Bajó la ashandarei en ángulo, abriendo una raja. Desde el vértice, impulsó el arma hacia arriba, hacia el lado contrario de la línea horizontal, de modo que cortó un triángulo invertido de gran tamaño, luminoso. La luz pareció crear un sonido vibrante al pasar sobre él. Los alfinios habían llegado a la entrada que había cerca de Thom, pero sisearon y dieron un respingo, apartándose de la intensa luminosidad.
Mat acabó trazando una línea ondulada en el centro del triángulo. Apenas podía ver de lo intensa que era la luz. La sección de la pared que tenía delante se desplomó, descubriendo un blanco pasillo reluciente que parecía estar cortado en acero macizo.
—Vaya, así me… —farfulló Thom, que se puso de pie.
Los alfinios gritaron su ira con voces agudas. Entraron en la sala con un brazo levantado para protegerse los ojos y la espada empuñada en la otra mano.
—¡Salid! —bramó Mat, que giró sobre sí mismo para hacer frente a los seres. Alzó la ashandarei y usó la punta del astil para asestar un golpe en la cara a un alfinio—. ¡Id!
Thom alzó a Moraine en brazos y después echó una mirada a Mat.
—¡Id! —repitió Mat, que destrozó el brazo a otro alfinio de un golpe.
Thom saltó por el hueco del triángulo y desapareció. Sonriendo, Mat giró entre los alfinios con su ashandarei golpeando piernas, brazos, cabezas. Había muchos, pero parecían aturdidos por la luz en su frenesí por llegar hasta él. A medida que derribaba a los primeros, los otros empezaron a tropezar. Los seres se convirtieron en una masa de piernas y brazos sinuosos que se retorcían, de voces que siseaban y gruñían de rabia. Varios de los que había detrás trataban de trepar por encima del montón de cuerpos para llegar hasta él.
Mat retrocedió y se tocó el ala del sombrero mirando a los seres.
—Pues por lo visto sí que se puede ganar este juego, después de todo —dijo—. Decidles a los zorros que estoy sumamente complacido con esta llave que me dieron. Y también que todos vosotros podéis iros al fondo de un abismo de fuego y cenizas y pudriros en él, pedazos de mierda restregada en el culo de un cerdo. Que tengáis un jodido y magnífico día.
Sujetándose el sombrero, saltó a través de la abertura.
Y todo fue un cegador destello blanco.
56
Algo anda mal
Egwene oyó una suave llamada en el poste que había fuera de la tienda.
—Adelante —invitó sin dejar de revisar los documentos que tenía encima del escritorio.
Gawyn entró. Ya no vestía ropas lujosas, sino pantalón marrón y camisa de un tono más claro del mismo color. Una capa de Guardián le colgaba de los hombros y le permitía mimetizarse con el entorno. En cuanto a ella, llevaba un regio vestido verde y azul.
Se oyó el frufrú de la capa cuando Gawyn se sentó junto al escritorio.
—El ejército de Elayne está cruzando el acceso. Nos ha hecho saber que viene de camino a nuestro campamento.
—Excelente —respondió Egwene.
Gawyn asintió con un cabeceo, pero algo lo perturbaba. Qué útil resultaba ese núcleo de emociones otorgado por el vínculo. Si hubiera sabido antes la profunda adoración que sentía por ella, lo habría vinculado semanas atrás.
—¿Qué sucede? —preguntó Egwene, dejando a un lado los informes.
—Aybara. No ha respondido a la invitación de reunirse contigo.
—Elayne ya comentó que podría ser problemático.
—Creo que se pondrá de parte de al’Thor —dijo Gawyn—. El hecho de que haya instalado su campamento alejado de todos los demás resulta revelador. Envió mensajeros a los Aiel y a los tearianos nada más llegar. Ha reunido un ejército numeroso, Egwene. Enorme. Hay incluso Capas Blancas.
—Bueno, si es así, no es probable que se ponga de parte de al’Thor —contestó Egwene.
—Y tampoco del nuestro —respondió Gawyn—. Egwene… Galad lidera las tropas de los Capas Blancas.
—¿Tu hermano?
—Sí. —Gawyn meneó la cabeza—. Tantos ejércitos, tantos juramentos de fidelidad. Se contraponen unos con otros, habrá roces. Aybara y su ejército podrían ser la chispa que nos hiciera estallar como fuegos de artificio.
—La situación mejorará una vez que Elayne se haya instalado —dijo Egwene.
—Egwene, y ¿qué pasa si al’Thor no se presenta? ¿Y si ha montado esto para distraer a todo el mundo de lo que sea que se trae entre manos?
—¿Por qué iba a hacer eso? —preguntó—. Ya ha demostrado que no se lo puede encontrar si no quiere. —Egwene negó con la cabeza—. Gawyn, él sabe que no debería romper esos sellos. Al menos, una parte de él lo sabe. Quizá fue por eso por lo que me lo contó, para que reuniera apoyos en contra de tal idea a fin de razonar con él y hacerle olvidar tal propósito.
Gawyn asintió en silencio, sin quejarse ni discutir. Era increíble el cambio que había dado. Seguía siendo tan pasional como siempre, sí, pero menos impetuoso. Desde la noche del ataque de los asesinos, hacía lo que le decía. No actuaba como un sirviente, sino como un compañero consagrado a lograr que se hiciera lo que ella quería.
Era algo increíble. Y también importante, pues la Antecámara de la Torre parecía decidida a revocar el acuerdo en cuanto a que fuese ella la responsable de las negociaciones con Rand. Bajó la vista al montón de documentos, entre los cuales había bastantes cartas de «asesoramiento» de algunas Asentadas.
Pero al menos le habían escrito, en lugar de actuar a espaldas de ella. Eso era bueno y, por lo tanto, no podía dejar de tomarlas en cuenta. Tenía que conseguir que siguieran convencidas de que lo mejor era trabajar juntas, codo con codo. Al mismo tiempo, no debía dejarles creer que se iba a amedrentar con un par de gritos. ¡Qué equilibrio tan frágil!
—Bien, entonces salgamos al encuentro de tu hermana.
Gawyn se levantó y se movió con donosura hacia la entrada de la tienda. Llevaba colgada al cuello una cadena con tres anillos que tintinearon al caminar. Tendría que volver a preguntarle de dónde los había sacado, pues, cosa extraña, se había mostrado reservado en lo tocante a ellos. Gawyn sujetó los faldones de la tienda y ella salió.
En el exterior, el sol de última hora de la tarde se ocultaba tras unas nubes plomizas. Los soldados de Bryne trabajaban con ahínco para levantar una empalizada. El número de efectivos del ejército liderado por el general había aumentado en las últimas semanas, y sus tropas dominaban la parte oriental de la extensa pradera rodeada de bosques a la que antaño se conocía como Merrilor. Las ruinas de la fortaleza que se había alzado en aquel campo yacían esparcidas por la zona norte, cubiertas de musgo y casi completamente tapadas por las correhuelas.
Egwene había instalado su tienda en un montículo desde el que se divisaban los ejércitos acampados en la pradera.
—¿Ese de ahí es nuevo? —preguntó Egwene mientras señalaba un pequeño contingente que había acampado cerca de las ruinas.
—Sí, no han llegado bajo ningún estandarte —respondió Gawyn—. Casi todos son granjeros, no un verdadero ejército. La mayoría de ellos no llevan espadas, sino aventadores, hachas de tala, bastones de combate. Supongo que al’Thor les mandó venir. Empezaron a llegar ayer.
—Curioso —contestó Egwene.
Era una hueste variopinta, sin dos tiendas iguales y poco conocimiento de cómo instalar un campamento militar. Sin embargo, rondaban los diez mil hombres.
—Que los exploradores no los pierdan de vista —instruyó a Gawyn, que asintió con la cabeza.
Egwene se dio la vuelta y se fijó en la comitiva que llegaba a través de varios accesos y montaba el campamento no muy lejos de su posición. El León de Andor ondeaba al aire y los soldados marchaban en filas ordenadas. Una comitiva en rojo y blanco se separó del grueso del ejército y avanzó hacia el campamento de Egwene portando el estandarte real.
Gawyn y ella avanzaron a través de la hierba amarillenta para reunirse con Elayne. A decir verdad, la reina de Andor se lo había tomado con calma, ya que llegaba sólo un día antes de la fecha indicada por Rand. Aun así había venido, al igual que lo habían hecho otros soberanos. Los Aiel habían acompañado a Darlin desde Tear y la persuasión utilizada en sus cartas a Gregorin, el administrador de Illian, había resultado suficiente para que trajera también un amplio contingente de tropas que acampaban en el lado occidental de la pradera.