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—Wil, hace unas semanas te di la orden de que quemaras los estandartes de la cabeza de lobo. ¿Obedeciste? ¿Los quemaste todos?

Wil al’Seen lo miró a los ojos y después bajó la vista, avergonzado.

—Lord Perrin, lo intenté, pero… Luz, no fui capaz de hacerlo. Guardé uno. El que ayudé a coser.

—Ve por él, Wil —ordenó Perrin con una voz que sonaba acerada.

Wil echó a correr; olía a asustado. Regresó enseguida con una tela doblada, blanca, con el borde en rojo. Perrin la cogió y la sostuvo en una mano, con reverencia, y en la otra, el martillo. Miró a la multitud. Faile se encontraba allí; tenía las manos enlazadas ante sí y olía a esperanza. Ella veía dentro de él. Lo sabía.

—He procurado mandaros de vuelta a casa —anunció a la multitud—. Pero no quisisteis marcharos. Tengo defectos y vosotros debéis de saberlo. Si vamos a la guerra, me será imposible protegeros a todos. Cometeré errores.

Recorrió con la vista la multitud y miró a los ojos a quienes se encontraban allí. Todos ellos, cada hombre y cada mujer a quienes miró, asintieron en silencio. Ni remordimientos ni pesadumbres ni vacilaciones. Sólo asintieron. Perrin hizo una profunda inhalación.

—Si es lo que deseáis, aceptaré vuestro juramento de lealtad. Os lideraré.

Prorrumpieron en vítores. Fue un enorme rugido de excitación y enardecimiento.

—¡Ojos Dorados! ¡Ojos Dorados el lobo! ¡La Última Batalla! ¡Tai’shar Manetheren!

—¡Wil! —gritó Perrin, que levantó el estandarte—. Iza esta enseña bien alto. Y no la arríes hasta que la Última Batalla se haya ganado. Marcharé bajo la insignia del lobo. Todos los demás, despertad al campamento, que todos los soldados se preparen para la lucha. ¡Esta noche tenemos otra tarea!

El joven tomó la bandera y la desdobló, ayudado por Jori y Azi, de forma que no rozara el suelo. Después la alzaron en alto y corrieron a buscar el asta. El grupo se deshizo, los hombres corrieron en una u otra dirección mientras emplazaban a todos a voces.

Perrin tomó a Faile de la mano cuando su mujer se acercó a él. Olía a satisfacción.

—Entonces, ¿problema resuelto? —preguntó ella.

—Se acabaron las protestas —prometió Perrin—. No me gusta, pero tampoco me gusta matar. Haré lo que tenga que hacerse.

Bajó la vista al yunque, ennegrecido por su trabajo de forja. Encima descansaba el antiguo martillo, ahora desgastado y mellado. Le apenaba dejarlo, pero había tomado una decisión.

—¿Qué fue lo que hiciste, Neald? —le preguntó al Asha’man.

El hombre todavía estaba pálido y se incorporó a trompicones. Perrin levantó el martillo nuevo para mostrarle el magnífico trabajo.

—No lo sé, milord. Simplemente… En fin, fue como dije. Percibía una buena sensación, algo que era correcto. Vi lo que tenía que hacer, cómo poner los tejidos dentro del propio metal. Un metal que parecía atraerlos hacia sí, como un océano asimilando el agua de un río.

Enrojeció, como si le pareciera un modo estúpido de expresarse.

—Parece apropiado —dijo Perrin—. Hay que darle un nombre a este martillo. ¿Tienes conocimientos de la Antigua Lengua?

—No, milord.

Perrin contempló el lobo acuñado en una de las caras.

—¿Alguien sabe cómo se dice el que remonta el vuelo?

—Yo… Yo no…

—Mah’alleinir —dijo Berelain, que salió de la posición desde la que había estado observando para adelantar un paso.

—Mah’alleinir— repitió Perrin—. Suena bien. Sulin, ¿qué hay de los Capas Blancas?

—Han acampado, Perrin Aybara —respondió la Doncella.

—Muéstramelo. —Indicó el mapa de Arganda.

Sulin señaló el lugar. Era un terreno en la falda de una colina, y más allá de la cara norte se alzaban unos cerros. La calzada discurría desde el noreste y rodeaba los cerros por el sur siguiendo el antiguo lecho fluvial, para después girar hacia el sur al llegar junto al campamento instalado al pie de la colina. Desde ahí, la calzada llevaba a Lugard. Era un lugar perfecto para acampar, ya que estaba resguardado del viento por dos lados. Pero también era el sitio perfecto para una emboscada. El mismo que habían señalado Arganda y Gallenne.

Estudió la calzada y el campamento sin dejar de pensar en lo que había ocurrido en las últimas semanas.

Nos encontramos con viajeros… Dijeron que, hacia el norte, el barrizal era casi completamente infranqueable con carros y carretas…

Un rebaño de ovejas, corriendo delante de la manada hacia las fauces de una bestia. Faile y los otros dirigiéndose hacia un precipicio. ¡Luz!

—Grady, Neald —llamó Perrin—, necesito otro acceso. ¿Estáis en condiciones?

—Eso creo —respondió Neald—. Dadnos unos minutos para recuperar el aliento.

—Muy bien. Abridlo ahí —dijo Perrin señalando el terreno elevado por encima del campamento de los Capas Blancas—. ¡Gaul! —Como siempre, el Aiel andaba cerca. Llegó en un par de zancadas—. Quiero que hables con Dannil, Arganda y Gallenne. Quiero que todo el ejército cruce el acceso lo más rápido posible, pero sin hacer ruido. Nos moveremos con tanto sigilo como sea capaz de hacerlo un ejército de este tamaño.

Gaul asintió y se alejó corriendo. Gallenne seguía por las inmediaciones; fue el primero con el que habló Gaul.

Faile observaba a Perrin; olía a curiosidad y un poco a inquietud.

—¿Qué te traes entre manos, esposo?

—Ya es hora de que me ponga al mando —respondió Perrin.

Miró su antiguo martillo y tocó el mango con los dedos una última vez. Después, se cargó Mah’alleinir al hombro y se alejó pisando las gotas de acero endurecido que crujían bajo sus pies.

La herramienta que acababa de abandonar era el martillo de un simple herrero. Ese otro hombre siempre sería parte de él, pero ya no podía permitirse que mandara él.

A partir de ese momento, llevaría el martillo de un líder. Un martillo digno de un rey.

Faile pasó los dedos por el yunque mientras Perrin se alejaba sin dejar de dar órdenes para la preparación del ejército.

¿Se habría dado cuenta del aspecto que tenía en medio de esa lluvia de chispas, con cada golpe de martillo haciendo que el acero que tenía ante sí palpitase y llamease lleno de vida? Los ojos dorados le habían brillado con tanta intensidad como el acero, y cada golpe de martillo había sido casi ensordecedor.

—Hacía siglos que este mundo no era testigo de la creación de un arma forjada con el Poder —dijo Berelain.

Casi todos los demás se habían ido para cumplir las órdenes de Perrin. Sólo quedaban ellas dos y Gallenne, que se acariciaba el mentón mientras estudiaba el mapa.

—Es un Talento poderoso el que el joven acaba de desplegar —siguió la Principal—. Y será muy útil. El ejército de Perrin contará con cuchillas forjadas con el Poder, que las reforzará.

—Es un proceso que parece agotador —respondió Faile—. Incluso si Neald fuera capaz de repetir lo que hizo, dudo que tengamos tiempo de forjar muchas armas.

—Cada ventaja, por pequeña que sea, cuenta —contestó Berelain — El ejército que ha forjado vuestro esposo es algo increíble. Su naturaleza ta’veren está de por medio. Perrin reúne hombres, y esos hombres aprenden con una velocidad y una pericia increíbles.

—Quizá —dijo Faile mientras caminaba despacio alrededor del yunque sin dejar de mirar a Berelain quien, a su vez, hacía lo mismo por el lado opuesto. ¿A qué jugaba ahora la Principal?

—Entonces, debemos hablar con él —le dijo Berelain—. Convencerlo de que no siga adelante con la decisión que ha tomado.

—¿Qué decisión? —preguntó Faile, con sincero desconcierto.

Berelain se detuvo. Algo hacía que los ojos le brillaran. Parecía estar tensa.

«Está preocupada. Muy preocupada por algo», pensó Faile.