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—Te hiciste con el ter’angreal —le respondió ella al tiempo que se arrodillaba a su lado—. Salvaste a la gente.

—Y, aun así, Verdugo nos venció —contestó Perrin con amargura—. Una manada de cinco… El esfuerzo en conjunto de cinco de nosotros y no fue suficiente para enfrentarnos a él.

Perrin se había sentido de la misma manera cuando se enteró de que su familia había muerto a manos de los trollocs. ¿Cuántos más iba a arrebatarle la Sombra antes de que esto terminara? Saltador debería haber estado a salvo en el Sueño del Lobo.

Cachorro estúpido, cachorro estúpido.

¿En verdad habría sido una trampa para su ejército? El propósito del clavo de sueños de Verdugo podría haber sido otro diferente por completo. Una mera coincidencia.

No hay coincidencias con los ta’veren

Necesitaba encontrar algo que hacer con su ira y su dolor. Se puso de pie, dio media vuelta y se asombró del número de lumbres que aún brillaban en el campamento. Un grupo de personas esperaba cerca, aunque se hallaba lo bastante lejos para no haber reconocido a cada uno por su efluvio. Alliandre vestía un atuendo dorado, en tanto que Berelain iba de azul. Las dos estaban sentadas en unos taburetes junto a una pequeña mesa de viaje de madera, sobre la que había un farol. Elyas se había sentado en una roca que había al lado y se dedicaba a afilar su cuchillo. Una docena de hombres de Dos Ríos —entre ellos Wil al’Seen, Jon Ayellan y Grayor Frenn— se apiñaban alrededor de una lumbre sin quitarle ojo a Perrin. Incluso Arganda y Gallenne se encontraban ahí y conversaban en voz baja.

—Deberían estar descansando —rezongó Perrin.

—Están preocupados por ti —dijo Faile. Ella también olía a preocupación—. Asimismo les preocupa que los mandes de vuelta, ahora que los accesos vuelven a funcionar.

—Necios —susurró Perrin—. Necios por seguirme. Por no esconderse.

—¿De verdad es eso lo que quieres que hagan? —preguntó Faile enfadada—. ¿Que se escondan en algún lugar mientras se lucha la Última Batalla? ¿No fuiste tú quien dijo que todos los hombres iban a hacer falta?

Ella estaba en lo cierto. Se iba a necesitar a todos los hombres. Se dio cuenta de que, en parte, su frustración se debía a que no sabía de qué había escapado. Había huido, sí, pero ¿de qué? ¿Por qué había muerto Saltador? No saber cuál era el plan del enemigo hacía que se sintiera ciego.

Se alejó del tocón y se dirigió hacia donde Arganda y Gallenne charlaban.

—Traedme el mapa —ordenó—. El de la calzada de Jehannah.

Arganda llamó a Hirshanin y le dijo dónde ir a buscarlo. Acto seguido, Hirshanin se alejó corriendo. Perrin echó a andar por el campamento en dirección al herrador que seguía trabajando, al golpeteo de metal contra metal. Era como si el sonido lo atrajera hacia sí. Los olores se arremolinaban a su alrededor mientras el cielo seguía retumbando en lo alto.

Los demás lo siguieron. Faile, Berelain y Alliandre, los hombres de Dos Ríos, Elyas, Gaul. El grupo creció al unirse a ellos otros hombres de Dos Ríos. Nadie hablaba. Perrin no les prestó la menor atención hasta que llegó junto a Aemin, que trabajaba en un yunque al lado de una de las fraguas tiradas por caballos que había en el campamento. El fuego ardía con una luz rojiza.

Hirshanin, con el mapa, los alcanzó al tiempo que llegaban. Perrin lo desenrolló y lo sujetó frente a él. Aemin dejó de trabajar; el herrero olía a curiosidad.

—Arganda, Gallenne —llamó Perrin—. Decidme, si tuvierais que tender una emboscada a una fuerza numerosa que avanzara hacia Lugard por esta calzada, ¿cuál sería el mejor lugar?

—Aquí —respondió sin dudar Arganda, que señaló un lugar a varias horas de distancia de donde habían estado acampados—. Fijaos, la calzada se desvía para seguir el lecho seco de un antiguo río. Cualquier ejército que pasara por ahí, estaría expuesto a una emboscada. Se lo podría atacar desde las alturas de los cerros, aquí y aquí.

—Así es —convino Gallenne, que asintió con la cabeza—. Se considera un lugar excelente para que acampe un ejército, en la base de la colina, ahí, donde tuerce la calzada. Sin embargo, si alguien ocupa esas posiciones altas con intención de haceros daño, es probable que no despertaseis por la mañana.

Arganda asintió a su vez con otro cabeceo.

El antiguo lecho del río se había convertido en un camino, amplio y llano, que discurría hacia el sur y el oeste. Los altos de los cerros al norte de la calzada eran llanos, un terreno apropiado para desplegar un ejército.

—¿Qué es esto? —preguntó Perrin mientras señalaba con el dedo unas marcas al sur de la calzada.

—Antiguas ruinas sin importancia —respondió Arganda—. Están tan degradadas por la erosión que no proporcionarían cobertura. En realidad, no son más que unos pedruscos cubiertos de musgo.

Perrin asintió. Algo empezaba a encajarle en la cabeza.

—¿Grady y Neald duermen? —preguntó.

—No —respondió Berelain—. Dijeron que querían estar despiertos, por si acaso. Creo que vuestro estado de ánimo los ha intranquilizado.

—Haced que vengan —dijo Perrin sin dirigirse a nadie en particular—. Uno de ellos tiene que ir a observar el ejército de los Capas Blancas. Recuerdo que alguien me dijo que habían levantado el campamento.

Perrin no esperó a ver si seguían su orden o no; se encaminó hacia la fragua y le puso la mano en el hombro al herrero.

—Ve a dormir, Aemin. Necesito trabajar un rato. Herraduras, ¿verdad?

El hombre asintió en silencio, con gesto de perplejidad. Perrin se puso el delantal y los guantes de herrero, y Aemin se marchó. Perrin sacó su propio martillo, el que le habían dado en Tear. Un objeto que se había usado para matar, pero que hacía mucho tiempo que no se utilizaba para crear.

El martillo podía ser un arma o una herramienta. Perrin tenía la capacidad de escoger, al igual que la tenían todos los que lo seguían. Saltador pudo escoger, y el lobo hizo su elección y arriesgó en defensa de la Luz más de lo que ningún humano entendería jamás. A excepción de Perrin.

Perrin utilizó las tenazas para sacar de las ascuas un trozo pequeño de metal y lo puso en el yunque. Levantó el brazo y empezó a golpearlo con el martillo.

Había pasado mucho tiempo desde que había estado trabajando en una forja. De hecho, el último trabajo sustancial que recordaba haber realizado fue en Tear, en aquel tranquilo día, cuando dejó a un lado sus responsabilidades durante un rato y trabajó en aquella fragua.

Hay mucho de lobo en ti, esposo mío, le había dicho Faile, refiriéndose a lo centrado que estaba en lo que hacía. Eso era un rasgo de los lobos; sabían el pasado y el futuro y, sin embargo, mantenían la atención centrada en la caza. ¿Sería él capaz de hacer lo mismo? ¿Se permitiría dejar que el lobo lo reemplazara cuando fuera necesario y, aun así, mantener el equilibrio en otras partes de su vida?

El trabajo, el golpeteo rítmico del martillo en el metal, empezó a absorberlo. Fue aplanando el trozo de hierro, que volvía a meter en las ascuas de vez en cuando para sacar otro, trabajando así en varias herraduras a la vez. Cerca tenía las medidas de los tamaños que hacían falta. Poco a poco, fue curvando el metal contra el borde del yunque, dándole forma. Los brazos empezaron a sudarle y el rostro se le puso caliente con el fuego y el trabajo.

Neald y Grady llegaron, junto con las Sabias y Masuri. Mientras trabajaba, Perrin advirtió que mandaban a Sulin a través de un acceso para que vigilara los movimientos de los Capas Blancas. Poco después volvía Sulin, pero retrasó darle el informe puesto que él estaba ocupado con su trabajo.

Perrin levantó una herradura y después frunció el entrecejo. Esto no era un trabajo lo bastante difícil. Relajante, sí, pero ese día deseaba hacer algo que fuera un reto mayor. Sentía la necesidad de crear algo que sirviera para contrarrestar la destrucción que había visto en el mundo; una destrucción a la que él había contribuido. Había varios trozos de acero en bruto apilados junto a la forja, un material más fino que el que se utilizaba para las herraduras. A buen seguro estaba allí para forjar espadas para los antiguos refugiados.