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No tenía la más ligera idea de cómo empezar a trabajar en aquello.

Había tantas púas… ¿Cómo era capaz de pensar siquiera con tal oscuridad presionándole el cerebro? ¿Y qué había creado la blancura? Ya había Curado a Rand en otras ocasiones y no la había visto hasta entonces. Claro que tampoco había visto la oscuridad hasta hacía muy poco tiempo. Lo más probable es que la práctica con el Ahondamiento fuera la razón. Se apartó con renuencia.

—Lo siento, no puedo Curarte —dijo.

—Muchas personas lo han intentado con esas heridas, incluida tú misma. Son incurables, no hay vuelta de hoja. Hoy día apenas pienso en ellas.

—No me refería a las heridas del costado, sino a la locura. Yo…

—¿Puedes Curar la demencia de la infección?

—Creo que lo he conseguido con Naeff.

Rand sonrió de oreja a oreja.

—Nunca dejas de… —empezó a decir—. Nynaeve, ¿te das cuenta de que hasta los más diestros en la Curación durante la Era de Leyenda tenían dificultades a la hora de tratar las enfermedades mentales? Muchos opinaban que era imposible Curar la locura con el Poder Único.

—Curaré a los demás antes de marcharme —dijo ella—. Al menos a Narishma y a Flinn. Es más que probable que todos los Asha’man tengan al menos una pizca de esa infección en el cerebro. Aunque no sé si me será posible ir a la Torre Negra.

«Ni si deseo ir allí», se dijo para sus adentros.

—Gracias. —Rand miró hacia el norte—. Pero no, no deberías ir a la Torre Negra. Tendré que enviar a alguien allí, si bien habrá que llevar ese asunto con sumo cuidado. Les está pasando algo, pero tengo tantas cosas que hacer…

Nynaeve asintió con un gesto y a continuación —sintiéndose como una tonta— le dio un abrazo antes de marcharse deprisa en busca de Narishma y Flinn. Un abrazo. Al Dragón Renacido. Se estaba volviendo tan estúpida como Elayne. Sacudió la cabeza; a lo mejor pasar un tiempo en la Torre Blanca la ayudaría a recobrar el buen juicio.

Las nubes habían vuelto.

Egwene se hallaba en el punto más alto de la Torre Blanca, en el tejado plano y circular, agarrada al antepecho que le llegaba a la cintura. A semejanza de un asqueroso moho progresivo, las nubes se habían cerrado de nuevo sobre Tar Valon cual insectos pululantes. La visita de la luz del sol había sido bienvenida, pero breve.

El té volvía a saber mal. Las reservas de grano que habían descubierto en los almacenes se estaban acabando, y los sacos que llegaron después se habían llenado de gorgojos. «El Dragón forma parte de la tierra, y ésta forma parte de él».

Inhalando para oler el aire nuevo, contempló desde allá arriba Tar Valon. Su Tar Valon.

Saerin, Yukiri y Seaine —tres de las primeras hermanas que habían emprendido la caza del Ajah Negro en la Torre— esperaban con paciencia a su espalda. Ahora se encontraban entre sus más fervientes seguidoras, así como entre las de mayor utilidad para ella. Todo el mundo esperaba que Egwene favoreciera a las mujeres que se habían separado de Elaida, por lo que el hecho de pasar tiempo con Aes Sedai que habían permanecido en la Torre Blanca era conveniente.

—¿Qué habéis descubierto? —les preguntó.

Saerin movió la cabeza y se reunió con Egwene en el antepecho. La cicatriz de la mejilla y las hebras blancas en las sienes hacían que la Marrón de piel olivácea y rostro franco pareciera un general envejecido.

—Parte de la información que pedisteis ya era ambigua hace tres mil años, madre.

—Cualquier dato que puedas darme será de ayuda, hija —respondió Egwene—. Siempre que no estemos supeditadas del todo a los hechos, el conocimiento incompleto es mejor que la ignorancia absoluta.

Saerin resopló con suavidad, pero era evidente que había identificado la cita de Yasicca Cellaech, una antigua erudita Marrón.

—¿Y vosotras dos? —les preguntó a Yukiri y a Seaine.

—Estuvimos buscando —respondió Yukiri—. Seaine tiene una lista de posibilidades. De hecho, algunas son razonables.

Egwene enarcó una ceja. Preguntar a una Blanca acerca de teorías resultaba siempre interesante, pero no siempre era útil. Tenían tendencia a pasar por alto lo verosímil para centrarse en posibilidades poco probables.

—Empecemos con eso, pues —dijo Egwene—. Seaine…

—Bien, comenzaré diciendo que una Renegada sin duda posee conocimientos que ni siquiera imaginamos. Así pues, es posible que no haya forma de averiguar cómo ha conseguido saltarse la vinculación de la Vara Juratoria. Por ejemplo, podría existir un modo de desactivarla durante un corto período de tiempo, o quizás haya unas palabras especiales que se puedan utilizar para soslayar sus efectos. La Vara es un objeto de la Era de Leyenda y, aunque la hemos utilizado durante milenios, en realidad no la entendemos. Más o menos como ocurre con la mayoría de los ter’angreal.

—Bien, de acuerdo —dijo Egwene.

Pero —añadió Seaine mientras sacaba una hoja de papel—, teniendo eso presente, he desarrollado tres teorías de cómo sería posible soslayar los Juramentos. La primera, que es posible que esa mujer posea otra Vara Juratoria. Se dice que antaño existieron más, y es probable que una de ellas pudiera liberarla de los juramentos de la otra. Mesaana podría poseer una de ellas en secreto. Habría prestado los Tres Juramentos sosteniendo nuestra Vara, y después, de algún modo, utilizar la otra para invalidarlos antes de jurar que no era una Amiga Siniestra.

—Poco convincente —manifestó Egwene—. ¿Cómo habría podido liberarse sin que nos diéramos cuenta? Es preciso encauzar Energía.

—Lo tuve en cuenta —manifestó Seaine.

—No es de extrañar —dijo Yukiri.

Seaine la miró y luego continuó hablando.

—Esa es la razón por la que Mesaana necesitaría una segunda Vara Juratoria. Podría haber encauzado Energía en ella y a continuación habría invertido el tejido, quedando así vinculada a la segunda Vara.

—Parece poco probable —opinó Egwene.

—¿Poco probable? —repitió Saerin—. Lo que parece es ridículo. Creí oírte decir que algunas de esas hipótesis eran razonables, Yukiri.

—Esta es la menos probable de las tres —dijo Seaine—. El segundo método sería más fácil. Mesaana podría haber enviado a una doble que llevara el Espejo de las Nieblas. Alguna infortunada hermana o una novicia, o incluso alguna mujer sin instruir que fuera capaz de encauzar, sometida a una fuerte Compulsión. Esa mujer podría haberse visto forzada a prestar los Juramentos en lugar de Mesaana. Luego, puesto que esa persona no sería una Amiga Siniestra, no tendría ningún problema para afirmar que no lo era.

Pensativa, Egwene asintió con la cabeza.

—Para llevar eso a cabo se tendrían que haber hecho muchísimos preparativos —comentó.

—Por lo que he conseguido averiguar sobre ella, a Mesaana se le daba muy bien planificar las cosas —dijo Saerin.

La tarea de la Asentada Marrón había sido descubrir todo lo posible sobre la verdadera personalidad de Mesaana. Todas habían oído lo que se contaba sobre ella, pues, ¿quién no se sabía de memoria los nombres de los Renegados y sus actos más terribles? Pero Egwene se fiaba poco de los relatos; de ser posible, quería algo más concluyente.

—¿Dijiste que había una tercera posibilidad? —preguntó.

—Sí —respondió Seaine—. Sabemos que algunos tejidos actúan con sonidos. Las variaciones en tejidos vocales se utilizan para realzar una voz de forma que se proyecte hacia una multitud, o para levantar salvaguardias contra las escuchas a escondidas; y, por supuesto, en diversos trucos utilizados para escuchar lo que se habla a corta distancia. Aplicaciones complejas del Espejo de las Nieblas pueden cambiar la voz de una persona. Con cierta práctica, Doesine y yo fuimos capaces de crear una variación en un tejido que alteraría las palabras que dijéramos. De hecho, decíamos una cosa, pero la otra persona oía algo completamente distinto.