—Dudo que las hermanas estén de acuerdo con eso —dijo, midiendo las palabras—. Pero lo que sí podría funcionar sería enviaros a mujeres jóvenes, de las que aún están instruyéndose, para que estudien con vosotras. En parte, la razón de que mi entrenamiento tuviera tan buenos resultados fue que todavía no estaba adaptada a los métodos de las Aes Sedai.
—¿Y accederían a hacerlo? —preguntó Bair.
—Es posible que sí. Si mandáramos Aceptadas. A las novicias se las consideraría demasiado inexpertas y a las hermanas demasiado eminentes, pero las Aceptadas… Podría ser. Tendría que haber una buena razón que pareciera beneficiar a la Torre Blanca.
—Deberías decirles que vengan y que se espera que obedezcan —arguyó Bair—. ¿No tienes el mayor honor entre ellas? ¿Es que no harían caso de tu consejo siendo sensato?
—¿Acaso el clan siempre hace lo que dice el jefe? —preguntó a su vez Egwene.
—Por supuesto que no —repuso Amys—. Pero los habitantes de las tierras húmedas andan siempre adulando a reyes y señores. Parece que les gusta que alguien les diga siempre qué tienen que hacer. Así se sienten seguros.
—Las Aes Sedai son diferentes.
—Las Aes Sedai siguen dando a entender que todas nosotras deberíamos estar instruyéndonos en la Torre Blanca —dijo Amys. El tono de voz de la Sabia dejaba muy claro lo que pensaba de tal idea—. Pían y chirrían de forma tan ruidosa como un gorrión chillón que es ciego y no distingue si es de día o de noche. Tienen que entender que jamás haremos tal cosa.
Diles que nos mandarás mujeres para que estudien nuestros métodos y así podamos entendernos unas a otras. Eso es cierto, y no hace falta que sepan que también esperas que se hagan más fuertes gracias a vivir esa experiencia.
—Sí, eso podría funcionar. —Egwene se sentía complacida; el plan sólo se desviaba una pizca de lo que deseaba lograr con el tiempo.
—Este es un asunto para considerar en tiempos mejores —intervino Bair—. Percibo que hay algo que te preocupa más que esto, Egwene al’Vere.
—Hay algo que es más preocupante: Rand al’Thor. ¿Os ha contado lo que dijo cuando visitó la Torre Blanca?
—Comentó que te había encolerizado —contestó Amys—. Su modo de actuar me parece chocante. Después de tanto hablar de las Aes Sedai que lo encerraron y lo metieron en un arcón, ¿va a visitarte?
—Estaba… cambiado cuando vino aquí.
—Porque había abrazado a la muerte —repitió Bair al tiempo que asentía con la cabeza—. Se ha convertido de verdad en el Car’a’carn.
—Habló con fuerza, pero sus palabras eran las de un demente —arguyó Egwene—. Dijo que va a romper los sellos de la prisión del Oscuro.
Amys y Bair se quedaron petrificadas.
—¿Estás segura de eso? —preguntó la Sabia mayor. —Sí.
—Esta es una noticia perturbadora —musitó Amys—. Hablaremos con él sobre ello. Gracias por informarnos.
—Voy a reunir a todos los que se opongan a que lo haga. —Egwene se relajó. Hasta ese momento no había estado segura de qué dirección tomarían las Sabias—. Quizá Rand atenderá a razones si hay suficientes voces contrarias.
—No tiene por costumbre avenirse a razones —dijo Amys con un suspiro, y se levantó.
Egwene y Bair hicieron otro tanto. Las blusas de las Sabias estuvieron atadas en un visto y no visto.
—Hace mucho tiempo que la Torre Blanca tendría que haber dejado de hacer caso omiso de las Sabias. Y las Sabias, haber dejado de evitar a las Aes Sedai —manifestó Egwene—. Hemos de trabajar juntas, codo con codo, como hermanas.
—Siempre y cuando no se trate de una idea ridícula y enceguecida por el sol respecto a que las Sabias se instruyan en la Torre —dijo Bair, que sonrió para demostrar que bromeaba, aunque sólo consiguió enseñar los dientes un poco.
Egwene sonrió. Quería que las Sabias se entrenaran en la Torre. Había muchos métodos de encauzar que las Aes Sedai realizaban mejor que las Sabias. Por otra parte, las Sabias eran mejores trabajando en equipo y aunque Egwene lo admitiera a regañadientes— también en cuanto a liderazgo.
Los dos grupos podían aprender mucho el uno del otro. Ella encontraría la forma de ligarlos. De algún modo.
Se despidió con afecto de las dos Sabias y las vio desvanecerse del Tel’aran’rhiod. Ojalá que su consejo bastara para hacer cambiar de idea a Rand sobre su demente plan. Pero no lo creía probable.
Respiró y, un instante después, se encontraba en la Antecámara de la Torre, plantada justo encima de la Llama de Tar Valon dibujada en el suelo. Siete espirales de colores se desplegaban a partir de ella y giraban en dirección al perímetro de la sala abovedada.
Nynaeve no se encontraba allí. Egwene apretó los labios hasta reducirlos a una línea. «¡Esa mujer!» Ella era capaz de poner de rodillas a la Torre Blanca, hacer que una integrante acérrima del Ajah Rojo se pusiera de su parte, ganarse el respeto de las Sabias. ¡Pero la Luz la ayudara si necesitaba la lealtad de sus amigos! Rand, Gawyn, Nynaeve… Todos ellos exasperantes a su manera.
Se cruzó de brazos mientras esperaba. A lo mejor, Nynaeve aún acudía a la cita. Si no lo hacía, sería la primera vez que la había decepcionado. Un enorme rosetón dominaba la pared del fondo, situada detrás de la Sede Amyrlin. La Llama que tenía el centro del rosetón resplandecía, como si detrás hubiera luz del sol, pero Egwene sabía que los negros y agitados nubarrones cubrían todo el cielo del Mundo de los Sueños.
Se volvió hacia la ventana y se quedó inmóvil.
Allí, incrustado en el cristal debajo de la Llama de Tar Valon, había un gran segmento en forma del Colmillo del Dragón. Eso no formaba parte de la ventana original. Egwene avanzó unos pasos e inspeccionó el cristal.
Existe una tercera constante aparte del Creador y el Oscuro. Hay un mundo que se halla dentro de todos los demás a un tiempo. O quizá los rodea. Los escritores de la Era de Leyenda lo llamaban Tel’aran’rhiod.
Unas palabras recitadas por la voz meticulosa de Verin. Una remembranza de otro tiempo.
¿Representaría esa ventana uno de aquellos otros mundos en el que el Dragón y la Amyrlin gobernaban Tar Valon codo con codo?
—Un ventanal muy interesante —dijo una voz a su espalda.
Sobresaltada, Egwene giró sobre sí misma. Nynaeve se hallaba allí; llevaba un vestido de un amarillo intenso, ribeteado en verde a través del alto corpiño y a lo largo de la falda. Lucía un punto rojo en el centro de la frente y el cabello lo tenía trenzado en su característica coleta.
Egwene sintió una oleada de alivio. ¡Por fin! Habían pasado meses desde que no veía a Nynaeve. Maldiciendo para sus adentros por dejar que la sorprendiera, serenó el semblante y abrazó la Fuente para tejer
Energía. Unas salvaguardias invertidas servirían para que no la sobresaltaran otra vez. Se suponía que Elayne llegaría un poco más tarde.
—Yo no elegí ese diseño —aclaró a la par que echaba una ojeada al rosetón—. Ésta es una interpretación del Tel’aran’rhiod.
—Pero ¿la ventana es real? inquirió Nynaeve.
—Por desgracia. Es uno de los agujeros que dejaron los seanchan cuando atacaron.
—¿Que han atacado los seanchan? —Sí.
«¡Cosa que sabrías a estas alturas si hubieses respondido a mis llamadas!»
Nynaeve se cruzó de brazos y las dos se miraron a través de la sala, con la Llama de Tar Valon del suelo bajo ellas. Esto habría que llevarlo con muchísimo cuidado; Nynaeve podía mostrarse tan punzante como el peor arbusto espinoso.
—Bueno, sé que estás ocupada y la Luz sabe que yo tengo bastantes cosas pendientes —dijo Nynaeve con un timbre que denotaba su incomodidad de forma manifiesta—. Cuéntame las novedades que crees que he de saber, y me marcharé.
—Nynaeve, no te he hecho venir aquí para darte noticias.
La otra mujer se asió la trenza. Sabía que debería reprenderla por la forma en que la había evitado.