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El sonrió. A despecho de sus protestas de antes, empezaba a sentirse menos tenso. Las viandas olían bien y el estómago le retumbó, lo que indujo a Faile a sentarse derecha, tomar un plato y servírselo.

Perrin se lanzó a comer con entusiasmo. Intentó mantener los buenos modales, pero la comida era excelente y el día había sido muy largo. Se encontró atacando el jamón con ferocidad, aunque procuró que no goteara el jugo en la bonita manta.

Faile comía más despacio; en su olor se mezclaba el efluvio a regocijo con el perfume del jabón.

—¿Qué? —inquirió Perrin, que se limpió la boca. Ahora que el sol se había metido del todo, sólo la luz de las velas iluminaba a su esposa.

—Hay mucho de lobo en ti, esposo mío.

Se quedó paralizado al caer en la cuenta de que se estaba chupando los dedos. Gruñó para sus adentros y se limpió con una servilleta. Por mucho que le gustaran los lobos, no los invitaría a cenar con él a una mesa.

—Querrás decir que hay demasiado.

—Eres lo que eres, esposo. Y resulta que amo lo que eres, de modo que eso está bien.

Él siguió comiendo su trozo de jamón. La noche era tranquila; los criados se habían retirado a suficiente distancia para que él no los oliera ni los viera. A buen seguro que Faile había dado órdenes de que no los molestaran, y con los árboles que había al pie de la colina no tendrían que preocuparse de que los vieran.

—Faile —empezó en voz queda—, tienes que saber lo que me pasó mientras estabas cautiva. Hice cosas que temía que me convirtieran en otra persona a la que ya no querrías. No fue sólo el trato con los seanchan. Había gente en una ciudad, So Habor, en la que no puedo dejar de pensar. Gente a la que tal vez habría podido ayudar. Y había un Shaido, con la mano…

—Todo eso lo sé. Creo que hiciste lo que era necesario.

—Habría llegado mucho más lejos —admitió—. Aunque no dejé de odiarme en todo momento. Decías que un señor ha de ser lo bastante fuerte para resistir que alguien lo manipule. Bien, pues, jamás seré tan fuerte. No si te han llevado lejos de mí.

—En ese caso, tendremos que asegurarnos de que nadie me capture.

—Eso podría acabar conmigo, Faile —musitó—. Me siento capaz de hacer frente a cualquier otra cosa, pero si te utilizan contra mí, no habrá nada que me importe más que tú. Haría cualquier cosa por protegerte, Faile. Cualquier cosa.

—Entonces, quizá deberías envolverme en gasas —repuso con sequedad ella—. Y meterme en una habitación cerrada a cal y canto.

Lo extraño es que el olor no era de estar ofendida.

—Eso jamás lo haría y tú lo sabes. Pero significa que tengo un punto débil, uno terrible. Uno que un líder no puede permitirse tener.

Faile resopló con sorna.

—¿Es que crees que otros cabecillas no tienen debilidades, Perrin? Todos los monarcas de Saldaea han tenido la suya propia. Nikiol Dianatkhah era un borracho, a pesar de que lo tenemos por uno de nuestros reyes más grandes. Y Belairah encarceló a su esposo cuatro veces. El corazón siempre la metía en problemas. Jonasim tenía un hijo que era un jugador y que casi llevó a la ruina a su casa. Y Lyonford era incapaz de controlar el genio si lo desafiaban. Sin embargo, todos y cada uno de ellos fueron grandes monarcas. Y todos tenían su punto débil.

Perrin siguió comiendo, pensativo.

—En las Tierras Fronterizas tenemos un dicho: «En una espada bruñida se refleja la verdad». Un hombre puede afirmar que cumple con diligencia sus obligaciones; pero, si su espada no está brillante, cualquiera se da cuenta de que ha estado haraganeando.

Bien, pues, tu espada reluce, esposo mío. Estas últimas semanas no has dejado de repetir que fuiste un mal líder durante mi cautividad. ¡Es como si quisieras hacerme creer que habías conducido al desastre a todo el campamento! Pero eso no es verdad en absoluto. Mantuviste a la gente centrada; la motivaste merced a mantener una actitud firme, comportándote como un señor.

—Berelain tiene algo que ver en eso —dijo Perrin—. Casi he pensado que esa mujer me habría dado un baño si hubiera estado un día más sin asearme.

—Seguro que hacer tal cosa no habría servido de ayuda para disipar los rumores —fue el seco comentario de su mujer.

—Faile, yo…

—Yo me ocuparé de Berelain. —En la voz de Faile se percibía un timbre peligroso—. Ésa es una de las tareas en las que tú no tienes por qué perder el tiempo.

—Pero…

—Yo me encargaré de ella —repitió con más firmeza.

A menos que quisiera empezar una larga discusión, no era prudente desafiarla cuando olía así. Ella se calmó y comió otro poco de cebada.

—Cuando dije que eras como un lobo, esposo, no me refería a la forma de comer. Hablaba del modo en que centras tu atención. Tienes tesón. Y empuje. Si se te presenta un problema que has de resolver, no pararás hasta resolverlo, por grande que sea.

¿Te das cuenta? Esos son atributos maravillosos en un líder. Es exactamente lo que necesita Dos Ríos. Dando por hecho, claro, que tengas una esposa que se ocupe de los asuntos más triviales. —Frunció el entrecejo

—Ojalá hubieses hablado conmigo antes de mandar quemar la bandera. Ahora no será fácil izarla de nuevo sin que parezca una estupidez.

Es que no quiero que vuelva a izarse. Por eso ordené quemarla.

—Pero ¿por qué?

Dio otro bocado al jamón evitando mirarla de forma intencionada. Faile olía a curiosidad, una curiosidad casi desesperada.

«No puedo dirigirlos —pensó—. No hasta que no me sepa capaz de dominar al lobo». ¿Cómo explicárselo? ¿Cómo exponer que le daba miedo la forma en que el lobo tomaba el control cuando luchaba, cuando deseaba muchísimo algo?

No se libraría de los lobos; ya formaban parte de él, una parte muy importante. Pero ¿en qué posición dejaría a su gente, a Faile, si se perdía en la otra naturaleza que convivía con el hombre que era?

Recordó de nuevo a una criatura que en otros tiempos había sido un hombre, un ser sucio encerrado en una jaula. No hay nada aquí que recuerde haber sido Noam, nada que recuerde a un ser humano.

—Esposo. —Faile le puso la mano en el brazo—. Por favor.

Olía a dolor, y eso le estrujó el corazón.

—Tiene que ver con esos Capas Blancas —le dijo.

—¿Qué? Perrin, creí haberte dicho que…

—Tiene que ver con lo que me ocurrió la primera vez que topé con ellos. Y con lo que había empezado a descubrir los días previos a ese encuentro.

Faile frunció el entrecejo.

—Ya te he contado que maté a dos Capas Blancas antes de conocerte. —Sí.

—Ponte cómoda. Quiero contártelo todo, la historia completa.

Y así lo hizo. Al principio, titubeante, pero enseguida las palabras le salieron con más facilidad. Habló de Shadar Logoth y de cómo se desperdigó el grupo. De Egwene, que dejó que él se pusiera al mando; quizás ésa había sido la primera vez en que se había visto obligado a hacerlo.

Ya le había hablado de su encuentro con Elyas. Faile sabía muchas cosas sobre él, cosas que no había contado a nadie más, cosas que ni siquiera había comentado con Elyas. Ella sabía lo del lobo. Sabía que le daba miedo perderse en él.

Pero lo que no sabía era lo que él sentía en la batalla. No sabía lo que había experimentado al matar a aquellos Capas Blancas, al saborear su sangre, ya fuera en su propia boca o a través de su vínculo con los lobos. No sabía lo que había sido para él que lo consumieran la ira, el miedo y la desesperación cuando se la llevaron. Ésas eran las cosas que le contó a trompicones.