—No —negó Nynaeve con el entrecejo fruncido—. ¿Debería?
¿Mentía o decía la verdad? Cadsuane detestaba no poder confiar en lo que decía alguien que se llamaba a sí misma Aes Sedai. Pero Nynaeve al’Meara jamás había sostenido en las manos la Vara Juratoria.
Los ojos de la chica denotaban un desconcierto que no era fingido.
Nynaeve debería ser de fiar, puesto que se enorgullecía de su sinceridad. A menos que fuera una tapadera. A menos que fuera Negra.
«Cuidado —se dijo Cadsuane—. Acabarás siendo tan desconfiada como el muchacho».
Por tanto, Nynaeve no le había entregado la nota a Alanna, hecho que eliminaba su última teoría sobre el origen de la misiva.
—¿Qué ocurre, pues, Cadsuane Sedai? —preguntó Nynaeve.
Faltó poco para que Cadsuane la reprendiera por el tono de voz. Pero, al menos, la chica había utilizado el título honorífico. A decir verdad, se sentía tan frustrada como Nynaeve. En ocasiones, tener ese tipo de emociones estaba justificado. Afrontar el fin del mundo con el Dragón Renacido completamente fuera de control era una de ellas.
—No estoy segura —respondió Cadsuane—. El sobre se abrió con prisas, porque el papel está roto. Luego se tiró al suelo y no hay rastro de la nota, ni de la ropa ni de sus objetos personales.
—Pero ¿por qué es importante? —volvió a preguntar Nynaeve.
A su espalda, Min entró en la habitación y dos Doncellas tomaron posiciones junto a la puerta. ¿Acaso Min conocería ya la razón por la que la seguían las Aiel?
—Porque es una manera de llegar hasta él, Nynaeve —dijo Min.
—No ha sido de más utilidad que tú, Min —resopló la antigua Zahorí.
—No sé cuán persuasiva puedes ser, Nynaeve, pero la Sombra tiene medios para hacer que la gente sea más locuaz —la atajó Cadsuane con sequedad.
Nynaeve enrojeció de rabia y empezó a refunfuñar. Alanna podía indicar el camino hacia el Dragón Renacido. Si los seguidores del Oscuro se la habían llevado, no habría un solo lugar donde Rand pudiera esconderse. Sus trampas ya habían resultado bastante mortíferas, cuando habían tenido que atraerlo con señuelos para que cayera en ellas.
—Hemos sido unas necias —dijo Nynaeve—. Debió haber tenido una guardia de cien Doncellas con ella.
—Los Renegados han sabido dónde encontrarlo con anterioridad y él ha sobrevivido —replicó Cadsuane, a pesar de que en su fuero interno estaba de acuerdo con el comentario. Tendría que haber hecho que la vigilaran mejor—. Esto es sólo una cosa más que hemos de tener en cuenta. —Suspiró—. ¿Alguien puede traer té?
Bera se dirigió a buscarlo a pesar de que Cadsuane no se había tomado el trabajo de ejercer influencia en ella. Al parecer, la reputación servía para algo.
Bera regresó poco después. Cadsuane, que había salido al vestíbulo, aceptó la taza y se preparó para soportar el gusto amargo que tendría el té.
En parte lo había pedido porque necesitaba pensar, y una mujer con las manos vacías solía dar una imagen de nerviosismo.
Se llevó la taza a los labios. ¿Qué hacer a continuación? ¿Preguntar a los Defensores de la puerta de la Ciudadela? Anoche, después de mucho insistirle, Alanna confirmó que al’Thor seguía en el mismo lugar. Al norte, quizá en Andor. Desde hacía tres días. ¿En qué estaba metido ese estúpido chico…?
Cadsuane se quedó petrificada. El té sabía bien.
De hecho, sabía de maravilla: endulzado con miel a la perfección, un punto de amargor y un aroma relajante. Hacía semanas, quizá meses, que no tomaba un té que no se hubiera echado a perder.
Min sofocó un grito y giró con rapidez hacía el cuadrante norte de la ciudad. Las Doncellas que estaban en la puerta salieron disparadas por el pasillo. Se confirmaban las sospechas de Cadsuane: vigilar tan de cerca a Min no tenía tanto que ver con su seguridad como con el propósito de observar alguna señal de…
—Ha vuelto —dijo Min con suavidad.
13
Para lo que ha sido forjado
Min salió como un rayo por la puerta del Muro del Dragón, en el lado este de la Ciudadela, y corrió a través del patio. Tras ella se desbordó lo que, por la afluencia, parecía un clan Aiel al completo; la pasaron rodeándola como una manada de ciervos que se divide para esquivar un roble. Zigzagueando entre sobresaltados Defensores y caballerizos, se dirigieron hacia la muralla con movimientos gráciles y veloces.
Era exasperante la facilidad con que la dejaron atrás; unos cuantos años ante ella se había enorgullecido de ser capaz de ganar a cualquier chico de los que conocía en una carrera limpia. Ahora… En fin, quizás era por pasar muchos meses metida entre libros.
Aun así, dejó atrás a las Aes Sedai, frenadas por la necesidad de comportarse con corrección. Hacía mucho tiempo que Min había dejado a un lado todo sentido del decoro por lo que se refería a su altísimo pastor. En consecuencia, dando gracias por llevar pantalón y botas, corrió hacia la puerta.
Y allí estaba él. Se paró con brusquedad y —a través de una columna abierta de Aiel vestidos con cadin’sor— contempló al hombre que hablaba con dos Defensores de la guardia de la puerta. Él le dirigió una mirada mientras Min se acercaba a donde se había parado para hablar; había percibido que se aproximaba del mismo modo que lo había sentido ella.
Rand había encontrado en alguna parte una especie de capote largo y usado, de color marrón. Tenía mangas como una chaqueta, aunque le caía flojo desde los hombros. Debajo llevaba una camisa y un pantalón negro de buena calidad.
Ahora que lo tenía cerca, la calidez percibida a través del vínculo resultaba apabullante. ¿Es que los demás no lo notaban? La hacía desear alzar el brazo y protegerse los ojos aunque, en realidad, no había nada que ver. La intensa sensación se debía al vínculo. Sólo que… el aire parecía sufrir una distorsión a su alrededor. ¿Sería un efecto ilusorio de la luz del sol? Nuevas visiones surgieron en su mente, como un remolino. Por regla general hacía caso omiso de ésas, pero ahora le fue imposible. Una caverna abierta como una boca bostezando. Rocas manchadas de sangre. Dos hombres muertos en el suelo, rodeados por hordas de trollocs, una pipa de la que salía un zarcillo de humo.
Rand le sostuvo la mirada y —a pesar del vínculo— lo que vio en él la llenó de estupor. Aquellos ojos grises como piedras preciosas eran más profundos; y se percibía alrededor de ellos unas finas arrugas. ¿Las tenía antes? Era demasiado joven para eso.
Sólo que tampoco los ojos parecían jóvenes. Min experimentó un momento de pánico al quedar los suyos prendidos en los de él. ¿Era éste el mismo hombre? ¿Le habían quitado al Rand que amaba, reemplazado por una arcaica fuerza concretada en un hombre al que jamás podría conocer ni entender? ¿Lo habría perdido a la postre?
Entonces, él sonrió y, a pesar de la profundidad adquirida, los ojos fueron de nuevo los suyos. Esa sonrisa era algo que Min había esperado volver a ver durante muchísimo tiempo. Ahora era mucho más segura que la que le había mostrado en aquellos primeros tiempos, al principio de estar juntos; aun así, seguía denotando vulnerabilidad. Le permitía percibir una parte de él que a los demás nunca les sería dado ver.
Esa parte era la juventud todavía inocente de algún modo. Corrió hacia él y lo abrazó.
—¡Atolondrado cabeza de chorlito! ¡Tres días! ¿Qué has estado haciendo durante tres días?
—Existir, Min —respondió Rand al tiempo que la rodeaba con los brazos.
—Ignoraba que hacer eso fuera tan difícil.
—Para mí lo ha sido a veces.
Se quedó callado y ella gozó de la alegría de tenerlo abrazado. Sí, éste era el mismo hombre. Cambiado —para bien— pero sin dejar de ser Rand. Se apretó contra él. Le daba igual que cada vez hubiera más gente a su alrededor. Que miraran. Por fin exhaló un profundo suspiro y, de mala gana, se apartó de él.