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Androl advirtió con desagrado que los hombres que trabajaban formaban dos grupos. La Torre empezaba a dividirse, a partirse. A los leales de Logain los daban de lado, los condenaban al ostracismo. A la derecha, Canler, Emarin y Nalaam trabajaban concentrados, volcados en su tarea, junto con Jonneth Dowtry, el soldado más diestro entre los chicos de Dos Ríos. A la izquierda, unos cuantos protegidos de Taim se reían entre ellos. Sus tejidos eran más alocados, pero también mucho más destructivos. Coteren estaba arrellanado, con la espalda apoyada en un frondoso árbol del hule, y supervisaba las prácticas.

Los que las realizaban hicieron un descanso y llamaron a un chico del pueblo para que les llevara agua. Androl se acercó, y Arlen Nalaam fue el primero que lo vio; sonrió de oreja a oreja y lo saludó con la mano. El domani lucía un fino bigote. Cumpliría pronto los treinta, aunque a veces actuaba como si fuera mucho más joven. Androl aún estaba resentido porque una vez Nalaam le había puesto savia en las botas.

—¡Androl! —llamó Nalaam—. ¡Ven a decirles a estos patanes incultos lo que es un tolondro retashino!

—¿Un tolondro retashino? Es una bebida. Una mezcla de aguamiel y leche de oveja. Repugnante.

Nalaam miró a los otros con aire enorgullecido. No llevaba ningún alfiler en la chaqueta porque sólo era un soldado, pero tendría que haber pasado al siguiente nivel a esas alturas.

—¿Ya estás presumiendo otra vez de tus viajes, Nalaam? —preguntó Androl mientras desanudaba el protector de brazo de cuero.

—Los domani nos movemos por el mundo —contestó el joven—. Ya sabes, con la clase de trabajo que hace mi padre, espiando para la corona…

—La semana pasada dijiste que tu padre era mercader —dijo Canler.

El hombre fornido era el mayor del grupo; tenía el cabello canoso y la cara curtida por los muchos días pasados al sol.

—Y lo es. ¡Una tapadera para su ocupación como espía!

—¿No son las mujeres domani las mercaderes en Arad Doman? —inquirió Jonneth, que se frotó el mentón.

Era un hombre grande y tranquilo, de cara redonda. Toda su familia —los hermanos, los padres y el abuelo Buel— se habían trasladado al pueblo en vez de dejar que fuera solo.

—Bueno, ellas son las mejores —admitió Nalaam—, y mi madre no es una excepción. Pero nosotros, los hombres, también sabemos un par de cosas. Además, desde que mi madre se metió en lo de infiltrarse en los Tuatha’an, mi padre tuvo que ocuparse de los negocios.

—Oh, venga ya, eso es ridículo —protestó Canler, ceñudo—. ¿Para qué querría nadie infiltrarse en un montón de gitanos?

—Para descubrir sus recetas secretas —respondió Nalaam—. Se dice que un gitano es capaz de cocinar un puchero de estofado tan delicioso que te hace abandonar tu hogar y a los tuyos para viajar con ellos. Es cierto, yo mismo lo he probado y tuve que estar atado en un cobertizo durante tres días, hasta que se me pasó el efecto.

Canler resopló con desdén. Sin embargo, al cabo de unos instantes, el granjero comentó:

—Entonces… ¿Encontró la receta o no?

Nalaam se lanzó a contar otra historia que Canler y Jonneth escucharon con mucha atención. Emarin permanecía a un lado, mirándolos con aire divertido; él era el otro soldado del grupo, sin alfileres en el cuello. Era un hombre mayor, de cabello ralo y arrugas en los ojos. Llevaba la corta barba blanca recortada a pico.

El distinguido hombre era todo un enigma; había llegado con Logain un día y no había contado nada sobre su pasado. Tenía un porte elegante y una forma de hablar muy delicada. Era un noble, de eso no cabía duda. Pero, a diferencia de casi todos los otros que había en la Torre Negra, Emarin no intentaba imponer su supuesta autoridad. Muchos nobles tardaban semanas en aprender que, una vez que uno se unía a la Torre Negra, el rango que ostentaba fuera no significaba nada. Eso los volvía hoscos e irascibles, pero Emarin se había amoldado de inmediato a la vida en la Torre.

Hacía falta ser un noble con verdadera dignidad para obedecer las órdenes de un plebeyo que tenía la mitad de sus años sin protestar. Emarin dio un sorbo de agua del criado que la servía, le dio las gracias al chico y después se acercó a Androl. Hizo un gesto con la cabeza señalando a Nalaam, que seguía hablándoles a los otros.

—Ése tiene alma de juglar.

—Ajá. Quizá podría aprovecharlo para ganar un dinero extra —dijo Androl—. Todavía me debe un par de calcetines nuevos.

—¡Y tú, amigo mío, tienes alma de amanuense! —dijo Emarin riendo— Jamás se te olvida nada, ¿verdad?

Androl se encogió de hombros.

—¿Cómo sabías lo que era un tolondro retashino? Me considero una persona bastante erudita en esas materias y, sin embargo, nunca había oído hablar de esa bebida.

—Una vez tomé una copa. Por una apuesta.

—Sí, pero ¿dónde?

—En Retash, por supuesto.

—¡Pero eso está a leguas de la costa, en un grupo de islas que ni siquiera los Marinos visitan!

Androl volvió a encogerse de hombros. Miró a los lacayos de Taim.

Un chico del pueblo les había llevado una cesta de comida de parte de Taim, aunque el M’Hael afirmaba que él no caía en el favoritismo. Si Androl preguntaba, descubriría que se suponía que también había mandado a un chico con comida para los otros. Sólo que ese chico se había perdido o lo había olvidado o había cometido cualquier otro error inocente. Taim haría azotar a alguien y las cosas no cambiarían.

—Esta división resulta preocupante, amigo mío —comentó Emarin en voz baja—. ¿Cómo vamos a luchar por el lord Dragón si no somos capaces de vivir en paz entre nosotros mismos?

Androl meneó la cabeza.

—Dicen que hace semanas que ningún hombre que goce del favor de Logain ha conseguido el alfiler del dragón —continuó Emarin—. Hay muchos, como el propio Nalaam, que debería llevar el alfiler de la espada desde hace mucho tiempo, pero les ha sido denegado de forma reiterada por el M’Hael. Una casa cuyos miembros se pelean por tener autoridad nunca representará un peligro para otras casas.

—Sabias palabras, mas ¿qué deberíamos hacer? ¿Qué podemos hacer? Taim es el M’Hael, y Logain no ha regresado todavía.

—Quizá podríamos mandar a alguien a buscarlo —sugirió Emarin—. O tal vez tú podrías tranquilizar a los otros. Me temo que hay algunos que están a punto de saltar y si estalla una pelea no me cabe duda de quién se llevará la peor parte de los castigos de Taim.

—Cierto. —Androl frunció el entrecejo—. Pero ¿por qué yo? A ti se te da mucho mejor hablar que a mí, Emarin.

El otro hombre soltó una risita divertida.

—Sí, pero Logain confía en ti, Androl. Y los otros cuentan contigo.

«Pues no deberían», pensó Androl.

—Veremos qué se me ocurre —dijo en voz alta.

Nalaam parecía dispuesto a lanzarse a contar otra historia; pero, antes de que empezara, Androl hizo un gesto a Jonneth con el protector de brazo.

—Vi que el que tienes está todo agrietado. Prueba con éste.

El semblante de Jonneth se animó con una gran sonrisa cuando cogió el protector de brazo.

—¡Eres increíble, Androl! —exclamó—. No pensé que se hubiera fijado nadie en eso. Es una tontería, lo sé, pero…

La sonrisa se le ensanchó de oreja a oreja y corrió hacia un árbol cercano junto al que había cosas del equipamiento de los hombres, incluido su arco. A los hombres de Dos Ríos les gustaba tenerlos a mano.

Jonneth regresó poniendo la cuerda al arco, tras lo cual se colocó el protector de brazo.

—¡Se acopla que es una maravilla! —afirmó.

Androl se sorprendió a sí mismo esbozando una sonrisa. Las cosas pequeñas podían significar muchísimo.

Jonneth apuntó y disparó una flecha, el astil salió impulsado en el aire y la cuerda del arco golpeó el protector con un ruido seco. La flecha remontó el vuelo, muy alto, y se clavó en un árbol de la colina, a sus buenos doscientos pasos de distancia. Canler silbó.