—¿Qué hay de las prisioneras? —inquirió Dyelin—. ¿Elenia y las otras dos? ¿De verdad tienes la intención de buscarles otro feudo?
—Sí. En realidad, el trato que han recibido es más que benévolo. No sólo la corona asume sus deudas, sino que les da la oportunidad de empezar de cero en Cairhien, si es que todo esto tiene éxito. Será beneficioso que la nobleza de Andor reciba tierras en Cairhien, aunque lo más probable es que tengan que ser de mi realengo.
—Vas a estar rodeada de enemigos —dijo Birgitte, meneando la cabeza.
—Como de costumbre —respondió Elayne—. Por suerte, te tengo a ti para que me guardes, ¿verdad?
Sonrió a la Guardiana, pero sabía que Birgitte notaba a través del vínculo que estaba nerviosa. Iba a ser una hora de espera muy larga.
51
Una prueba
A Min se le erizó el vello de la nuca al asir la espada de cristal. Callandor. Había oído contar relatos de esta espada desde que era una niña, historias fantásticas de la lejana Tear y de la extraña Espada que no es una Espada. Pero en ese momento ella la sostenía en las manos.
Era mucho más ligera de lo que había imaginado. La hoja cristalina absorbía la luz de las lámparas y jugaba con ella. Daba la impresión de que rielaba en exceso. Incluso cuando ella estaba inmóvil, la luz en el interior de la espada titilaba. El cristal era suave. Y cálido. Casi daba la sensación de estar vivo.
Rand se hallaba enfrente de ella, con la vista puesta en la espada. Se encontraban en sus aposentos de la Ciudadela de Tear, acompañados por Cadsuane, Narishma, Merise, Naeff y dos Doncellas.
Rand alargó la mano para tocar el arma. Min lo miró, y una visión cobró vida encima de él. Una espada brillante, Callandor, asida por una mano negra. Min sofocó un grito.
—¿Qué has visto? —le preguntó con suavidad Rand.
—Callandor, asida por un puño. La mano parecía estar hecha de ónice.
—¿Tienes idea de lo que significa?
Min negó con la cabeza.
—Deberíamos volver a guardarla —advirtió Cadsuane.
La Aes Sedai estaba de pie, con la espalda bien recta y cruzada de brazos. Lucía un vestido marrón y verde, unos colores terrosos que suavizaban los adornos prendidos en el cabello canoso. Chascó la lengua.
—Sacar ahora ese objeto es una imprudencia, chico —añadió.
—Tomo nota de tus objeciones —replicó Rand.
Acto seguido retiró el sa’angreal de las manos de Min y lo deslizó en una vaina que llevaba sujeta a la espalda. Al costado, metida en la vaina pintada con los dragones en rojo y dorado, llevaba colgada de nuevo la antiquísima espada. Había dicho que la consideraba una especie de símbolo que para él representaba el pasado, mientras que, en cierto sentido, Callandor representaba el futuro.
—Rand. —Min le asió el brazo—. Mi investigación… Recuerda que todo apunta a que Callandor tiene un defecto mayor aún que el que ya hemos descubierto. Esa visión refuerza lo que ya te he comentado con anterioridad. Me preocupa que la utilicen contra ti.
—Sospecho que así será —convino Rand—. Todo cuanto hay en este mundo se ha utilizado en mi contra. Narishma, abre un acceso, por favor. Ya hemos hecho esperar a esos fronterizos bastante tiempo.
El Asha’man asintió y sonaron las campanillas que llevaba trenzadas en el cabello. Rand se volvió hacia el otro encauzador.
—Naeff, ¿aún no hemos recibido respuesta de la Torre Negra?
—No, milord —respondió el Asha’man alto.
—Me ha sido imposible Viajar allí —dijo Rand—. Eso entraña que hay un gran problema, mayor de lo que me temía. Utiliza este tejido; hará que cambies de aspecto. Viaja a un lugar que esté a un día de distancia a caballo de la Torre Negra. Ve allí y métete a hurtadillas, a ver qué puedes descubrir. Y préstales ayuda, si es posible. Cuando des con Logain y aquellos que le son leales, transmíteles un mensaje de mi parte.
—¿Qué mensaje, milord?
—Diles… —empezó Rand; parecía distante—. Diles que me equivoqué. Diles que no somos armas. Somos hombres. Tal vez eso sirva de algo. Y ve con cuidado, podría ser peligroso. Después, vuelve a informarme. Tendré que arreglar cosas en la Torre Negra, pero no sería de extrañar que allí me diera de bruces con una trampa más peligrosa que las que he logrado evitar hasta el momento. Problemas… Tantos problemas que necesitan solución. Y yo sólo soy uno. Ve en mi lugar, Naeff, por ahora. Necesito información.
—Yo… Sí, milord.
El Asha’man parecía confuso, pero abandonó la habitación para obedecer las órdenes recibidas.
Rand respiró hondo y se frotó el muñón del brazo izquierdo.
—Vamos.
—¿Estás seguro de que no quieres que nos acompañe más gente, Rand? —preguntó Min.
—Sí, lo estoy. Cadsuane, estate preparada para abrir un acceso y sacarnos de allí si llega el caso.
—Vamos a Far Madding, chico —respondió Cadsuane—. Seguro que no habrás olvidado que es imposible tocar la Fuente mientras estamos en la ciudad, ¿verdad?
Rand sonrió.
—Pero tú luces una red paralis completa en el pelo, la cual incluye un Pozo. Estoy convencido de que mantienes la reserva al máximo, y eso bastará para abrir un solo acceso.
El rostro de Cadsuane se tornó inexpresivo.
—Jamás he oído mencionar algo llamado red paralis.
—Cadsuane Sedai —dijo Rand sin alzar la voz—, tu red tiene algunos adornos que no reconozco. Supongo que será una creación que data de después del Desmembramiento. Pero yo estuve presente cuando se diseñaron las primeras y llevé puesta la versión masculina original.
Se hizo el silencio en la habitación.
—Bueno, chico —dijo, al fin, Cadsuane—, tú…
—¿Alguna vez vas a dejar de tratarme con esa afectación, Cadsuane Sedai? —preguntó Rand—. ¿Por qué sigues llamándome «chico»? Ya no me molesta, pero resulta extraño. El día que morí en la Era de Leyenda tenía más de cuatrocientos años. Supongo que debes de ser varias décadas más joven que yo, por lo menos. Mi comportamiento contigo es respetuoso. Tal vez lo correcto sería que me dieses el mismo trato. Si lo deseas, puedes llamarme Rand Sedai. Que yo sepa, soy el único Aes Sedai vivo que fue ascendido como es debido y que nunca se pasó a la Sombra.
Cadsuane palideció de manera notable. La sonrisa de Rand se tornó amable.
—Querías venir a bailar con el Dragón Renacido, Cadsuane. Soy lo que tengo que ser. Estate tranquila. Te enfrentas a Renegados, pero a tu lado tienes a uno que es tan antiguo como ellos. —Apartó la vista de Cadsuane, y en sus ojos apareció una expresión ausente—. En fin, ojalá tener muchos años fuera indicio de ser muy sabio. Un deseo tan fácil de conseguir como que el Oscuro nos deje en paz.
Rand tomó a Min por el brazo y juntos atravesaron el acceso de Narishma. Al otro lado, un pequeño grupo de Doncellas aguardaba en un claro rodeado de árboles, vigilando los caballos. Min montó. Advirtió el gesto reservado de Cadsuane. Y hacía bien. Cuando Rand hablaba de esa manera, Min se sentía más preocupada de lo que quería admitir.
Abandonaron la pequeña arboleda y se dirigieron hacia Far Madding, una impresionante ciudad construida en una isla que se alzaba en medio de un lago. Y alrededor de éste se levantaba el campamento de un gran ejército con cientos de estandartes al viento.
—Siempre ha sido una ciudad importante, ¿sabes? —le dijo Rand, que cabalgaba a su lado, abismada la mirada—. El Guardián es más moderno, pero la ciudad existía desde mucho antes. Aren Deshar, Aren Mador, Far Madding. Aren Deshar, una espina que siempre tuvimos clavada en el costado. El enclave de los Incastar, aquellos con miedo al progreso, con miedo a las maravillas. Al final resultó que hacían bien, que había motivos para tener miedo. Ojalá hubiera hecho caso a Gilgame…