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Por fin, Suffa se incorporó sobre las rodillas, y Fortuona se echó hacia adelante, con curiosidad. Sufra inclinó la cabeza, y una línea de luz pura y brillante hendió el aire delante de ella. Esa línea giró hacia los lados a partir de un eje central y abrió un agujero justo enfrente del trono de Fortuona. Al otro lado susurraban árboles, y Fortuona contuvo el aliento al ver una rapaz de cabeza blanca que alzaba el vuelo y se alejaba como un rayo del portal. Un augurio de gran poder. Selucia, por lo general imperturbable, dio un respingo, aunque Fortuona no habría sabido decir si era a causa del portal o por el augurio.

Logró disimular la sorpresa. Así que era verdad. Viajar no era un mito ni un rumor. Era real. Esto cambiaba todo lo relacionado con la guerra.

Beslan se adelantó con aire vacilante y se inclinó ante ella. Fortuona les hizo una seña a Galgan y a él para que se acercaran hasta donde pudieran ver el claro del bosque a través de la abertura. Beslan se quedó mirando de hito en hito, boquiabierto.

Galgan enlazó las manos a la espalda. Era un tipo curioso. Se había reunido con asesinos en la ciudad y había preguntado lo que costaría que Fortuona muriera. Después, había hecho ejecutar a todos los hombres que le habían dado un precio. Una maniobra muy sutil pensada para demostrar que debería considerarlo una amenaza, ya que no le daba miedo mantener contacto con asesinos. Sin embargo, también era una clara señal de lealtad. Era como si le dijera: «Por ahora os sirvo, pero observo y soy ambicioso».

En muchos sentidos, la cuidadosa maniobra del hombre le resultaba más reconfortante que la aparente lealtad a toda prueba de Beslan. En el primer caso, tenía ocasión de anticiparse. En el segundo… En fin, que aún no estaba segura de qué opinión le merecía. ¿Sería Matrim igual de leal? ¿Cómo sería tener un Príncipe de los Cuervos contra el que no tuviera que conspirar? Casi parecía una fantasía, como los cuentos que se relataba a los niños plebeyos para que soñaran con un matrimonio imposible.

—¡Esto es increíble! —manifestó Beslan—. Altísima Señora, con esta habilidad…

Su posición lo convertía en una de las pocas personas que podían dirigirse a ella de forma directa.

—La emperatriz desea saber —lo interrumpió Selucia dando Voz al lenguaje de señas de Fortuona— si cualquiera de las marath’damane capturadas ha hablado del arma.

—Decidle a la insigne emperatriz, ojalá viva para siempre, que no —respondió Melitene en tono preocupado—. Y, si se me permite ser tan osada, creo que no mienten. Por lo visto esa explosión fuera de la ciudad fue un accidente aislado, el resultado de algún ter’angreal desconocido al que se dio un uso imprudente. Tal vez no hay ningún arma.

Cabía esa posibilidad, sí. Fortuona ya había empezado a dudar de la validez de esos rumores. La explosión había sucedido antes de que Fortuona hubiese llegado a Ebou Dar y los detalles eran confusos. Quizá todo aquello había sido un complot de Suroth o sus enemigos.

—Capitán general —dio Voz Selucia—, la Altísima Señora desea saber qué haríais con un Poder tal como es esta habilidad de Viajar.

—Eso depende —respondió Galgan, que se frotó el mentón—. ¿Qué alcance tiene? ¿De qué tamaño puede hacerse? ¿Podrían llevarlo a cabo todas las damane? Si le place a la Altísima Señora, hablaré con la damane y obtendré esas respuestas.

—A la emperatriz le place —dio Voz Selucia.

—Esto es preocupante —opinó Beslan—. Podrían atacar por detrás de nuestras líneas de batalla. Podrían abrir un portal como éste en los mismísimos aposentos de la emperatriz, así viva para siempre. Con esto… Todo lo que sabemos sobre el arte de la guerra cambiará.

Los miembros de la Guardia de la Muerte rebulleron, señal de un gran malestar. Sólo Furyk Karede no se movió. Si acaso, su expresión se tornó más dura. Fortuona sabía que el oficial no tardaría en sugerir una ubicación nueva y rotatoria para sus aposentos.

Fortuona reflexionó unos instantes sin apartar la vista de la hendidura en el aire. Esa hendidura en la mismísima realidad. Después, en contra de la tradición, se puso de pie en la plataforma. Por suerte, Beslan se encontraba allí, alguien a quien hablar de forma directa y, de ese modo, que los otros oyeran sus órdenes.

—Según los informes —anunció Fortuona—, quedan todavía cientos de marath’damane en el lugar llamado la Torre Blanca. Ellas son la clave para reconquistar Seanchan, la clave para conservar esta tierra, y la llave para preparar la Última Batalla. El Dragón Renacido servirá al Trono de Cristal.

»Se nos ha proporcionado una forma de preparar un asalto. Que se informe al capitán general que ha de reunir a sus mejores soldados. Quiero que se traiga de vuelta a la ciudad a todas y cada una de las damane que controlamos. Les enseñaremos este método del Viaje y entonces caeremos sobre la Torre Blanca con toda nuestra fuerza. Antes les propinamos sólo un pinchazo. Ahora les daremos a conocer el peso de nuestra espada. Todas las marath’damane deben ser atadas a la correa.

De nuevo se sentó y el silencio se adueñó del aula. Era poco común que la emperatriz hiciera ese tipo de anuncios en persona, pero éstos eran unos tiempos para la osadía.

—No debéis permitir que esto se propague —le dijo Selucia, firme la voz.

Ahora hablaba en su papel de Palabra de la Verdad. Sí, habría que elegir a otra para ser la Voz de la emperatriz.

—Seríais una necia si permitís que el enemigo sepa con seguridad que disponemos ya de este Viaje —concluyó Selucia.

Fortuona respiró hondo. Sí, tenía razón. Se aseguraría de que todos los presentes en el aula mantuvieran el secreto. Pero una vez que hubieran ocupado la Torre Blanca, se hablaría en el mundo entero de su proclamación como emperatriz y se interpretarían los augurios de su victoria aparecidos en el cielo.

«Tendremos que atacar pronto», indicó Selucia con signos de los dedos.

«Sí. Nuestro ataque previo las habrá puesto en alerta», respondió de igual forma.

«Entonces, nuestro próximo movimiento habrá de ser decisivo —señaló Selucia—. ¡Imaginaos! Llevar a miles de soldados a la Torre Blanca a través de un cuarto oculto en los sótanos. ¡Atacar con la fuerza de un millar de martillos contra un millar de yunques!»

Fortuona asintió con la cabeza.

La Torre Blanca estaba condenada.

—No creo que haya mucho más que decir, Perrin —concluyó Thom, y se repantingó en el sillón.

Thom fumaba en una pipa de boquilla larga y el humo del tabaco subía en espirales hacia el techo. Era una noche cálida y no había fuego encendido en la chimenea. Encima de la mesa, unas cuantas velas, un poco de pan, quesos y una jarra de cerveza.

Perrin dio una chupada a su pipa. En el cuarto sólo estaban Thom, Mat y él. Gaul y Grady esperaban fuera, en el salón de la taberna. Mat lo había maldecido por llevar a esos dos; un Aiel y un Asha’man llamaban mucho la atención. Pero Perrin se sentía más seguro con esos dos que con una compañía completa de soldados.

Había compartido su historia con Mat y Thom primero; habló de Malden, del Profeta, de Alliandre y de Galad. A continuación, ellos le habían contado sus experiencias. Perrin estaba impresionado de que a los tres les hubiesen ocurrido tantas cosas desde que se habrían separado.

—Así que emperatriz de los seanchan, ¿eh? —dijo Perrin con la mirada prendida en los culebreos del humo en lo alto del cuarto en penumbra.

—La Hija de las Nueve Lunas —lo rectificó Mat—. Es diferente.