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—¿Ya?

La mujer de más edad asintió con la cabeza.

—Esa petición todavía me preocupa —comentó luego—. ¿Por qué quieren una pequeña franja de tierra?

—Se lo han ganado —respondió Elayne.

—Quizás. Aunque eso significa que eres la primera reina en cinco generaciones que cede una parte de Andor, por pequeña que sea, a una organización extranjera.

Elayne respiró hondo y, cosa curiosa, se sintió más sosegada. ¡Malditos cambios de humor! ¿No había prometido Melfane que se irían haciendo menos marcados a medida que avanzara el embarazo? Sin embargo, a veces todavía se sentía como si sus emociones botaran de aquí para allá como una pelota en un juego de niños. Elayne recobró la compostura y se sentó.

—No puedo permitir esto. Las casas fuerzan las cosas para aprovechar cualquier oportunidad que les dé más poder.

—Tú harías lo mismo de estar en su lugar, te lo aseguro —contestó Dyelin.

—No si supiera que la Última Batalla se aproxima —barbotó Elayne—. Hemos de hacer algo para orientar a los nobles hacia asuntos más importantes. Algo que los aúne dándome respaldo o, al menos, que los convenza de que no voy a permitir que jueguen conmigo.

—¿Y cuentas con medios para lograrlo?

—Sí. Ha llegado el momento de tomar posesión de Cairhien —contestó, mirando hacia el este.

Birgitte se atragantó con el té y Dyelin se limitó a enarcar una ceja.

—Un movimiento audaz —dijo la noble.

—¿Audaz? —repitió Birgitte al tiempo que se limpiaba la mejilla—. Es una puñetera locura. Elayne, apenas tienes control sobre Andor.

—Razón de más para intervenir en este momento. Aún conservamos suficiente empuje para volver a entrar en acción. Además, si vamos por Cairhien ahora, demostraré que mi intención es ser algo más que una reina grávida y pretenciosa.

—Dudo que haya alguien que crea eso de ti —comentó Birgitte—. Y, si lo hay, es que durante la batalla recibió un golpe de más en la cabeza.

—Tiene razón, por ramplona que sea su exposición —se mostró de acuerdo Dyelin.

La noble miró a Birgitte, y Elayne percibió una punzada de desagrado a través del vínculo con su Guardiana. ¡Luz! ¿Qué haría falta para lograr que esas dos se llevaran bien?

—Nadie duda de tu firmeza como reina, Elayne —añadió Dyelin—. Pero eso no impedirá que las otras procuren hacerse con todo el poder que puedan; saben que no es probable que estén en condiciones de conseguirlo más adelante.

—No dispongo de quince años para estabilizar mi soberanía, como hizo mi madre. Mirad, todos sabemos lo que Rand no deja de repetir respecto a que yo ocupe el Trono del Sol. Allí gobierna ahora un administrador nombrado por él, esperando que yo tome posesión, y después de lo que le ocurrió a Colavaere nadie se atreve a desobedecer los edictos de Rand.

—Al ocupar ese trono, te arriesgas a dar la imagen de que has permitido que al’Thor te lo conceda.

—¿Y qué? Tenía que tomar Andor por mí misma, pero no hay nada malo en aceptar su regalo de Cairhien. Fueron sus Aiel los que lo pacificaron. Le estamos haciendo un favor a Cairhien al evitar una Sucesión turbulenta. Mi aspiración al trono es sólida, al menos tanto como la de cualquier otro, y los leales a Rand me apoyarán.

—¿Y no te estarás arriesgando a expandirte en demasía?

—Es posible —admitió Elayne—. Pero creo que merece la pena el riesgo. De una tacada podría convertirme en uno de los monarcas más poderosos desde Artur Hawkwing.

Una discreta llamada a la puerta impidió que se prolongara la discusión. Elayne miró a Dyelin y la expresión pensativa de la mujer la hizo comprender que la noble estaba rumiando lo que les había expuesto. Bien, pues, iría por el Trono del Sol, con su ayuda o sin ella. Dyelin se estaba haciendo cada vez más útil como su consejera —¡gracias a la Luz que la noble no había querido el trono para sí!—, pero una reina no podía permitirse el lujo de caer en la trampa de depender demasiado de una única persona, fuera quien fuese.

Birgitte acudió a la puerta y dejó pasar a maese Norry, el jefe amanuense con aspecto de cigüeña. Vestía de rojo y blanco y en la cara alargada mostraba su habitual expresión taciturna. Al reparar en que el hombre llevaba su portafolio de cuero debajo del brazo, Elayne ahogó un gemido.

—Creía que habíamos acabado por hoy —dijo.

—También lo creía yo, majestad, pero han surgido varios asuntos nuevos. Pensé que quizá os parecerían… hummm… interesantes.

—¿A qué os referís?

—Bueno, majestad, ya sabéis que no… simpatizo mucho con cierto tipo de trabajos. Pero en vista de las recientes incorporaciones a mi personal, me pareció lógica la idea de ampliar mis funciones.

—Habláis de Hark, ¿no es así? —intervino Birgitte—. ¿Cómo está ese despreciable saco de mierda?

Norry se volvió a mirarla.

—Está… eh… mugriento, diría yo.

De nuevo volvió la vista hacia Elayne.

—Pero es bastante competente, una vez que alguien le da las motivaciones adecuadas. Por favor, perdonad si me he tomado ciertas libertades, pero tras las recientes confrontaciones, así como el alojamiento de las invitadas en vuestras mazmorras como consecuencia de ellas, me pareció una medida prudente.

—¿De qué estáis hablando, maese Norry? —preguntó Elayne.

—De la señora Basaheen, majestad. La primera orden que di a nuestro buen maese Hark fue vigilar el lugar de residencia de la Aes Sedai, cierta posada conocida como El Recibidor.

Asaltada por un repentino interés, Elayne se sentó erguida. Duhara Basaheen había intentado de forma repetida conseguir audiencia con ella mediante intimidaciones a varios miembros del servicio de palacio. Sin embargo, todos sabían ahora que no debían admitirla. Ni que fuera Aes Sedai ni que no, actuaba como representante de Elaida, y Elayne estaba decidida a no tener nada que ver con ella.

—Hicisteis que la vigilaran —dedujo, anhelante—. Por favor, decidme si habéis descubierto algo que pueda usar en contra de esa mujer insufrible para quitármela de encima.

—¿Queréis decir que no soy merecedor de vuestra condena? —preguntó maese Norry con precaución, tan inmóvil, seco e imperturbable como siempre. Todavía era inexperto en lo tocante al espionaje.

—Luz, claro que no. Debería haber dado la orden yo misma. Me habéis ayudado al remediar ese descuido, maese Norry. Si lo que habéis descubierto son noticias buenas, incluso es probable que quisiera besaros.

Eso sí que tuvo eco en el jefe amanuense; los ojos del hombre se desorbitaron, aterrados. La reacción de Norry bastó para que Elayne prorrumpiera en carcajadas, coreada por Birgitte, si bien a Dyelin no pareció hacerle gracia. En fin, por lo que a Elayne concernía, la noble podía irse a chuparle la pezuña a una cabra.

—Eh… Bien, eso no será necesario, majestad —empezó Norry—. Había pensado que, si había Amigas Siniestras fingiendo ser Aes Sedai en la ciudad… —El, como los demás, había aprendido a no referirse a Falion y a las otras como Aes Sedai en presencia de Elayne—, a lo mejor nos interesaría tener bien vigiladas a quienes pretenden pertenecer a la Torre Blanca.

Elayne asintió con la cabeza, expectante. ¡Luz, qué forma de andarse por las ramas, este Norry!

—Me temo que voy a decepcionaros, majestad, si lo que esperáis es tener pruebas de que esa mujer es una Amiga Siniestra —aclaró el jefe amanuense al percatarse del entusiasmo de Elayne. —Oh.

—No obstante, hay razones para creer que Duhara Sedai podría haber intervenido en la redacción del documento que, al parecer, tratáis con un miramiento… hummm… desacostumbrado.

Echó una ojeada a las páginas que Elayne había tirado al suelo. Una de ellas tenía marcada con claridad la suela del zapato.

—¿Que Duhara se ha estado reuniendo con Ellorien? —preguntó Elayne, haciendo hincapié en el nombre de la noble.

—Desde luego que sí. Y las visitas se han vuelto más frecuentes. También han dejado un tanto de lado la cautela para mantenerlo en secreto.