—¡Egwene al’Vere! ¡Cuidado! —gritó la voz de Melaine.
Alarmada, se volvió al tiempo que surgía un grueso muro de granito junto a ella; la piedra detuvo varios chorros de fuego que habían llegado de atrás. Melaine apareció junto a Egwene vestida de negro, incluso con la piel de color oscuro. Había estado oculta en las sombras del pasillo.
—Este sitio se está volviendo demasiado peligroso para ti —dijo la Sabia—. Déjanoslo a nosotras.
Egwene bajó la vista, y el cuerpo de Nicola desapareció.
«¡Muchacha tonta!» Se asomó por un lado del muro y vio a dos hermanas Negras —Alviarin y Ramola— espalda contra espalda y lanzando tejidos destructivos en distintas direcciones. Había un cuarto detrás de ellas. Egwene podía repetir lo que había hecho ya en varias ocasiones: saltar dentro de cuarto, destruir la pared y golpearlas a las dos…
Muchacha estúpida. Tu pauta es obvia, volvió a oír las palabras de Bair.
Eso era lo que Mesaana quería que hiciera. Las dos hermanas Negras eran un señuelo.
Egwene se trasladó a la habitación, pero apareció dentro con la espalda contra la pared. Vació la mente y esperó, tensa.
Mesaana se presentó igual que había hecho antes, con esa ropa negra arremolinada que resultaba impresionante, pero también un tanto absurda. Requería estar pendiente de ella para mantenerla así. Egwene miró a los ojos a la sorprendida mujer y vio los tejidos que la Renegada había preparado.
«Ésos no me darán», pensó, segura de sí misma.
La Torre Blanca era suya. Mesaana y sus secuaces la habían invadido y matado a Nicola, a Shevan y a Carlinya.
Los tejidos salieron disparados, pero se doblaron alrededor de Egwene. Al instante, Egwene vestía la ropa de Sabia: blusa blanca, falda marrón, chal en los hombros. Imaginó una lanza en la mano —una lanza Aiel— y la arrojó con un movimiento preciso.
La lanza atravesó los tejidos de Fuego y Aire, deshaciéndolos, y después chocó contra algo duro: un muro de Aire situado delante de Mesaana. Egwene se negó a aceptarlo. Ese muro no pertenecía a este lugar. No existía.
La lanza, inmóvil en el aire, de repente reanudó el vuelo y alcanzó a Mesaana en el cuello. La mujer abrió los ojos de par en par y se desplomó hacia atrás, mientras la sangre brotaba a chorros de la herida. Las negras tiras arremolinadas a su alrededor desaparecieron por completo, al igual que el vestido. De modo que se trataba de un tejido… El rostro de Mesaana se transformó en el de…
¿Katerine? Egwene frunció el entrecejo. ¿Mesaana había sido Katerine todo el tiempo? Pero la Aes Sedai era Negra y había huido de la Torre. No se había quedado y eso significaba que…
«¡Oh, no! Me la han jugado —pensó—. Katerine era un…»
En ese momento, Egwene sintió que algo se cerraba, ciñéndole el cuello. Algo frío y metálico, algo familiar y aterrador. La Fuente la abandonó al instante porque ya no tenía permiso para abrazarla.
Giró sobre sí misma, horrorizada. Una mujer con el oscuro cabello cortado a la altura de la barbilla y los ojos de un color azul intenso se encontraba junto a ella. No tenía un aspecto muy impresionante, pero era muy fuerte en el Poder. Y en la muñeca llevaba un brazalete conectado por una correa a la banda que le rodeaba el cuello a Egwene.
Un a’dam.
—Excelente —se congratuló Mesaana—. Qué chiquilla más indómita eres.