Los Aiel establecían sus propios puestos de guardia, y Perrin no tenía por qué inspeccionarlos. De todos modos, los incluía en su ronda. Era de la opinión de que, si pasaba por los demás sectores del campamento, también debía hacerlo allí.
Grady se paró de repente y se volvió hacia las tiendas de las Sabias.
—¿Qué? —inquirió Perrin en tono de urgencia mientras escudriñaba el campamento en derredor, pero no vio nada.
—Creo que lo han conseguido —respondió Grady, sonriente.
Y echó a andar hacia el campamento Aiel pasando por alto las miradas furiosas que le lanzaron varias Doncellas. De no haber estado Perrin allí, era muy probable que lo hubieran echado, ni que fuera Asha’man ni que no.
«Neald ha estado practicando con las Aes Sedai para descubrir cómo hacer un círculo», pensó Perrin.
Si Grady había notado algo en los tejidos… Fue tras el Asha’man y enseguida llegaron al anillo de tiendas de las Sabias, en el centro del campamento Aiel, con el área de alrededor seca —tal vez con tejidos— y la tierra compacta. Neald, Edarra y Masuri se encontraban sentados allí. Fager Neald era un joven murandiano con las guías del bigote enroscadas en punta. No llevaba alfileres en el cuello de la chaqueta negra, aunque lo más seguro era que lo ascendieran tan pronto como el grupo regresara. Había crecido en Poder desde que habían emprendido viaje.
Aún estaba pálido como consecuencia de los picotazos recibidos de las serpientes, pero tenía mucho mejor aspecto que unos pocos días atrás. Sonreía con la mirada prendida en el vacío, y olía a euforia.
Un enorme acceso hendía el aire. Perrin gruñó. Parecía conducir de vuelta al lugar en el que habían acampado varias semanas antes, un campo abierto sin detalles dignos de mención.
—¿Funciona? —preguntó Grady mientras se arrodillaba al lado de Neald.
—Es maravilloso, Jur —respondió el joven con suavidad. En la voz no le quedaba ni rastro de la bravuconería que solía mostrar a menudo—. Puedo sentir el Saidar. Es como si ahora me sintiera más completo.
—¿Lo estás encauzando? —se interesó Perrin.
—No. No hace falta. Puedo usarlo.
—¿Usarlo cómo? —quiso saber Grady, anhelante.
—Es… Es difícil de explicar. Los tejidos son Saidin, pero parece que soy capaz de reforzarlos con Saidar. Mientras sea capaz de abrir un acceso propio, por lo visto me es posible incrementar el Poder y el tamaño con lo que me prestan las mujeres. ¡Luz! Es maravilloso. Deberíamos haber hecho esto hace meses.
Perrin miró a las dos mujeres, Masuri y Edarra. Ninguna parecía tan exultante como Neald. Incluso daba la impresión de que Masuri se sentía un poco enferma, y olía a miedo. El efluvio de Edarra era una mezcla de curiosidad y precaución. Grady había mencionado que, para crear un círculo así, era necesario que los hombres tomaran el control sobre las mujeres.
—Entonces, enseguida enviaremos al grupo de exploradores a Cairhien —dijo Perrin al tiempo que toqueteaba el rompecabezas de herrero que llevaba en el bolsillo—. Grady, arregla con los Aiel esta misión y organiza los accesos como te lo pidan.
—Sí, milord. —Grady se frotó la curtida mejilla—. Creo que debería aprender esta técnica en vez de continuar con la ronda. Aunque hay algo de lo que quiero hablar con vos primero. Si tenéis tiempo.
—Como quieras —accedió Perrin, que se apartó del grupo.
A un lado, unas cuantas Sabias se adelantaron y le dijeron a Neald que era su turno de intentar crear el círculo con él. No actuaban en absoluto como si el joven tuviera el mando, y él se apresuró a obedecer. Había andado con mucho ojo entre los Aiel desde que le dijo alguna picardía a una Doncella y acabó jugando al Beso de las Doncellas.
—¿Qué pasa, Grady? —preguntó cuando estuvieron un tanto apartados.
—Bueno, los dos, Neald y yo, estamos bastante bien para abrir accesos, al parecer. Me preguntaba si podría… —Vaciló un momento—. En fin, que si tendría permiso para ir a la Torre Negra una tarde, para ver a mi familia.
«Es cierto. Tiene mujer y un hijo», pensó Perrin. El Asha’man apenas hablaba de ellos. De hecho, casi no hablaba de nada.
—No sé, Grady. —Perrin alzó la vista hacia el cielo oscuro—. Tenemos delante Capas Blancas y aún no está descartado que esos Shaido no den media vuelta e intenten emboscarnos. Soy reacio a no tenerte aquí hasta que nos encontremos en algún sitio seguro.
—No hace falta que sea mucho tiempo, milord —insistió con empeño el Asha’man.
Perrin olvidaba a veces lo joven que era ese hombre; sólo tendría seis o siete años más que él. Grady parecía mucho mayor con la chaqueta negra y la tez curtida por el sol.
—Encontraremos el momento. Pronto —prometió Perrin—. No quiero trastocar nada hasta que tengamos noticias de lo que ha ocurrido desde que nos marchamos.
La información podía ser un instrumento de poder; eso se lo había enseñado Balwer. Grady asintió con la cabeza, apaciguado, aunque no le había prometido nada definitivo. ¡Luz! Hasta los Asha’man empezaban a oler como gente que lo consideraba su señor. Con lo distantes y fríos que habían sido al principio.
—Nunca te has preocupado por esto hasta ahora, Grady. ¿Ha cambiado algo? —preguntó con curiosidad.
—Todo —susurró Grady, y a Perrin le llegó una vaharada de su efluvio. Optimismo—. Cambió hace unas pocas semanas. Pero, por supuesto, vos no lo sabéis. Nadie lo sabe. Fager y yo no estábamos seguros al principio, y no sabíamos si decírselo a alguien por miedo a que sonara ilusorio.
—¿Saber qué?
—Milord, la infección ha desaparecido.
Perrin frunció el entrecejo. ¿Era la locura la que hablaba por él? Pero Grady no olía a demencia.
—Ocurrió aquel día, cuando vimos algo hacia el norte. Milord, sé que parece increíble, pero es verdad.
—Parece el tipo de cosas en las que Rand debe de haber estado metido —comentó Perrin, con lo que los colores arremolinados aparecieron delante de él, pero los desechó—. Si tú lo dices, te creo, Grady. Pero ¿qué tiene eso que ver con la Torre Negra y tu familia? ¿Quieres ir a ver si otros Asha’man están de acuerdo?
—Oh, lo estarán —dijo Grady con convicción—. Es… En fin, milord, soy un hombre sencillo. Sora ha sido siempre la que piensa. Hago lo que se tiene que hacer, y nada más. Bien, unirme a la Torre Negra era algo que tenía que hacer. Sabía lo que iba a pasar cuando me hicieran la prueba. Sabía que estaba en mí. Lo estaba en mi padre, ¿comprendéis? Los que lo tenemos no hablábamos de ello, pero estaba ahí. Las Rojas lo encontraron de joven, justo después de nacer yo.
Cuando me uní al lord Dragón, sabía lo que me pasaría. Unos cuantos años más, y moriría. Así que, ¿por qué no emplearlos luchando? El lord Dragón me dijo que era un soldado, y un soldado no puede abandonar su servicio. Por eso no había pedido regresar hasta ahora. Porque me necesitabais.
—¿Y eso ha cambiado?
—Milord, la infección ha desaparecido. No voy a volverme loco. Eso significa… En fin, siempre tuve una razón para luchar, pero ahora también tengo una razón para vivir.
Al mirar al hombre a los ojos, Perrin lo entendió. ¿Cómo habría sido lo de antes? ¿Saber que al final uno perdería la razón y tendrían que ejecutarlo? Probablemente a manos de amigos, que lo llamarían un acto de misericordia.
Eso era lo que Perrin había percibido en los Asha’man siempre, la razón de que se mantuvieran aparte y de que a menudo se mostraran tan sombríos. Todos los demás luchaban para vivir. Los Asha’man… luchaban para morir.
«Así es como se siente Rand», pensó, de nuevo con los colores arremolinándose para después concretarse en la figura de su amigo. Cabalgaba en un enorme caballo negro a través de una ciudad de calles embarradas; hablaba con Nynaeve, que cabalgaba a su lado.