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Galad hizo girar a Tenaz, pero dos trollocs saltaron hacia él gruñendo. Se ocupó de uno al instante asestándole un tajo al cuello con La garza atrapa al pez plateado, pero la criatura se desmoronó sobre Tenaz y provocó que el caballo trastabillase. La otra bestia asestó un violento tajo al cuello de la montura y la abatió.

Galad apenas tuvo tiempo de saltar de la silla y caer al suelo hecho un ovillo. Tenaz, desplomado en tierra, agitaba las patas de forma convulsa mientras la sangre le brotaba del cuello y manchaba la espalda de blanco pelaje. Galad rodó con la espada pegada al costado pero había apoyado mal los pies al caer. Se había torcido el tobillo.

Hizo caso omiso del dolor y levantó la espada a tiempo para desviar el aguzado gancho que descargaba sobre él un monstruo de pelaje marrón y nueve pies de altura que apestaba a muerte. Galad perdió de nuevo el equilibrio al parar el golpe.

—¡Galad!

Figuras vestidas de blanco chocaron con los trollocs. La sangre hedionda brotó en rociadas. Algunos Hijos cayeron al suelo, pero el resto logró que los trollocs se retiraran. Bornhald se mantenía de pie, jadeante, con el escudo mellado y manchado por la oscura sangre. Lo acompañaban cuatro hombres; otros dos habían caído.

—Gracias —les dijo Galad—. ¿Y vuestras monturas?

—Muertas. Deben de tener órdenes de ir por los caballos —respondió Bornhald.

—No quieren que escapemos —arguyó Galad—. O que carguemos de nuevo.

Recorrió con la mirada la línea de soldados hostigados por los trollocs. Era un caos. Cualquiera creería que veinte mil hombres conformaban un gran ejército, pero no paraban de llegar oleada tras oleada de trollocs. Se estaba abriendo una brecha en la sección norte de la línea de los Hijos, y los trollocs incrementaron la presión en ese punto con un movimiento de pinza para rodear a las fuerzas de Galad. Los aislarían por el norte y por el sur y los aplastarían contra la colina. ¡Luz!

—¡Reforzad la línea de infantería del norte! —gritó Galad.

Echó a correr en esa dirección tan rápido como pudo. El tobillo le molestaba pero aún podía correr. Los hombres se unieron a él. La ropa que llevaban ya no era blanca.

Galad sabía que la mayoría de los generales, como Gareth Bryne, no luchaban en primera línea. Eran demasiado importantes para eso y se los necesitaba para organizar la lucha. Quizás era lo que tendría que haber hecho él. Todo se desmoronaba.

Sus hombres eran buenos. Duros. Pero no tenían experiencia para luchar contra los trollocs. En ese momento, mientras cargaba por el suelo enfangado bajo una noche oscura iluminada por luces que flotaban en el aire, Galad se dio cuenta de la poca experiencia que tenía la mayoría de sus hombres. Había algunos veteranos pero, en general, los Hijos sólo se habían enfrentado a bandidos sin disciplina y milicias ciudadanas.

Los trollocs eran harina de otro costal. Esos monstruos que aullaban, gruñían y ululaban luchaban con frenesí. Lo que les faltaba en disciplina militar, lo compensaban con fuerza y ferocidad. Y hambre. Los Myrddraal que había entre las filas de la horda se bastaban por sí solos para abrir una brecha en una formación. Los soldados de Galad cedían terreno.

—¡Aguantad! —bramó Galad. Llegó a la brecha que se abría en la línea. Bornhald y unos cincuenta hombres más lo seguían. No eran suficientes—. ¡Somos Hijos de la Luz! ¡No cedemos ante la Sombra!

Pero no funcionó. Al ver el desarrollo de aquel desastre, todo el marco de sus convicciones empezó a quebrarse. A los Hijos de la Luz no los protegía su bondad. Caían en ringleras, como la mies bajo la guadaña. Y, lo que era peor, muchos no luchaban gallardamente ni aguantaban la posición con bizarría, sino que gritaban y huían presos del terror. Podía entender ese proceder en los amadicienses, pero había un montón de Hijos que no se comportaba mejor.

No eran cobardes. No eran malos soldados. Eran hombres, simplemente. Como cualquier otro. No era así como se suponía que tenía que ser.

Se oyó el ruido ensordecedor de otra carga de Gallenne con sus hombres. Colisionaron contra la línea de trollocs e hicieron que muchos cayeran rodando ladera abajo.

Perrin hizo añicos la cabeza de un trolloc con Mah’alleinir. La fuerza del golpe lanzó a la criatura hacia un lado y, por extraño que pudiera parecer, la piel de la bestia chisporroteó y salió humo allí donde la había tocado el martillo. Eso pasaba con cada golpe que propinaba, como si el contacto de Mah’alleinir los quemara; Perrin sólo notaba un calor agradable proveniente del martillo.

La carga de Gallenne logró abrir brecha en las filas de los trollocs y las separó en dos unidades. Por desgracia, había tantos cadáveres en el suelo que dificultaban las nuevas cargas de sus lanceros. Gallenne se retiró y su lugar lo ocupó un contingente de hombres de Dos Ríos que dispararon flechas a los trollocs y los derribaron en oleadas de muerte, entre alaridos, aullidos y hedores.

Perrin hizo recular a Brioso y, al momento, soldados de infantería formaron a su alrededor. Había perdido muy pocos hombres frente a los trollocs. No obstante, una sola baja ya le parecía demasiado.

Arganda se acercó al trote. En algún momento, había perdido el penacho que adornaba el yelmo, pero sonreía de oreja a oreja.

—Pocas veces he tenido una batalla tan satisfactoria como ésta. Enemigos que matar sin sentir ni una pizca de compasión. Un terreno perfecto y una posición defendible. ¡Arqueros de ensueño y Asha’man para cerrar las brechas! Me he ocupado de casi dos docenas de esas bestias yo solo. Aunque sólo sea por este día, Aybara, me alegro de haberos seguido.

Perrin asintió con la cabeza. Sin embargo, no apuntó que una de las razones por las que la batalla resultaba fácil era porque los trollocs estaban centrados en los Capas Blancas. Esos seres eran una cosa monstruosa y asquerosa con una vena de egoísmo muy desarrollada. ¿Cargar colina arriba mientras les caían encima bolas de fuego y flechas para tratar de hacerse con el control de un terreno defendido por dos contingentes de caballería al completo? Mejor cargar contra el enemigo más débil; además, estratégicamente, era el movimiento lógico. Siempre que hubiera dos frentes, concentrarse primero en la batalla más fácil.

El propósito de los trollocs era acorralar a los Capas Blancas contra la ladera de la colina lo antes posible, y para conseguirlo se lanzaban en tropel sobre ellos sin dejarles terreno para las cargas de caballería y los separaban en grupos más pequeños. Quienquiera que estuviera al frente de ese ataque sabía de tácticas. No se trataba de un plan pensado por los trollocs.

—¡Lord Perrin! —La voz de Jori Congar se oyó por encima del griterío de los trollocs. El hombre llegó junto a Brioso a trompicones—. Me ordenasteis que observase y os dijera cómo les iba. Bueno, pues, quizá querríais echar una ojeada.

Perrin hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Levantó el puño y luego lo descargó en el aire, como dando un tajo. Grady y Neald estaban detrás de él, en una formación rocosa desde la que divisaban toda la calzada. Su orden principal era acabar con todos los Myrddraal que viesen. Perrin quería mantener alejados de las cimas de los cerros a tantos como le fuera posible. Acabar con un Fado utilizando una espada o un hacha podía costar docenas de vidas. Mejor hacerlo con Fuego y a distancia. Además, a veces la muerte de un Myrddraal conllevaba la de los trollocs que estuvieran vinculados a él.

Los Asha’man, las Aes Sedai y las Sabias vieron la señal de Perrin y lanzaron un ataque masivo sobre los trollocs con chorros de fuego que les salían disparados de las manos y rayos que se descargaban desde el cielo. Hicieron retroceder a los Engendros de la Sombra ladera abajo. Los soldados de infantería de Perrin aprovecharon para descansar aunque fuera durante unos instantes.