No quería mentirse a sí misma. Ella había participado de esos lujos y había llegado a disfrutar con los baños y los elegantes vestidos que Elayne la obligaba a ponerse. Uno debía conocer sus debilidades antes de estar en condiciones de superarlas. Ahora, mientras corría por el territorio suavemente inclinado de la Tierra de los Tres Pliegues, había recuperado la perspectiva.
Por fin aflojó el paso. Por tentador que fuera viajar en la oscuridad y dormir durante el calor de las horas diurnas, hacerlo no era aconsejable. Un traspié en la oscuridad podía significar la muerte. Recogió con rapidez algunos arbustos tak secos y trozos de corteza de ina’ta, tras lo cual se preparó un campamento junto a una gran roca.
Poco después tenía encendida una lumbre, y la luz anaranjada se reflejaba en la roca que se erguía sobre ella, imponente. Horas antes había cazado un pequeño vergonzoso, un animalito parecido al armadillo, y lo desenroscó, lo desolló y lo clavó en un espetón.
Se acomodó para contemplar el fuego crepitante y oler la carne que se asaba. Sí, se alegraba de no haber Viajado directamente a Rhuidean y emplear un poco de tiempo —por valioso que fuera— en correr por la Tierra de los Tres Pliegues. La ayudaba a ver lo que había sido y en lo que se había convertido. Aviendha la Doncella ya no existía. Había abrazado su camino como una Sabia, y eso le había devuelto el honor. De nuevo tenía un propósito. Como Sabia, estaba en su mano conducir a los suyos a través de unos tiempos tan difíciles que los pondrían a prueba.
Una vez que todo eso hubiera acabado, su pueblo tendría que regresar a la Tierra de los Tres Pliegues. Cada día que pasaban en las tierras húmedas se volvían más débiles; ella misma era un ejemplo excelente. Allí se había vuelto blanda. ¿Y quién no se volvería cómodo en un sitio así? Habría que abandonarlo. Pronto.
Sonriendo, se recostó en la piedra para cerrar los ojos un momento y dejar que el cansancio del día se disipara. Ahora veía su futuro con mucha más claridad. Tenía que visitar Rhuidean, pasar entre las columnas de cristal y después regresar y reclamar la parte que le correspondía en el corazón de Rand. Lucharía en la Última Batalla. Ayudaría a preservar el resto de los Aiel que sobrevivieran y después los conduciría a casa, que era donde estaba su sitio.
Sonó un ruido más allá de la luz de la lumbre del campamento.
Aviendha abrió los ojos y se puso de pie de un salto al tiempo que abrazaba la Fuente. Una parte de sí se sentía complacida por buscar de forma instintiva el Poder Único, en lugar de unas lanzas que ya no tenía a su alcance. Tejió una esfera de luz.
Había una mujer en la oscuridad, cerca, vestida con ropas Aiel. No un cadin’sor ni el atuendo de una Sabia, sino la ropa normaclass="underline" falda oscura, blusa de color tostado y un chal, así como un pañuelo sobre el cabello que empezaba a encanecer. Era de mediana edad y no llevaba armas. No se movió.
Aviendha miró a un lado y a otro. ¿Sería una emboscada? ¿O esa mujer era un espectro? ¿Uno de los muertos que caminaban? ¿Por qué no la había oído acercarse?
—Saludos, Sabia —dijo la mujer, que inclinó la cabeza—. ¿Puedo compartir el agua contigo? Viajo lejos y vi tu fogata.
La mujer tenía la piel arrugada y no era encauzadora; eso lo captó sin problemas Aviendha.
—Aún no soy una Sabia —respondió, recelosa—. Ahora estoy de camino a mi segunda visita a Rhuidean.
—En ese caso, pronto encontrarás mucho honor —comentó la mujer—. Me llamo Nakomi, y prometo que no quiero hacerte daño, pequeña.
De repente, Aviendha se sintió como una tonta. La mujer se había acercado sin llevar armas enarboladas. Ella se había distraído, absorta en sus pensamientos, por eso no había oído llegar a Nakomi.
—No faltaba más, por favor.
—Gracias —dijo Nakomi.
La mujer entró en el círculo de luz y dejó su hatillo cerca de la pequeña fogata. Chasqueó la lengua y después sacó unas pocas ramitas del fardo para avivar el fuego. Asimismo, sacó un cacharro para el té.
—¿Puedo usar un poco de esa agua?
Aviendha le pasó el odre. No tenía apenas agua para que le durara los días que le faltaban para llegar a Rhuidean, pero sería una ofensa no acceder a la petición después de haberle ofrecido compartir el campamento.
Nakomi tomó el odre y llenó el recipiente, que a continuación coloco al lado del fuego para que se calentara.
—Es un inesperado placer encontrarse en el camino con alguien que se dirige a Rhuidean —comentó Nakomi mientras rebuscaba en el hatillo—. Dime, ¿ha sido largo el aprendizaje?
—Demasiado. Aunque sobre todo se ha debido a mi empecinamiento.
—Ah. Tienes un aire de guerrera, pequeña. Dime, ¿eres de los que se fueron hacia el oeste? ¿Los que se unieron al denominado el Car’a’car?
—Es el Car’a’carn —afirmó Aviendha con énfasis.
—No he dicho que no lo sea —respondió Nakomi, divertida al parecer por su reacción. Sacó unas hojas de té y otras hierbas aromáticas.
Cierto, la mujer no lo había negado. Aviendha hizo girar al vergonzoso en el espetón, y el estómago le sonó. También tendría que compartir la comida con la mujer.
—Si me permites preguntarte una cosa —continuó Nakomi—, ¿qué opinión tienes del Car’a’car?
«Lo amo», pensó de inmediato Aviendha, pero eso no podía decirlo.
—Creo que tiene mucho honor. Y, aunque es ignorante en cuanto a las costumbres y los modales correctos, está aprendiendo.
—Entonces, ¿es que has pasado tiempo con él?
—Algo —respondió, pero, para ser más sincera, añadió—: Más que la mayoría.
—Es un habitante de las tierras húmedas —comentó Nakomi, pensativa—. Y Car’a’carn. Dime, ¿las tierras húmedas son tan magníficas como cuentan muchos? ¿Hay ríos tan anchos que uno no alcanza a ver la otra orilla, plantas tan llenas de agua que revientan cuando las estrujas?
—Las tierras húmedas no son magníficas. Son peligrosas. Nos vuelven débiles.
Nakomi frunció el entrecejo.
«¿Quién es esta mujer?» No era inusitado encontrar Aiel viajando por el Yermo; hasta los niños aprendían a protegerse a sí mismos. Pero ¿no debería Nakomi estar viajando con amigos o con familiares? No llevaba ropa de Sabia, pero había algo en ella que…
La mujer removió el té y después recolocó el vergonzoso, poniéndolo sobre las brasas para que se cocinara de forma más uniforme. Del fardo sacó unas cuantas raíces de tierrahonda. La madre de Aviendha solía cocinarlas a menudo. Nakomi las metió en una cajita de cerámica para asar, que colocó entre las brasas. Aviendha no se había dado cuenta de que la fogata se hubiera puesto tan fuerte. ¿De dónde habían salido todas esas ascuas?
—Pareces estar inquieta —dijo Nakomi—. No es mi intención cuestionar a una aprendiza de Sabia, pero veo preocupación en tus ojos.
Aviendha reprimió una mueca. Habría preferido haber estado a solas. Y, sin embargo, había invitado a esa mujer a compartir su agua y su sombra.
—Estoy preocupada por nuestro pueblo. Se avecinan tiempos peligrosos.
—La Última Batalla —musitó Nakomi—. Eso de lo que hablan los habitantes de las tierras húmedas.
—Sí. Y me preocupa algo que va más allá de eso. Las tierras húmedas, que corrompen a nuestra gente, que la vuelven blanda.
Pero las tierras húmedas son parte de nuestro destino, ¿no es así? Las cosas que cuentan que el Car’a’carn ha revelado… Nos vinculan con esas tierras húmedas de formas muy curiosas. Eso dando por hecho que sean ciertas.
—Él no mentiría sobre eso —contestó Aviendha.
En la oscura noche, pasaron graznando y aleteando unos ratoneros. La historia del pueblo Aiel —todo lo que Rand al’Thor había revelado— todavía era causa de sufrimiento para muchos de los suyos. En Rhuidean, Aviendha vería dentro de poco esa historia por sí misma: que los Aiel habían roto sus juramentos. Mucho tiempo atrás, el pueblo de Aviendha había seguido la Filosofía de la Hoja, pero después la había abandonado.