—Y estás casado —añadió Perrin con una sonrisa—. Matrim Cauthon casado.
—No tendrías por qué haber compartido esa parte, ¿sabes? —le dijo Mat a Thom.
—Oh, te aseguro que sí.
—Para ser un juglar, te has dejado fuera la mayoría de los actos heroicos que he llevado a cabo —protestó Mat—. Menos mal que has mencionado el sombrero.
Perrin sonrió, satisfecho. No había sido consciente de lo mucho que había echado en falta sentarse con amigos para pasar un rato charlando. Al otro lado de la ventana colgaba un letrero de madera tallada por el que goteaba la lluvia. Representaba caras con sombreros raros y sonrisas exageradas. El Gentío Feliz. Sin duda habría una historia detrás de ese nombre.
Los tres se hallaban en un comedor reservado que había pagado Mat. Habían pasado tres de los grandes sillones de la chimenea de la posada. No se acoplaban bien en la mesa, pero eran cómodos. Mat se recostó en el respaldo y plantó los pies encima del tablero. Tomó un pedazo de queso de leche de oveja, mordió un trozo y después empezó a mecerse en el sillón.
—¿Sabes, Mat? —dijo Perrin—. Me parece que tu esposa esperará que te enseñen modales en la mesa.
—Oh, me han enseñado —repuso Mat—. Lo que pasa es que nunca aprendo.
—Me gustaría conocerla.
—Es una criatura interesante —comentó Thom.
—Interesante —repitió Mat—. Ajá. —Parecía melancólico—. En fin, ya has oído un montón de cosas sobre lo que nos ha ocurrido, Perrin. Esa puñetera Marrón nos trajo aquí y hace más de dos semanas que no le veo el pelo.
—¿Puedes enseñarme esa nota? —preguntó Perrin.
Mat se toqueteó varios bolsillos y después sacó un trozo pequeño de papel, doblado y sellado con cera roja. Lo echó en la mesa. Las esquinas estaban dobladas y el papel, mugriento, pero no se había abierto. Matrim Cauthon era un hombre de palabra, al menos cuando uno conseguía arrancarle una promesa.
Perrin levantó la nota. Tenía un tenue olor a perfume. Le dio la vuelta y después la arrimó a una vela.
—Eso no funciona —dijo Mat.
—Entonces, ¿qué crees tú que dice?
—Ni idea. Jodida Aes Sedai loca. Quiero decir que todas son raras, pero es que Verin está mal de la azotea. Imagino que no habrás tenido noticias de ella, ¿verdad?
—No.
—Espero que se encuentre bien —dijo Mat—. Parecía preocuparle que pudiera ocurrirle algo. —Tomó la nota y dio golpecitos en la mesa con ella.
—¿Vas a abrirla?
Mat negó con la cabeza.
—La abriré cuando regrese. He…
Sonó una llamada en la puerta y después se abrió una rendija por la que asomó el posadero, un hombre joven llamado Denezel. Era alto, de rostro descarnado y llevaba la cabeza afeitada. Al hombre sólo le faltaba ser un Juramentado del Dragón, por lo que Perrin había visto; llegaba incluso a tener colgado en el salón de la posada un retrato de Rand hecho por encargo. El parecido era notable.
—Mis disculpas, maese Quermes —dijo Denezel—, pero el hombre de maese Dorado insiste en hablar con él.
—Está bien —dijo Perrin.
Grady asomó el curtido rostro por la puerta, y Denezel se retiró.
—Eh, Grady —saludó Mat, que agitó la mano—. ¿Has hecho volar por los aires a alguien interesante últimamente?
El Asha’man de piel atezada frunció la frente y miró a Perrin.
—Milord, lady Faile me pidió que os avisara cuando fuera medianoche.
Mat soltó un fuerte silbido.
—Vaya, por esto es por lo que dejé a mi esposa en otro reino —dijo.
El gesto ceñudo del Asha’man se acentuó.
—Gracias, Grady —dijo Perrin con un suspiro—. No me había dado cuenta de la hora que era. Nos iremos enseguida.
El hombre asintió con la cabeza y se marchó.
—Maldita sea —rezongó Mat—. ¿Es que ese tipo no sabe sonreír? El puñetero cielo ya es bastante deprimente por sí solo para que gente como él intente imitarlo.
—Bueno, hijo, lo que pasa es que algunos no le ven la gracia al mundo de un tiempo a esta parte —comentó Thom.
—Tonterías. Tiene gracia a raudales. Todo el jodido mundo se ha divertido a modo conmigo en los últimos tiempos. Toma nota de lo que te digo, Perrin. Con esos dibujos nuestros rodando por ahí, tienes que ir con mucho cuidado. Sin llamar la atención.
—No sé cómo —repuso Perrin—. Tengo un ejército que dirigir y gente de la que ocuparme.
—Me parece que no te tomas en serio la advertencia de Verin, muchacho —manifestó Thom, que meneó la cabeza—. ¿Alguna vez habéis oído hablar de un pueblo llamado los banath?
—No —contestó Perrin, que miró a Mat.
—Eran unos salvajes que deambulaban por lo que ahora llamamos el llano de Almoth —dijo Thom—. Conozco un par de buenas canciones sobre ellos. Veréis, eran varias tribus y siempre pintaban de rojo la piel de su jefe para que destacara.
—Menudos idiotas —masculló Mat, que mordió otro trozo de queso— ¿Pintar de rojo al jefe? ¡Eso lo convertiría en un blanco para todos los soldados que hubiera en el campo de batalla!
—De eso se trataba —aclaró Thom—. Era un desafío, ¿comprendéis? ¿De qué otro modo, si no, lo habrían identificado sus enemigos para así poner a prueba su pericia luchando contra él?
—Yo habría pintado de rojo a unos cuantos soldados como señuelo para apartar de mí su atención —comentó Mat tras soltar un resoplido desdeñoso—. Entonces haría que mis arqueros emplumaran con flechas a su jefe mientras todos intentaban dar caza a los tipos que creían que dirigían mi ejército.
—De hecho —añadió Thom, tras dar un trago de cerveza—, eso fue exactamente lo que Guillem Carta de Sangre hizo durante su primera y última batalla contra ellos. El Cantar de los Cien Días. Brillante maniobra. Me sorprende que no hayáis oído ese canto épico… El significado es poco claro, y la batalla tuvo lugar hace tanto tiempo que la mayor parte de los libros de historia ni siquiera la mencionan.
Por alguna razón, el comentario hizo que Mat oliera a nerviosismo.
—¿Quieres decir que nos estamos convirtiendo en blancos? —preguntó Perrin.
—Lo que digo es que a vosotros, chicos, cada vez os cuesta más trabajo pasar inadvertidos. Dondequiera que vayáis, los estandartes proclamaban vuestra llegada. La gente habla de vosotros. Casi estoy convencido de que si habéis sobrevivido tanto tiempo es sólo porque los Renegados no sabían dónde dar con vosotros.
Perrin asintió con la cabeza al recordar la trampa en la que habían estado a punto de caer su ejército y él. Era de esperar que con la noche llegaran asesinos.
—Bien, pues, ¿qué debería hacer? —preguntó.
—Mat ha estado durmiendo en una tienda distinta cada noche —repuso Thom—. A veces, incluso en la ciudad. Tú deberías intentar algo parecido. Grady sabe abrir accesos, ¿verdad? ¿Por qué no le pides que prepare uno en el centro de tu tienda cada noche? Escabúllete por él y duerme en cualquier otro sitio, y después vuelves por la mañana del mismo modo. Todos pensarán que duermes en la tienda. Si atacan asesinos, no te encontrarán allí.
Pensativo, Perrin asintió con un lento cabeceo.
—Mejor aún —dijo—, podría dejar cinco o seis Aiel dentro, en alerta y a la espera.
—Perrin, eso es muy, pero que muy artero —comentó Mat con una sonrisa—. Has cambiado para mejor, amigo mío.
—Viniendo de ti, procuraré aceptar eso como un cumplido. —Hizo una pausa antes de añadir—: No será fácil.
Thom soltó una risita divertida.
—Pero Mat tiene razón. Has cambiado. ¿Qué ha sido del muchacho inseguro, de conversación sosegada, al que ayudé a escapar de Dos Ríos?
—Que pasó por el fuego de la fragua —respondió con suavidad.
Thom asintió con la cabeza, pillando su comentario, al parecer.
—¿Y tú, Mat? —preguntó Perrin—. ¿Puedo ayudarte de alguna forma? ¿Tal vez facilitarte el Viaje entre tiendas?
—No, no. No me pasará nada.