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—Lord Perrin no debe atacar a los Capas Blancas —dijo Berelain—. Por favor, debéis ayudarme a persuadirlo.

—No va a atacarlos —respondió Faile. Estaba bastante segura de ello.

—Les va a tender una emboscada perfecta —replicó Berelain—. Los Asha’man para encauzar el Poder Único, los arqueros de Dos Ríos para disparar desde la cima al campamento de los Hijos y la caballería para cabalgar ladera abajo y barrerlos después. —Berelain vaciló antes de añadir con aire afligido:

Les ha tendido una trampa. Les dijo que si Damodred y él sobrevivían a la Última Batalla, se sometería a su fallo. Pero Perrin va a asegurarse de que los Capas Blancas no lleguen a la Última Batalla. De esa manera no quebrantará su juramento, pero también evitará entregarse.

—Nunca haría eso, Berelain —afirmó Faile mientras negaba con la cabeza.

—¿Estáis segura? ¿Completamente segura?

Faile titubeó. Perrin había cambiado de un tiempo a esta parte. La mayoría de esos cambios habían sido para bien, como la decisión de aceptar el liderazgo por fin. Y la emboscada de la que hablaba Berelain tenía sentido. Perfecta y sin piedad.

Pero no era honorable. Era ruin. Perrin no lo haría, a pesar de lo mucho que hubiera cambiado. Faile estaba segura de ello.

—Sí, lo estoy —respondió—. Prometer tal cosa a Galad Damodred para luego masacrar a los Capas Blancas de esa manera… Eso le rompería el corazón a Perrin. Él no es así. Eso no va a pasar.

—Espero que estéis en lo cierto —contestó Berelain—. Albergué la esperanza de poder llegar a algún tipo de acuerdo con su capitán general antes de marcharnos…

¡Por la Luz, un Capa Blanca! ¿No podría haber escogido a cualquier noble del campamento en el que volcar sus atenciones? ¿Uno que no estuviera casado? Sin darse cuenta, las siguientes palabras salieron de la boca de Faile:

—No se os da bien escoger a los hombres, ¿verdad, Berelain?

La Principal se volvió hacia ella con los ojos desorbitados, ya fuera por la conmoción o por la ira.

—¿Acaso Perrin fue una mala elección?

—Un mal partido para vos —respondió Faile, que resopló con desdén—. Lo habéis demostrado esta noche con lo que pensáis que es capaz de hacer.

—Que no fuera un buen partido para mí es irrelevante. Me fue prometido.

—¿Por quién?

—Por el Dragón Renacido —contestó Berelain.

—¿Cómo?

—Me presenté ante el Dragón Renacido en la Ciudadela de Tear —explicó la Principal—. Pero él no quiso tener nada conmigo. Incluso se enfadó con mis insinuaciones. Entonces me di cuenta de que el Dragón Renacido tenía la intención de casarse con una mujer de más alta cuna, probablemente Elayne Trakand. Tiene lógica. No puede tomar todos los reinos con la espada. Algunos tendrían que doblegarse a través de alianzas. Andor es un país muy poderoso y está gobernado por una mujer. Controlarlo a través de un matrimonio tendría sus ventajas.

—Perrin me ha comentado que Rand no piensa así, Berelain —dijo Faile—. No es tan calculador. Por lo que sé de él, yo también pienso que el Dragón Renacido es como dice Perrin.

—Y también decís lo mismo de vuestro esposo. ¿Queréis hacerme creer que son así de simples, sin una pizca de inteligencia?

—Yo no dije eso.

—Pero usáis las mismas afirmaciones de siempre. Qué aburrimiento. Bien, pues, me di cuenta de lo que el lord Dragón insinuaba, así que dirigí mis atenciones hacia uno de sus colaboradores allegados. Tal vez él no me lo prometiera. He escogido mal mis palabras. Pero supe que se sentiría satisfecho de que me uniera a uno de sus amigos y aliados más cercanos. De hecho, presumo que era lo que quería que hiciera. Después de todo, fue el lord Dragón quien nos eligió a Perrin y a mí para esta misión. No obstante, no podía decir abiertamente lo que deseaba, para no ofender a Perrin.

Faile vaciló. Por una parte, lo que decía Berelain era una estupidez supina; pero, por otra, ella era capaz de comprender lo que la mujer podía haber entendido. O quizá, lo que había querido entender. Para Berelain, entrometerse entre un marido y su esposa no era nada inmoral. No era más que una maniobra política. Y, por lógica, probablemente a Rand le tendría que haber interesado vincularse con algunas naciones a través de los matrimonios de las personas más cercanas a él.

Sin embargo, tal visión no cambiaba el hecho de que ni él ni Perrin enfocaban de esa manera los asuntos del corazón.

—He renunciado a Perrin —continuó Berelain—. Me reafirmo en lo que os prometí. Pero eso me deja en una posición difícil. Llevo tiempo pensando que la única esperanza de que Mayene mantenga su independencia en los años venideros es estar ligada de algún modo al Dragón Renacido.

—Un matrimonio se basa en más cosas que las ventajas políticas que se puedan sacar de él.

—Aun así, esas ventajas son tan claras que no deben desdeñarse.

—¿Un Capa Blanca?

—Es el hermanastro de la Reina de Andor —respondió Berelain; un leve rubor tiñó las mejillas de la mujer—. Si en verdad el Dragón Renacido tiene intención de casarse con Elayne Trakand, eso me proporcionaría un vínculo con él.

Pero había algo más, y Faile lo notaba por la manera en que Berelain actuaba, en cómo le cambiaba la cara cuando hablaba de Galad Damodred. Pero si la Principal quería racionalizarlo bajo un prisma de motivación política, ella no era quién para disuadirla, siempre y cuando sirviera de ayuda para que dejara de interesarle Perrin.

—He hecho lo que me pedisteis —siguió Berelain—. Ahora os pido vuestra ayuda. Si se viera que tiene intención de atacar a los Capas Blancas, por favor, ayudadme a intentar disuadirlo. Juntas, quizá, podríamos conseguirlo.

—De acuerdo —accedió Faile.

Perrin cabalgaba a la cabeza de un ejército que se sentía unido por primera vez. La bandera de Mayene, la de Ghealdan, las de las casas nobles entre los refugiados. Incluso había algunas banderas confeccionadas por los chicos, que representaban las diferentes zonas de la comarca de Dos Ríos. Pero sobre todas ellas ondeaba la cabeza de lobo.

Lord Perrin. Nunca iba a acostumbrarse a ello, pero quizás era lo mejor que podía pasar.

Condujo a Brioso a un lado del acceso abierto para ver cruzar las tropas, que lo saludaban al pasar. Llevaban antorchas para iluminar el camino. Con un poco de suerte, los encauzadores podrían iluminar el campo de batalla más tarde.

Un hombre se acercó a Brioso. Perrin percibió el olor a pieles de animales, a marga y a sangre de conejo. Elyas había ido a cazar mientras esperaba que se preparara el ejército. Sólo un buen cazador podía atrapar conejos de noche. Elyas decía que era un gran desafío.

En cierta ocasión me comentaste algo, Elyas —empezó Perrin—. Me dijiste que, si alguna vez me gustaba el hacha, la tirase.

—Sí que te lo dije.

—Creo que eso también se puede aplicar al liderazgo. Los hombres que no quieren ningún título, al parecer son quienes los consiguen. Mientras siga pensando igual, creo que puedo hacerlo bien.

Elyas rió entre dientes.

—La bandera no tiene mala pinta, colgada ahí.

—Encaja conmigo. Siempre lo ha hecho. Por el contrario, soy yo quien no siempre ha encajado con ella.

—Menudos pensamientos filosóficos… para un herrero.

—Tal vez. —Perrin sacó del bolsillo el rompecabezas de herrero que había encontrado en Malden. Aún no había logrado separar las piezas—. ¿No te parece raro que se piense que los herreros son unos tipos sencillos y después sean ellos los que hacen estos condenados rompecabezas, tan difíciles de resolver?

—Nunca se me había ocurrido. Así que ¿eres uno de nosotros? ¿Por fin?

—No —respondió Perrin, que volvió a guardar el rompecabezas—. Yo soy quien soy. Por fin.

A ciencia cierta, no sabía qué había cambiado en él, pero quizás el hecho de pensar demasiado en ello había sido el problema, para empezar. Sabía que había encontrado el punto de equilibrio. No acabaría como Noam, el hombre que se había perdido en el lobo. Con eso le bastaba.