Dyelin no hizo ningún comentario al respecto. Ella no creía que Chesmal se hubiera referido a una invasión específica de Andor; pensaba que la hermana Negra se refería a la invasión trolloc de las Tierras Fronterizas. Birgitte se había tomado ese tema muy en serio y había incrementado el número de soldados en las fronteras andoreñas. Con todo, a Elayne le encantaría tener Cairhien bajo su control; si los trollocs se proponían invadir Andor, su otro reino mancomunado sería una de las vías que podrían utilizar.
Antes de que la conversación avanzara más, la puerta del pasillo se abrió y Elayne habría pegado un brinco, alarmada, de no haber percibido antes que se trataba de Birgitte. La Guardiana nunca llamaba a la puerta. Entró en la sala llevando una espada —a regañadientes— y las negras botas, altas hasta la rodilla, por encima del pantalón. Lo extraño era que la seguían dos figuras con capa y el rostro cubierto por las capuchas. Norry retrocedió, llevándose una mano al pecho ante semejante irregularidad. Todo el mundo sabía que Elayne no recibía visitas en la salita de estar. Si Birgitte llevaba a alguien allí…
—¿Mat? —conjeturó Elayne.
—En absoluto —contestó una voz firme y clara.
La figura más alta de las dos se retiró la capucha dejando a la vista un rostro masculino bellísimo. Tenía el mentón cuadrado y unos ojos de mirada intensa que Elayne recordaba bien de su infancia, sobre todo de cuando él se daba cuenta de que había hecho algo mal.
—Galad —dijo, sorprendida por el cálido afecto que sentía por su medio hermano. Se puso de pie, tendiéndole las manos. Se había pasado casi toda su infancia frustrada con él por una u otra razón, pero era muy grato volver a verlo vivo y en buen estado de salud—. ¿Dónde te habías metido?
—Buscando la verdad —contestó Galad, que le hizo una reverencia impecable, aunque no se acercó a tomarla de las manos. Se irguió y miró a la persona que tenía a lado—. Y encontré lo que no esperaba. Ármate de valor, hermana.
Elayne frunció el entrecejo un instante mientras la figura más baja se retiraba la capucha. Su madre.
Elayne soltó un grito ahogado. ¡Era ella! Esa cara, ese cabello dorado. Esos ojos que la habían mirado de niña tan a menudo, juzgándola, calibrándola… No sólo como unos padres valorarían a su hija, sino como una reina valoraría a su sucesora. Elayne sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. Su madre. Su madre estaba viva.
Morgase estaba viva. La reina seguía viva.
Morgase la miró a los ojos y entonces —cosa extraña— bajó la vista.
—Majestad —dijo al tiempo que hacía una reverencia, todavía cerca de la puerta.
Elayne controló los pensamientos, dominó el pánico. Era reina o habría sido reina o… ¡Luz! Había ocupado el trono y era, al menos, la heredera. ¿Pero ahora su propia madre regresaba de entre los puñeteros muertos?
—Por favor, siéntate —se sorprendió diciendo, indicando con un gesto el sillón que había al lado de Dyelin.
Le vino bien ver que Dyelin no reaccionaba a la impresión mejor que ella. La noble se encontraba sentada y apretaba de forma convulsa la taza de té, blancos los nudillos y los ojos desorbitados.
—Gracias, majestad —dijo Morgase, que avanzó mientras Galad se acercaba a ella y ponía una mano en el hombro de Elayne con gesto reconfortante. Después se acercó una silla que había al otro lado del cuarto.
El tono de Morgase era más reservado de lo que Elayne recordaba. ¿Y por qué seguía dirigiéndose a ella con el título de reina? La reina había entrado a escondidas, con la capucha echada. Elayne miró a su madre y fue encajando las piezas mientras se sentaba.
—Renunciaste al trono, ¿verdad?
Morgase asintió con gesto majestuoso.
—Oh, gracias a la Luz —dijo Dyelin, que soltó la respiración que había estado conteniendo y se llevó la mano al pecho—. Sin ánimo de ofender, Morgase. ¡Pero, por un momento, imaginé una guerra de Trakand contra Trakand!
—No se habría llegado a eso —intervino Elayne, a la vez que su madre decía algo similar. De nuevo se encontraron los ojos de ambas y Elayne se permitió sonreír—. Habríamos encontrado un… arreglo razonable. Éste valdrá. Aunque de verdad siento curiosidad por las circunstancias de lo ocurrido.
—Los Hijos de la Luz me tuvieron prisionera, Elayne —dijo Morgase—. El viejo Pedron Niall era un caballero en muchos aspectos, pero su sucesor no. No podía permitir que me utilizaran contra Andor.
—Malditos Capas Blancas —masculló Elayne entre dientes.
Luz, ¿así que habían dicho la verdad cuando afirmaban tener a Morgase en su poder?
Galad la miró y enarcó una ceja. Colocó la silla que había movido y se quitó la capa, dejando a la vista el níveo uniforme blanco que llevaba debajo, con el sol radiante en el pecho.
—Oh, sí, es cierto —dijo Elayne, exasperada—. Casi lo había olvidado. A propósito.
—Los Hijos tenían respuestas, Elayne. —Galad se sentó.
Luz, qué frustrante era. ¡Se alegraba de verlo, pero era frustrante!
—No quiero hablar de ello —se opuso Elayne—. ¿Cuántos Capas Blancas han venido contigo?
—He venido a Andor acompañado por la totalidad de la fuerza de los Hijos —contestó Galad, que puso énfasis en el nombre de la asociación—. Soy su capitán general.
Elayne parpadeó y después miró a Morgase. Su madre asintió con la cabeza —Bien —dijo Elayne—. Ya veo que hay mucho de lo que hemos de ponernos al día.
Galad se lo tomó como una petición —su hermanastro podía ser muy literal— y empezó a explicar cómo había llegado a su posición actual. Lo hizo con todo detalle y, de vez en cuando, Elayne echaba ojeadas a su madre. La expresión de Morgase resultaba indescifrable.
Una vez que él hubo concluido, le preguntó a su vez sobre la Guerra de Sucesión. A menudo, conversar con Galad era un intercambio de información más formal que familiar. Hubo un tiempo en que eso la hacía sentirse frustrada, pero en esta ocasión se dio cuenta de que —a su pesar— lo cierto era que lo había echado de menos. Así que escuchó con cariño.
Al rato, la conversación empezó a decaer. Había más cosas de las que Elayne quería tratar con él, pero se moría de ganas de hablar con su madre.
—Galad, me gustaría disfrutar de una larga charla —dijo—. ¿Te apetecería compartir una cena temprana esta noche? Hasta entonces, puedes tomar algún refrigerio en tus antiguos aposentos.
—Me parece muy bien —accedió, y se puso de pie.
—Dyelin, maese Norry. El hecho de que mi madre siga viva nos llevará a ciertos… asuntos de estado delicados. Tendremos que hacer pública su abdicación de manera oficial, y cuanto antes. Maese Norry, dejo en vuestras manos la confección de los documentos oficiales. Dyelin, por favor, informa de la nueva a mis principales aliados para que no los pille por sorpresa.
Dyelin asintió con la cabeza y miró a Morgase. La noble no era una de las personas a quienes la anterior soberana había avergonzado durante el tiempo en que estuvo bajo la influencia de Rahvin, pero sin duda había oído contar cosas. Ella, Galad y maese Norry se marcharon. Morgase miró a Birgitte en cuanto la puerta se cerró; la Guardiana era la única persona que había en la salita aparte de madre e hija.
—Confío en ella como en una hermana, madre —la tranquilizó Elayne—. A veces una hermana mayor insufrible, pero hermana en cualquier caso.
Morgase sonrió, se levantó y, tomando a Elayne de las manos, la atrajo hacia sí y la estrechó en un abrazo.
—Ah, hija mía —dijo, con lágrimas en los ojos—. ¡Fíjate lo que has conseguido! ¡Reina por tus propios méritos!
—Me instruiste bien, madre. —Elayne se echó hacia atrás—. ¡Y eres abuela! ¡O lo serás pronto!
Morgase frunció el entrecejo y bajó la vista para mirarle el abdomen.
—Sí, es lo que me pareció al mirarte. ¿Quién…?
—Rand —contestó, con un repentino rubor en las mejillas—, aunque no lo sabe casi nadie y prefiero que siga siendo así.