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A la luz tenue procedente de una linterna encendida en un poste cercano, en la intersección de los caminos del campamento, Mat vislumbró la figura que se deslizaba por la raja de la lona. Una figura que había temido ver. El gholam tenía el aspecto de un hombre esbelto, de pelo rubio y rasgos poco notorios. Lo único peculiar en esa cosa era la cicatriz que le surcaba la mejilla.

Lo habían creado para que aparentara ser inofensivo, para que fuera fácil olvidarse de él. La mayoría de la gente que lo viera entre la multitud haría caso omiso de él. Justo hasta un instante antes de que les arrancara la cabeza.

Mat retrocedió. Su tienda estaba cerca de la falda de una loma, y se replegó hacia el declive, a la vez que tiraba hacia arriba del medallón para sacarlo por la cabeza y lo sujetaba a la hoja de la ashandarei enrollando el cordón con fuerza. Distaba de ser un arreglo perfecto, pero ya había practicado ese movimiento. Que él supiera, el medallón era lo único que podía hacer daño al gholam. Realizó todo con rapidez sin dejar de gritar pidiendo ayuda al mismo tiempo. Los soldados no servirían de nada con ese ser, pero el gholam había dicho tiempo atrás que le habían ordenado no llamar mucho la atención. Tal vez eso lo haría escabullirse.

El gholam vaciló y echó ojeadas hacia el campamento. Después se volvió hacia Mat y avanzó. Se movía con la ligereza de una cinta de seda ondeando en el aire.

—Deberías sentirte orgulloso —susurró aquella cosa—. El que ahora me controla te desea por encima de todo. He de hacer caso omiso de cualquiera de los otros hasta que haya saboreado tu sangre.

En la mano izquierda, el ser sostenía una daga larga. La derecha le goteaba sangre. Un escalofrío helador estremeció a Mat. ¿A quién había matado ese monstruo? ¿Quién más había muerto en lugar de Matrim Cauthon? La imagen de Tylin surgió de nuevo en su mente. No había visto el cadáver, así que la composición de la escena quedaba a su imaginación. Por desgracia, imaginación no le faltaba.

Con esa imagen en la mente y oliendo la sangre en el aire, hizo lo más estúpido que cabía esperar: atacó.

Gritando en la oscuridad, Mat arremetió al tiempo que hacía girar la ashandarei. El ser era rapidísimo; dio la impresión de ondear en el aire, apartándose del arma.

El gholam lo rodeó como un lobo al acecho, las pisadas sin apenas hacer ruido en las hierbas secas. Como un borrón en el aire, lo atacó, y sólo gracias a dar un salto hacia atrás, dictado por sus reflejos, Mat se salvó. Luego se revolvió de forma atropellada mientras blandía la lanza. El ser parecía mostrarse precavido con el medallón. ¡Luz, sin él ahora estaría muerto y desangrándose en el suelo!

El gholam se lanzó de nuevo contra él, como una oscuridad líquida.

Mat giró sobre sí mismo con frenesí y, más por suerte que por cualquier otra razón, le hizo un pequeño corte. El medallón soltó un siseo al rozar la mano del ser. El olor a carne quemada se propagó en el aire, y el gholam reculó a trompicones.

—No tenías por qué matarla, maldito —le gritó Mat—. ¡Podrías haberla dejado vivir! ¡No la querías a ella, sino a mí!

El ser se limitó a sonreír; la boca era un espantoso agujero negro con dientes retorcidos.

—Un pájaro debe volar. Un hombre tiene que respirar. Yo he de matar.

De nuevo avanzó con sigilo, al acecho, y Mat supo que estaba en apuros. Ahora, los gritos de alarma resonaban con fuerza. Sólo habían transcurrido unos segundos, pero dentro de unos pocos más tendría ayuda. Sólo unos instantes más…

—Me han dicho que los mate a todos —dijo con suavidad el gholam—. Para hacerte salir y dar la cara. Al hombre con bigote, al viejo que se entrometió la última vez, a la mujercita de piel oscura que es dueña de tu afecto. A todos ellos, a no ser que te mate ahora.

Así la Luz abrasara a ese gholam—, ¿cómo sabía ese ser lo de Tuon? ¿Cómo? ¡Era imposible!

Estaba tan conmocionado que apenas reaccionó a tiempo de levantar la ashandarei cuando el gholam saltó hacia él. Mat barbotó una maldición y giró hacia un lado, pero ya era tarde. El arma del ser centelleó en el aire; entonces, pareció que la daga daba un tirón, y se desprendió de los dedos del gholam. Con un sobresalto, Mat notó que algo se enroscaba a su alrededor y tiraba de él hacia atrás, fuera del alcance del tajo propinado por el gholam.

Tejidos de Aire. ¡Teslyn! La Aes Sedai se encontraba delante de la tienda, el rostro una máscara de concentración.

—¡No podréis tocarlo con los tejidos de forma directa! —gritó Mat, mientras el flujo de Aire lo depositaba a corta distancia del gholam. Si la Roja hubiera sido capaz de alzarlo a bastante altura, habría sido estupendo. Pero nunca había visto que una Aes Sedai levantara a alguien a más de un paso del suelo.

Se escabulló hacia un lado dando trompicones, con el gholam cargando tras él. Entonces, algo grande pasó volando entre ellos y obligó al gholam a hacer un quiebro con gráciles movimientos. El objeto —¡nada menos que una silla!— se estrelló contra la ladera, cerca de los dos. El gholam giró sobre sí mismo cuando un banco grande chocó contra él y lo lanzó hacia atrás.

Mat recuperó el equilibrio y miró a Teslyn, que rebuscaba en el interior de su tienda con hilos invisibles de Aire.

«Qué lista», pensó. Los tejidos no podían tocar a esa cosa, pero algo lanzado por los tejidos sí.

Pero eso no lo detendría. Mat había visto al gholam arrancarse de un tirón un cuchillo clavado en el pecho; el desinterés que había demostrado igualaría al de un hombre que se hubiera quitado un abrojo enganchado en la ropa. Pero ahora llegaban soldados corriendo por los senderos, armados con picas o espadas y escudos. El campamento entero se había iluminado.

El ser lanzó una mirada feroz a Mat y después salió disparado hacia la oscuridad que envolvía el campamento. Mat se dio la vuelta y entonces se quedó paralizado al ver a dos Brazos Rojos apuntar con las picas al gholam que se les aproximaba. Eran Gorderan y Fergin; ambos habían sobrevivido a los días de Ebou Dar.

—¡No! —les gritó—. Dejad que se…

Demasiado tarde. El gholam se deslizó entre las picas con indiferencia, aferró la garganta de cada uno de los hombres con una mano y después apretó los dedos. Con un giro, les desgarró la carne y los dejó caer al suelo. Un instante después se había perdido en la oscuridad.

«¡Maldito seas! —gritó Mat para sus adentros, y echó a correr tras el ser—. ¡Te destriparé y…!»

Se paró en seco. Olor a sangre en el aire. Procedente del interior de la tienda. Casi lo había olvidado.

«¡Olver!»

Mat retrocedió y entró a trompicones en la tienda. Dentro estaba oscuro, aunque la tufarada a sangre lo asaltó de nuevo.

—¡Luz! Teslyn, ¿podéis…?

Una esfera luminosa apareció detrás de él.

La luz era suficiente para alumbrar la terrible escena del interior. Lopin, el sirviente de Mat, yacía muerto y un gran charco negro de su sangre oscurecía el suelo de la tienda. Otros dos hombres —Riddem y Will Reeve, Brazos Rojos que habían montado guardia a la puerta— estaban apilados en el catre. Tendría que haberse dado cuenta de que no se encontraban en su puesto. ¡Necio!

Mat sintió una punzada de pesar por los muertos. Lopin, que parecía haberse recuperado de la muerte de Nalesean hacía tan poco. ¡Maldición, había sido un buen hombre! Ni siquiera era soldado, sólo un criado, satisfecho de tener alguien de quien ocuparse. Mat se sentía fatal ahora por haberse quejado de él. Sin la ayuda de Lopin, no habría podido escapar de Ebou Dar.

Y los cuatro Brazos Rojos, dos de los cuales habían sobrevivido a Ebou Dar y el ataque previo del gholam.

«Tendría que haber mandado aviso. Tendría que haber puesto en alerta a todo el campamento».

¿Y habría servido de algo hacerlo? El gholam había demostrado ser prácticamente imparable. Mat barruntaba que esa cosa habría acabado con toda la Compañía para llegar hasta él, si hubiera sido necesario. Sólo la orden de su amo de que evitara llamar la atención le impedía hacerlo así.