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La vasta habitación que había al otro lado de la puerta estaba sumida en la más absoluta oscuridad, como una profunda cueva bajo tierra. La habitación parecía absorber y extinguir todo resquicio de luz. La voz que gritaba provenía del interior. Los gritos sonaban débiles, como si la oscuridad los ahogara.

Rand entró en la habitación, y la oscuridad lo engulló. Le dio la impresión de que le arrebataba la vida que había en él, como cien sanguijuelas chupándole la sangre que le corría por las venas. Siguió avanzando. No discernía de qué dirección provenían los gritos, así que decidió seguir tanteando a lo largo de las paredes, que al tacto parecían huesos suaves, pero con alguna que otra fisura.

La habitación era circular, como si se encontrara metido dentro de una enorme calavera. «¡Allí!»

Había una luz muy tenue un poco más adelante, una única vela en el suelo que iluminaba el piso de mármol negro. Rand corrió hacia la luz. Sí, también había una figura acurrucada contra la pared, que tenía el color blanquecino de los huesos. Era una mujer de pelo plateado, vestida con una fina prenda blanca.

La mujer sollozaba y se estremecía, sacudida por los temblores. Rand se arrodilló junto a ella, y la llama de la vela titiló por su movimiento. ¿Cómo había llegado esa mujer a su sueño? ¿Era real o una creación de su mente? Posó la mano en el hombro de la mujer.

Ella lo miró; la cara era una máscara de dolor, con los ojos enrojecidos y las lágrimas resbalándole por la barbilla.

—Por favor —suplicó la mujer—. Por favor, me tiene.

—¿Quién eres? —preguntó Rand.

—Ya sabes quién soy —susurró la mujer, que le asió la mano y la apretó—. Lo siento. Lo siento mucho. Me tiene. Cada noche me desgarra el alma. Oh, por favor. Quiero que termine. —La mujer rompió a llorar sin rebozo.

—No te conozco —respondió Rand—. Yo…

Esos ojos. Esos ojos preciosos, terribles. Rand ahogó un grito y le soltó la mano. El rostro sería diferente, pero conocía esa alma.

—¿Mierin? Estás muerta. ¡Te vi morir!

La mujer negó con la cabeza.

—¡Ojalá hubiera muerto! ¡Ojalá fuera así! Por favor, me machaca los huesos, los quiebra como si fueran ramas pequeñas y después deja que esté al borde de la muerte antes de Curarme lo justo para mantenerme con vida. Él…

La mujer dejó de hablar y empezó a sufrir sacudidas.

—¿Qué pasa?

Los ojos se le desorbitaron, y la mujer se volvió con brusquedad hacia la pared.

—¡No! ¡Ya viene! —gritó—. La Sombra que hay en la mente de todos los hombres, el asesino de la verdad. ¡No!

Se dio la vuelta de nuevo y alargó los brazos hacia Rand, pero algo la arrastró hacia atrás. La pared se rompió, y la mujer se precipitó en la oscuridad.

Rand saltó hacia adelante para intentar cogerla, pero era demasiado tarde. Alcanzó a ver a la mujer durante un instante antes de que desapareciera en la negrura.

Se quedó paralizado mirando el abismo. Buscó la calma, pero no logró hallarla. En cambio, sintió odio, preocupación y —como una víbora en celo— deseo. Esa mujer había sido Mierin Eronaile, una a la que había llamado tiempo atrás lady Selene.

Una mujer a quien casi todo el mundo conocía por el nombre que ella misma había adoptado: Lanfear.

Un viento seco y recio fustigó la cara de Lan mientras éste observaba el paisaje corrompido. El desfiladero de Tarwin era un paso ancho, rocoso y sembrado de aserradas cortaderas de la Llaga. Antaño, ese lugar había formado parte de Malkier. Estaba en casa otra vez. Una última vez.

Masas ingentes de trollocs se agrupaban al otro lado del desfiladero. Decenas de miles. O, más bien, cientos de miles. Debían de superar por diez el número de efectivos que Lan había logrado reunir en su marcha por las Tierras Fronterizas. Lo normal habría sido esperar la acometida a este lado del desfiladero, como habían hecho otros hombres antes, pero él no podía hacer tal cosa.

Había ido a atacar, a cabalgar en nombre de Malkier.

Andere avanzó con su caballo y se colocó a la izquierda de Lan, mientras el joven Kaisel de Kandor se situaba a la derecha. Lan percibió la lejana sensación que lo había confortado y dado fuerza en los últimos días. El vínculo había cambiado. Las emociones habían cambiado.

Sentía a Nynaeve, tan maravillosa, comprensiva y apasionada, en el fondo de la mente. Debería haber estado afligido al saber que ahora sería ella quien sufriría cuando él muriese, en lugar de otra persona. Sin embargo, esa sensación de cercanía, de una cercanía final, le daba fuerzas.

El viento se le antojaba demasiado seco. Estaba cargado de olor a tierra y polvo, y le secaba los ojos, por lo que tenía que parpadear para humedecerlos.

—Como tenía que ser —dijo Kaisel.

—¿El qué? —preguntó Lan.

—Que ataquemos aquí.

—Sí —respondió Lan.

—Quizás —añadió Kaisel—. Pero es bizarro, pues le demuestra a la Sombra que no vamos a escondernos, que no vamos a acobardarnos. Ésta es vuestra tierra, lord Mandragoran.

«Mi tierra», repitió Lan para sus adentros. Sí, lo era. Hizo que Mandarb avanzara.

—¡Soy al’Lan Mandragoran! —bramó—. ¡Señor de las Siete Torres, Defensor de la Muralla de los Fuegos Precursores, Portador de la Espada de los Mil Lagos! ¡Antaño me llamaban Aan’allein, pero reniego de ese título porque ya no estoy solo! ¡Que me tema la Sombra! Que me tema y me conozca. He vuelto a recuperar lo que me pertenece. Puede que sea un rey sin tierra. ¡Pero soy un rey!

Lanzó un grito al tiempo que levantaba la espada. Un griterío rugió en las filas de su ejército. Lan envió un último pero intensísimo sentimiento de amor a Nynaeve mientras taconeaba a Mandarb para lanzarse a galope.

Sus hombres, todos montados a caballo, cargaron detrás de él. Una carga formada por kandoreses, arafelinos, shienarianos, saldaeninos… Pero la mayoría de los jinetes eran malkieri. A Lan no le habría sorprendido descubrir que había atraído a todos los súbditos de su antiguo reino que aún estaban capacitados para empuñar un arma.

Cabalgaron entre gritos blandiendo las espadas, las lanzas en ristre. Los cascos de los caballos se convirtieron en truenos y las voces en olas que rompían contra las rocas. Y su orgullo brillaba más que el sol de justicia que caía sobre ellos. Eran doce mil hombres. Y cargaron contra una fuerza de al menos ciento cincuenta mil.

«Se recordará este día con honor —pensó Lan, mientras galopaba—. Como la Última Carga de la Grulla Dorada. El fin de los malkieri». Y el final había llegado. Lo afrontarían con las espadas en alto.

Y acontecerá en el mundo que la prisión del Altísimo se debilitará, y flojearán las extremidades de aquellos que la crearon. Y, de nuevo, Su glorioso manto extinguirá el Entramado de todas las cosas y el Gran Señor abatirá Su mano para reclamar lo que es Suyo. Las naciones rebeldes serán arrasadas y sus hijos llorarán. No habrá nadie salvo El y aquellos que han vuelto los ojos hacia Su majestad.

Y el día en que el Bufón Tuerto viaje a los salones de duelo y que el Primero entre los Indeseables alce la mano para liberar a Aquel que Destruirá, los últimos días del orgullo del Herrero Caído llegarán. Que el Lobo Roto, aquel a quien la muerte ha conocido, caiga y sea consumido por las Torres de Medianoche, que su destrucción infunda miedo y tristeza en el corazón de los hombres y haga flaquear su voluntad.

Y entonces llegará el Señor del Ocaso. Tomará nuestros ojos, pues nuestras almas se postrarán ante El. Tomará nuestra piel, pues se servirá de nuestra carne. Tomará nuestros labios, pues sólo a Él loaremos. El Señor del Ocaso se enfrentará al Paladín Quebrantado y derramará su sangre para traernos la tan hermosa oscuridad. Que empiecen los lamentos, oh, seguidores de la Sombra. ¡Suplicad vuestra destrucción!

de Las Profecías de la Sombra