Perrin acercó a Brioso al borde de la ladera para echar una ojeada hacia el sur, sosteniendo a Mah’alleinir pegado a la pierna. Abajo, a las fuerzas de Damodred les iba peor de lo que había temido Perrin. Los trollocs habían abierto una brecha en las líneas y casi habían dividido en dos las tropas de los Capas Blancas. Los monstruos también avanzaban por los flancos y los tenían rodeados. Galad y los Capas Blancas luchaban en tres frentes, acorralados contra la falda de la colina. Muchas de sus unidades de caballería se encontraban separadas de la fuerza principal.
Gallenne se acercó de nuevo a Perrin.
—Siguen apareciendo trollocs. Por el momento, unas cincuenta mil bestias, diría yo. Los Asha’man afirman que sólo han percibido a un encauzador, pero no combate.
—El que esté al frente de los Engendros de la Sombra no querrá poner en peligro a sus encauzadores —supuso Perrin—. No mientras defendamos esta posición elevada. Dejarán que los trollocs hagan tanto daño como les sea posible, para ver si consiguen imponerse. Entonces, si lo logran, aparecerán los encauzadores.
Gallenne asintió en silencio.
—Los hombres de Damodred están en apuros —dijo Perrin.
—Sí —afirmó Gallenne—. Nos desplegasteis en una buena posición para apoyarlos, pero por lo visto no somos suficientes.
—Habrá que echarles una mano —dijo Perrin, resuelto. Señaló a los Capas Blancas—. Los trollocs los están rodeando, encajonándolos contra la colina. Podríamos cargar ladera abajo y así sorprender a las bestias, romper sus filas y abrir un pasillo para que los hombres de Damodred puedan subir a esta posición.
—Con vuestro permiso, milord, pero he de preguntaros una cosa—dijo Gallenne con el ceño fruncido—. ¿Pensáis que les debéis algo? No voy a negar que me habría pesado venir aquí para atacarlos, aunque habría visto la lógica de tal maniobra. Pero no veo ninguna razón para ayudarlos.
—Es lo correcto —gruñó Perrin.
—Eso se podría discutir —contestó Gallenne, negando con la cabeza protegida por el yelmo—. Luchar contra trollocs y Fados es magnífico. Cada uno que caiga aquí, será uno menos contra el que luchar en la Última Batalla. Nuestros hombres adquieren experiencia al enfrentarse a ellos y pueden aprender a controlar el miedo. Pero esta ladera es inclinada y traicionera. Si intentáis bajar a galope hasta Damodred, podríamos dar al traste con nuestra ventaja.
—Voy a ir de todos modos —reiteró Perrin—. Jori, reúne a los hombres de Dos Ríos y a los Asha’man. Necesitaré que debiliten a los trollocs antes de caer sobre ellos.
Perrin bajó de nuevo la vista hacia la calzada. Los recuerdos de Dos Ríos le inundaban la mente. Sangre. Muerte. Mah’alleinir se calentó entre sus dedos.
—No voy a dejárselos a los trollocs, Gallenne. Aunque sean Capas Blancas. ¿Te unirás a mí?
—Sois un hombre extraño, Aybara. —Gallenne titubeó—. Y con verdadero honor. Sí, lo haré.
—Bien. Jori, ponte en marcha. Tenemos que llegar hasta Damodred antes de que su formación se rompa.
Una especie de onda de choque se propagó por la masa de trollocs. Galad, asida la espada en los dedos sudorosos, se quedó desconcertado. Le dolía todo el cuerpo y a su alrededor se oían quejidos; unos, los de los trollocs moribundos, guturales e inhumanos, y otros, lastimosos, aquellos provenientes de los hombres caídos. Los Hijos que estaban junto a él aguantaban. A duras penas.
Era una noche oscura, incluso con aquellas luces. Era como luchar contra pesadillas. Pero si los Hijos de la Luz no eran capaces de hacer frente a la oscuridad, ¿quién podría?
Los trollocs empezaron a aullar más fuerte. Los que había en primera línea se giraron y empezaron a hablar entre ellos en una lengua burda y llena de gruñidos que le provocó repugnancia y lo hizo retroceder. ¿Los trollocs podían hablar? No tenía constancia de ello. ¿Qué había desviado la atención de los monstruos?
Y entonces lo vio. Una lluvia de flechas cayó del cielo y se clavó entre las filas de los trollocs cercanos. Los hombres de Dos Ríos acababan de hacer gala de su reputación. Galad no había imaginado jamás que nadie fuera capaz de disparar de esa manera, pero ni una sola flecha cayó sobre los Hijos. Esos arqueros eran certeros.
Los trollocs gritaron y aullaron.
Y entonces, desde lo alto de los cerros, mil jinetes cargaron. Fogonazos de luz empezaron a aparecer a su alrededor; el fuego caía desde las alturas y trazaba unos arcos que parecían lanzas de un color rojo dorado que iluminaba a los jinetes de armadura plateada.
Una maniobra increíble. El desnivel era pronunciado y podría haber causado que los caballos tropezaran y cayeran, cosa que habría convertido a esos soldados en un inútil amasijo de cuerpos. Pero no cayeron. Galoparon con seguridad, sin vacilación, con las lanzas brillando. Y delante de ellos cabalgaba un hombretón con barba y un gran martillo enarbolado: Perrin Aybara en persona. Otro hombre, justo detrás de él, portaba un estandarte que ondeaba al viento. La cabeza de lobo roja.
A su pesar, Galad bajó el escudo, pasmado por el espectáculo. Aybara daba la impresión de estar en llamas debido a las lenguas de fuego que lo rodeaban. Galad alcanzó a ver los ojos grandes y dorados. Esos sí que eran como llamas.
La caballería impactó contra las líneas de trollocs que hostigaban al ejercito de Galad. Aybara gritó. El alarido se oyó por encima del pandemónium y, entonces, empezó a golpear a los trollocs con el martillo sin piedad, a izquierda y derecha, sin descanso. El ataque hizo que los trollocs retrocedieran.
—¡Al ataque! —Gritó Galad—. ¡Avanzad, atacad! ¡Empujadlos hacia la caballería!
Galad cargó hacia el norte, en dirección a la ladera de los cerros, con Bornhald a su lado. Cerca de ellos, Trom logró reunir lo que quedaba de la legión de Galad y condujo de vuelta a los hombres para que atacaran a los trollocs que se enfrentaban a Aybara.
La lucha se volvía más caótica por momentos. Galad luchaba con furia. Por increíble que pudiera parecer, todo el ejército de Aybara bajó en tropel por la ladera abandonando el terreno elevado para caer sobre los trollocs. Decenas de miles de hombres que gritaban:
—¡Ojos Dorados! ¡Ojos Dorados!
El empuje del combate hizo que Galad y Bornhald quedaran en medio de las filas de los trollocs. Los monstruos intentaban alejarse a toda costa de Aybara y corrían en todas direcciones. Los hombres cercanos a Galad y Bornhald se encontraron de pronto luchando por mantenerse con vida. Galad acabó con un trolloc mediante La cinta en el aire. Acto seguido, se giró para enfrentarse a un mastodonte de diez pies de alto con cara de carnero. Los cuernos se enroscaban a ambos lados de la enorme cara cuadrada, pero los ojos eran humanos, al igual que el mentón.
Galad se agachó cuando la bestia se abalanzó sobre él con un burdo machado, y luego la atravesó con la espada. La criatura chilló y Bornhald aprovechó para propinarle un tajo en los corvejones desde uno de los flancos.
Galad dio un salto atrás y chilló. El tobillo torcido le falló al final, cuando se le quedó atascado en una grieta. Galad oyó un crujido terrible al caer.
El monstruo moribundo se desplomó sobre él, inmovilizándolo contra el suelo. El dolor le recorrió toda la pierna, pero lo pasó por alto. Dejando la espada en el suelo, intentó quitarse de encima el cadáver. Bornhald esquivó —entre maldiciones— a un trolloc que tenía hocico de verraco. Los gruñidos que emitía resultaban horripilantes.
Galad movió el peso del maloliente cadáver a un lado y vio hombres vestidos de blanco. Trom y Byar luchaban desesperadamente para llegar junto a él. Había muchísimos trollocs y casi todos los Hijos que estaban más cerca de él yacían sin vida en el suelo.