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—Debemos irnos —dijo, la voz enronquecida—. Verdugo no trabajaría solo. Tiene que haber una trampa, probablemente un ejército. Alguien con un ejército. Podrían lanzar un ataque en cualquier momento.

—¿Puedes ponerte de pie? —le preguntó Faile. —Sí.

Estaba débil, pero se las arregló con ayuda de Faile. El faldón de la entrada susurró, y Chiad entró con un odre. Perrin lo aceptó, agradecido, y bebió. Le apagó la sed, pero la congoja aún ardía dentro de él. «Saltador». Bajó el odre. En el Sueño del Lobo la muerte era definitiva. ¿Dónde iría el espíritu de Saltador?

«He de seguir adelante —pensó—. Poner a salvo a los míos». Se dirigió hacia la entrada de la tienda; las piernas le respondían un poco mejor ahora.

—Veo tu pesar, esposo —susurró Faile, que caminaba a su lado, con la mano en el brazo de él—. ¿Qué ha ocurrido?

—He perdido a un amigo —respondió en voz muy baja—. Por segunda vez.

—¿Saltador?—Faile olía a miedo. —Sí.

—Oh, Perrin, cómo lo siento.

La voz de su esposa traslucía compasión. Salieron de la tienda, que era la única que quedaba en la pradera en la que antes acampaban sus ejércitos. En la hierba amarilla y parda se veían aún marcadas las huellas de las tiendas, los senderos señalados en el barro en un gran dibujo de zigzags. Era como un trazado para levantar una ciudad, con sectores delimitados para edificios y líneas tiradas que se convertirían en calzadas. Pero ahora casi no había gente.

El retumbante cielo estaba oscuro, y Chiad sostenía un farol para iluminar la hierba delante de ellos. Varios grupos de soldados esperaban, entre ellos, las Doncellas, que alzaron las lanzas bien alto cuando lo vieron y después las golpearon contra los escudos, en señal de aprobación.

Los hombres de Dos Ríos también se encontraban allí, e iban agrupándose a medida que se corría la voz. ¿Hasta qué punto podrían imaginar lo que había hecho él esa noche? Los hombres de Dos Ríos vitorearon, y Perrin los saludó con la cabeza, aunque estaba tenso. La singularidad seguía allí, en el aire. Había dado por sentado que el clavo de sueños era el responsable de ello, pero por lo visto se había equivocado. El aire olía a la Llaga.

Los Asha’man se hallaban en lo que había sido el centro del campamento. Se volvieron cuando oyeron llegar a Perrin y saludaron llevándose la mano al pecho. Parecían estar en buenas condiciones físicas, a pesar de acabar de trasladar a casi todo el campamento.

—Sacadnos de aquí, muchachos —les dijo Perrin—. No quiero pasar ni un minuto más en este lugar.

—Sí, milord —respondió Grady con ansiedad.

Una expresión concentrada asomó al semblante del Asha’man, y un acceso pequeño se abrió cerca de él.

—Pasad —ordenó Perrin con un ademán a los hombres de Dos Ríos.

Los hombres cruzaron a paso rápido. Las Doncellas y Gaul esperaron con él, como también lo hizo Elyas.

«Luz —pensó mientras recorría con la mirada la pradera donde habían estado acampados—. Me siento como un ratón al que observara un halcón».

—Supongo que podrías darnos un poco de luz —le pidió a Neald, que permanecía de pie junto al acceso.

El Asha’man ladeó la cabeza, y unas cuantas esferas de luz aparecieron a su alrededor. Después se elevaron en el aire y se dispersaron por la pradera.

Aparte del lugar ocupado antes por el campamento, no iluminaron nada más. Las últimas tropas cruzaron por fin el acceso. Tras ellos fueron Perrin y Faile, Gaul, Elyas y las Doncellas. Cerrando la marcha, los encauzadores pasaron juntos a través del agujero.

El aire al otro lado del acceso era frío y tenía un agradable olor a limpio. Perrin no había sido consciente de lo mucho que lo había incomodado el efluvio del mal. Se llenó los pulmones con una profunda inhalación. Se encontraban en una elevación, a cierta distancia de una mancha de luces junto al río; aquello debía de ser Puente Blanco.

Sus tropas lo jalearon cuando salió por el acceso. El enorme campamento estaba instalado casi por completo, con los puestos de guardia distribuidos. El acceso se había abierto en un área espaciosa marcada con postes, cerca de la parte trasera del perímetro.

Habían escapado. El precio había sido alto, pero habían escapado.

Graendal se recostó en el sillón. Los cojines de cuero estaban rellenos con plumón de polluelos de kallir, ave que en la era actual sólo se criaba en Shara, pero ella casi ni reparaba en semejante lujo.

El servidor —uno que Moridin le había prestado— se encontraba ante ella, reclinado en una rodilla. Había una expresión tormentosa en los ojos del hombre apenas agachados. Lo tenía controlado, pero a duras penas. Sabía que era único, irreemplazable.

También sabía que su fracaso recaería sobre ella. Graendal no sudaba. Mantenía el autocontrol lo bastante para que no le ocurriera tal cosa. Los postigos de la ventana en la estancia amplia, de baldosas rojas, se abrieron de golpe y un viento frío del mar penetró en la habitación y apagó varias lámparas. De las mechas se elevaron en el aire sinuosos hilillos de humo. Ella no fracasaría.

—De todos modos, prepara las cosas para que salte la trampa —ordenó.

—Pero… —empezó el servidor.

—Hazlo. Y no repliques a uno de los Elegidos, perro.

Él bajó los ojos, aunque en ellos aún alentaba un destello rebelde.

No tenía importancia. Todavía le quedaba una herramienta, una que había situado con gran cuidado. Una que había preparado para un momento como éste.

Había que actuar con mucho tiento. Aybara era un ta’veren, y uno lo bastante fuerte como para tenerle miedo. Flechas disparadas de lejos fallarían el blanco, e incluso en un momento de apacible contemplación también estaría alerta y huiría.

Graendal necesitaba una tormenta y a él en el centro. Entonces, el afilado acero se descargaría.

«Esto no ha acabado aún, Herrero Caído. Ni muchísimo menos».

39

En la tierra de los tres pliegues

Aviendha volvía a sentirse bien.

Había una perfección tranquilizadora en la Tierra de los Tres Pliegues. Los habitantes de las tierras húmedas encontraban monótono el paisaje de colores uniformes, pero para Aviendha esas tonalidades eran preciosas. Sencillos marrones y tostados, familiares y fiables, no como las tierras húmedas, donde tanto el paisaje como el tiempo cambiaban cada vez que uno se daba la vuelta.

Aviendha corría en la oscuridad progresiva de la noche inminente, cada zancada dada sobre tierra polvorienta. Por primera vez desde hacía muchos meses, estaba sola. En las tierras húmedas siempre tenía la sensación de que la observaba algún enemigo al que ella no veía ni podía atacar.

No es que la Tierra de los Tres Pliegues fuera un sitio más seguro. Todo lo contrario. En aquel trozo sombrío, debajo de los arbustos nadra, se hallaba el cubil de una serpiente letal. Si uno pasaba rozando las espinosas ramas, la serpiente lo picaría; había visto morir a cinco hombres de esas mordeduras. El cubil sólo era uno de los muchos peligros por los que había pasado a lo largo de la carrera hacia Rhuidean. Pero todos eran peligros comprensibles. Podía verlos, calibrarlos y evitarlos. Si moría por la picadura de una serpiente o perecía por el calor del territorio, sería por su culpa.

Siempre era preferible enfrentarse a un enemigo o un peligro que uno veía que temer el que se escondía tras los semblantes de mentirosos habitantes de las tierras húmedas.

Siguió corriendo a pesar de que la luz iba menguando. Era agradable sudar otra vez. La gente no sudaba lo suficiente en las tierras húmedas; a lo mejor por eso eran tan raros. En lugar de dejar que el sol los calentara, buscaban algo que los refrescara. En lugar de ir a una tienda de vapor para asearse como era debido, se sumergían en agua. Imposible que tal cosa fuera saludable.