—¡Un espejo! —exclamó Noal—. No es la primera vez que me topo con algo así. Los espejos se utilizan para enmascarar las cosas —explicó con nerviosismo.
¿Dónde puñetas escondía uno espejos en un maldito túnel recto?
Pero habían llegado al sitio correcto. Mat lo olía; el hedor de los elfinios era más intenso allí. Con actitud decidida, cruzó el umbral.
La cámara que había más allá era tal como la recordaba. No había columnas, aunque era evidente que la estancia tenía forma de estrella. Ocho puntas y un solo acceso. Las brillantes líneas amarillas corrían a lo largo de las aristas de la sala, y ocho pedestales vacíos se erguían negros y ominosos, uno en cada punta.
Era exactamente igual. Salvo por la mujer que flotaba en el centro.
Cubierta sólo por una tenue bruma blanca que bullía y brillaba a su alrededor, los detalles de la figura femenina quedaban desdibujados, que no ocultos. La mujer tenía los ojos cerrados y el oscuro cabello —ondulado, aunque ya no en perfectos bucles— ondeaba como si soplara viento de abajo arriba. Las manos descansaban encima del estómago, y en la muñeca izquierda lucía un extraño brazalete de un material que parecía marfil envejecido.
Moraine.
A Mat lo asaltó un cúmulo de emociones: inquietud, frustración, preocupación, sobrecogimiento. Era ella quien había empezado todo aquello. A veces la había odiado, aunque también le debía la vida. Ella había sido la primera en entrometerse, en tirar de él de aquí para allí. Sin embargo —analizándolo de forma retrospectiva— suponía que Moraine había sido la más sincera de todos los que lo habían utilizado. Sin disculparse, sin doblegarse. Pero de forma desinteresada.
Se había volcado en proteger a tres muchachos necios, todos ellos ignorantes de lo que el mundo iba a exigirles. Había decidido ponerlos a salvo. Tal vez prepararlos un poco, tanto si querían como si no.
Porque lo necesitaban.
Luz, qué claros le parecían ahora los motivos de Moraine. Lo cual no significaba que mermara su enfado con ella; aunque sí lo hacía sentirse agradecido. ¡Maldición, qué batiburrillo de emociones! Esos condenados zorros… ¡Cómo osaban tenerla así! ¿Estaría viva?
Thom y Noal la miraban de hito en hito; Noal con gesto solemne, Thom con incredulidad. Así que Mat se adelantó para liberar a Moraine. Empero, tan pronto como tocó la neblina con las manos sintió un dolor abrasador. Gritó y se apartó mientras las sacudía.
—Puñetas, cómo quema —barbotó—. Se… —Enmudeció al ver que Thom se adelantaba—. Thom, no… —empezó a advertirle.
—No me importa —dijo el juglar.
Se aproximó a la niebla y alargó las manos mientras las ropas empezaban a humear y los ojos le lloraban de dolor. Ni siquiera pestañeó. Se metió en aquella bruma y, asiendo a Moraine, tiró de ella y la liberó. La Aes Sedai cayó en sus brazos como un peso muerto, pero el envejecido juglar todavía era fuerte y ella parecía tan frágil que no debía de pesar mucho.
¡Luz! Mat había olvidado lo menuda que era; debía de sacarle una cabeza. Thom se arrodilló, se quitó la capa de juglar y la envolvió en ella. Moraine no abrió los ojos.
—¿Está…? —empezó Noal.
—Está viva —respondió Thom en voz queda—. Siento el latido de su corazón.
Le quitó el brazalete del brazo. Tenía la forma de un hombre doblado hacia atrás, con las muñecas atadas a los tobillos y vestido con ropas extrañas.
—Parece algún tipo de ter’angreal —dijo Thom, que se lo guardó en el bolsillo de la capa—. Yo…
—Es un angreal —proclamó una voz—. Con poder suficiente para ser casi un sa’angreal. Puede ser parte de su precio, si deseáis pagarlo.
Mat giró sobre sus talones con rapidez. Los pedestales se encontraban ahora ocupados por elfinios, cuatro varones y cuatro hembras. Los ocho vestían largas faldas de color blanco, en vez de negro. Ellas se cubrían el torso con blusas, mientras que los varones sólo llevaban unas correas cruzadas, unas correas hechas con un espeluznante material de color blanquecino que parecía piel. Y no de animal.
—Cuidado con lo que habláis —advirtió Mat a Thom y a Noal, procurando contener la inquietud—. Cualquier cosa que digáis, la usarán para someteros a un compromiso afirmando que ése era vuestro deseo. No pidáis nada.
Los otros dos guardaron silencio. Thom sostenía a Moraine contra sí y Noal, con el fardo al hombro, asía la antorcha y el bastón con aire cauteloso.
—Esta es la gran sala —dijo Mat a los elfinios—, la llamada Cámara de Acuerdos. Estáis obligados por el pacto a cumplir los que hagáis aquí.
—El acuerdo se ha cumplido —dijo uno de los elfinios varones; sonrió y dejó a la vista los dientes afilados.
Los otros elfinios se echaron hacia adelante e hicieron una profunda inhalación, como si oliesen algo. O como si… absorbieran algo de sus dos compañeros y de él. Birgitte le había dicho que se alimentaban de emociones.
—¿De qué acuerdo hablas? —espetó Mat al tiempo que echaba una ojeada a los pedestales—. Así os abraséis, ¿qué acuerdo?
—Un precio ha de pagarse —dijo uno.
—Lo que se pida ha de concederse —dijo otro.
—Un sacrificio ha de hacerse.
Eso último lo dijo una de las hembras, que esbozó una sonrisa más amplia que la de sus compañeros. También tenía los dientes afilados.
—Quiero que vuelva a aparecer la puerta de salida como parte del acuerdo —puntualizó Mat—. La quiero donde estaba antes y abierta de nuevo. Y no he acabado con la jodida negociación, así que no deis por hecho que esto es lo único que voy a pedir, puñetas.
—Se reabrirá —dijo un elfinio.
Los demás se echaron hacia adelante otra vez. Percibían su desesperación; varios de ellos parecían descontentos.
«No esperaban que llegásemos aquí —comprendió Mat—. No les hace gracia correr el riesgo de perdernos».
—Quiero que la dejéis abierta hasta que hayamos salido —continuó— Nada de bloquearla ni hacerla desaparecer cuando lleguemos. Y quiero que se llegue a ella de forma directa, nada de ir de una sala a otra. Un camino directo. Y vosotros, jodidos zorros, no podéis dejarnos inconscientes ni intentar matarnos ni nada por el estilo.
Eso no les gustó nada; Mat sorprendió a varios con gesto ceñudo. Bien. Así se darían cuenta de que no negociaban con un crío.
—Nos vamos —dijo Mat—. Y nos la llevamos.
—Esas peticiones son caras —argumentó uno de los elfinios—. ¿Qué pagarás para que te sean concedidas?
—El precio ya quedó fijado —susurró otro desde atrás.
Y así era, en efecto. De algún modo, Mat lo sabía. Una parte de él lo había sabido desde la primera vez que había leído aquella carta. Si no hubiese hablado con los alfinios aquella primera vez, ¿habría ocurrido algo de todo esto? Lo más probable es que él hubiese muerto. Tenían que decirle la verdad.
Le habían advertido que llegaría el momento de pagar un precio. Por la vida. Por Moraine. Y tendría que pagarlo. En ese momento comprendió que lo haría, porque sabía que las consecuencias de no hacerlo serían terribles. No sólo para Thom ni sólo para Moraine ni sólo para él mismo. Por lo que le habían predicho, el destino del propio mundo dependía de ese momento.
«Mira que soy tonto —pensó—. Después de todo, quizá sea un héroe». ¿Acaso no era eso lo máximo?
—Lo pagaré —anunció—. Renunciaré a la mitad de la luz del mundo.
«Para salvar al mundo».
—¡Hecho! —anunció uno de los elfinios varones.
Los ocho seres saltaron de los pedestales todos a una y lo rodearon en un círculo que fueron estrechando —cual el nudo corredizo de una horca— con la expeditiva rapidez y la agilidad de un depredador.
—¡Mat! —gritó Thom; el juglar se esforzó en sujetar a la inconsciente Moraine mientras buscaba uno de sus cuchillos.