—Sólo porque te has puesto el listón muy alto, Elayne.
—No pasará nada —respondió; miró al sur.
—¿Por qué no dejas de mirar en esa dirección?
—Por Rand —respondió Elayne. Sintió la calidez de nuevo que se extendía desde ese nudo de emociones que tenía en la mente—. Se está preparando para algo. Está inquieto. Y a la vez tranquilo. —¡Luz! Pero qué desconcertante resultaba ese hombre a veces.
La reunión se iba a celebrar al día siguiente, si la fecha original aún seguía en vigor. Egwene estaba en lo cierto: romper los sellos sería una insensatez. Pero Rand entraría en razón.
Alise se acercó cabalgando a ella, acompañada por tres Allegadas. Sarasia, una mujer rolliza con aire de abuela; Kema, de piel oscura y cabello negro entretejido en tres trenzas; y la remilgada Nashia, de cara juvenil y con un vestido ancho que más parecía un saco.
Las cuatro se situaron al lado de Elayne. Sólo dos de ellas eran bastante fuertes en el Poder para abrir un acceso; muchas de las Allegadas eran más débiles que la mayoría de Aes Sedai. Pero con ellas dos sería suficiente, llegado el caso de que Elayne tuviera problemas para abrazar la Fuente.
—¿Podéis hacer algo para evitar que la alcancen flechas en caso de que hubiera arqueros apostados? —preguntó Birgitte—. ¿Algún tipo de tejido?
Alise ladeó la cabeza con gesto pensativo.
—Sé uno que podría servir, pero nunca lo he probado —respondió.
Otra de las Allegadas se encargó de abrir un acceso a una pradera de yerba marrón y llena de matojos a las afueras de Cairhien, donde esperaba un ejército mucho más numeroso vestido con coraza y el típico yelmo acampanado de los cairhieninos. No era muy difícil dar con los oficiales debido al uniforme oscuro con franjas de los colores de la casa a la que servían, así como por los con que llevaban a la espalda y sobresalían por encima de las cabezas.
Alto y de cara afilada, Lorstrum esperaba a caballo al frente de su ejército, que vestía de color verde oscuro con cuchilladas escarlata. Bertome estaba al otro lado. Daba la impresión de que contaban con el mismo número de efectivos, unos cinco mil hombres cada uno. Las otras cuatro casas habían reunido tropas de menor tamaño.
—Si querían capturarte, se lo estás sirviendo en bandeja —comentó Birgitte con tono grave.
—No hay modo de lograr mi propósito y estar a salvo a la vez… A no ser que me esconda en palacio y envíe a mis tropas. Eso conllevaría la rebelión de Cairhien y el riesgo de una caída de Andor. —Miró a la Guardiana fijamente y añadió—: Ahora soy reina, Birgitte. No podrás evitar que me acechen peligros, al igual que no podrías proteger a un soldado en un campo de batalla.
Birgitte asintió.
—No te separes de mí ni de Guybon —aconsejó la Guardiana.
El capitán Guybon se acercó montado en un castrado pinto. Con Birgitte a un lado y el capitán al otro —los dos montados en caballos más altos que el de ella— un supuesto asesino lo tendría complicado para hacer blanco sin antes dar a alguno de sus amigos.
Y así sería el resto de su vida. Taconeó a Riela, y sus tropas cruzaron el acceso a suelo cairhienino. Los señores y damas nobles que esperaban al otro lado del acceso le dedicaron una reverencia desde las monturas, mucho más marcada que las que le habían hecho en la sala del trono. El espectáculo había empezado.
La ciudad se alzaba un poco más adelante, con las murallas aún ennegrecidas a causa de los incendios que habían estallado durante la batalla contra los Shaido. Elayne notó la tensión de Birgitte una vez que se cerró el acceso a sus espaldas. Las Allegadas que la rodeaban asieron la Fuente, y Alise ejecutó un tejido desconocido para Elayne que colocó alrededor del círculo interior de guardias, de forma que se creó en el aire un torbellino pequeño, pero vertiginoso.
La ansiedad de Birgitte era contagiosa, y Elayne se dio cuenta de que sujetaba las riendas con fuerza mientras Riela avanzaba. El ambiente era más seco en Cairhien y estaba un poco más cargado de polvo. El cielo aparecía encapotado.
Las tropas de Cairhien formaron alrededor del pequeño grupo de soldados andoreños vestidos de blanco y rojo. La mayoría de las tropas cairhieninas iban a pie, aunque también había tropas de caballería pesada, las monturas protegidas con bardas brillantes y los jinetes con largas lanzas apuntadas hacia el cielo. Todos marchaban en una formación perfecta para protegerla. O para mantenerla cautiva.
Lorstrum condujo a su semental zaino junto al círculo exterior de guardias. Guybon miró a Elayne y ella asintió, de modo que el capitán dejó que el noble se acercara.
—La ciudad está alborotada, majestad —anunció Lorstrum. Birgitte se mantenía entre la montura de Elayne y la del noble cairhienino—. Hay… rumores desafortunados en lo referente a vuestra ascensión al trono.
«Que con toda probabilidad iniciaste tú antes de que decidieras apoyarme», pensó Elayne.
—No se alzarán contra vos, ¿verdad? —le preguntó Elayne.
—Espero que no —respondió Lorstrum dedicándole una larga mirada.
El hombre lucía un gorro de color verde oscuro y vestía casaca negra que le llegaba a las rodillas, adornada con franjas horizontales del color de su casa a lo largo de la prenda. En definitiva, era el tipo de ropas que se utilizaría para acudir a un baile, lo cual proyectaba un aire de confianza. Su ejército no ocupaba la ciudad, sino que acompañaba a la nueva reina en una comitiva real.
—No es probable que haya resistencia armada. Tan sólo quería advertiros —concluyó Lorstrum.
Acto seguido, el noble le dedicó un respetuoso saludo con la cabeza. Sabía que ella lo estaba manipulando, y lo aceptaba. En los años venideros, tendría que estar atenta y no quitar ojo de encima a lord Lorstrum.
Cairhien era una ciudad de formas cúbicas, toda ella líneas rectas y torres fortificadas. A pesar de que parte del diseño arquitectónico resultaba bello, no era en absoluto comparable a Caemlyn o Tar Valon. Entraron a Cairhien a través de la puerta norte, con el río Alguenya a su derecha.
En el interior, la multitud esperaba. Lorstrum y los demás habían hecho un buen trabajo. Se oyeron vítores que, casi con toda seguridad, los lanzaban algunos cortesanos colocados en lugares estratégicos, aunque los vítores se multiplicaron cuando Elayne se adentró en la ciudad. Eso la sorprendió. Había esperado una reacción hostil. Y sí, también había algo de eso, la típica basura lanzada desde las últimas filas de la multitud; asimismo, oyó algunos abucheos e insultos. Pero, en general, el pueblo parecía estar contento.
Mientras cabalgaba por la ancha avenida bordeada por los edificios rectangulares tan típicos en Cairhien, se le ocurrió que tal vez la gente había esperado un suceso como ése y habían hablado de ello. Se habrían difundido historias, algunas hostiles, como las que le había comentado Norry. Pero ahora, bien pensado, le parecían más un indicio de preocupación que de hostilidad. Cairhien llevaba mucho tiempo sin tener un monarca. Su rey había muerto sin que se supiera a manos de quién, y parecía que el lord Dragón se había desentendido de ellos.
La confianza de Elayne se acrecentaba por momentos. Cairhien era una ciudad herida, como demostraban las ruinas quemadas de Extramuros y los adoquines que se habían arrancado para lanzarlos por las almenas. Para colmo, la ciudad nunca se había recuperado por completo de la Guerra de Aiel, y las inacabadas Torres Infinitas —de diseño simétrico, aunque con apariencia de encontrarse en un deplorable estado de abandono— eran la prueba.
El maldito Juego de las Casas era casi tan pernicioso como el azote de la guerra. ¿Sería ella capaz de cambiar ese aspecto de Cairhien? La gente que la rodeaba parecía esperanzada, como si fuese consciente del desastre en que se había convertido su nación. Bien era cierto que antes renunciaría un Aiel a sus lanzas que los cairhieninos a dejar de lado las intrigas, pero, quizás, ella podría inculcarles una lealtad mayor para con el país y el trono. Siempre que tuvieran un trono merecedor de tal lealtad.