—No necesitaban mi permiso para marcharse —respondió, con un respingo. Si las mujeres oían a alguien exponerlo de ese modo, le teñirían el pellejo y harían con él cuero para sillas de montar—. Sin embargo, voy a proporcionarles caballos.
—Ya los tienen —respondió Juilin, que miró hacia las hileras de caballos estacados—. Dijeron que les diste permiso.
Mat suspiró. El estómago le protestó de hambre, pero el desayuno tendría que esperar. Se dirigió hacia las hileras de caballos estacados; tendría que asegurarse de que las Aes Sedai no se llevaran sus mejores monturas.
—Estaba pensando en ir con ellas y llevar a Thera a Tar Valon —comentó Juilin, que echó a caminar a su lado.
—Puedes irte cuando gustes —contestó Mat—. No voy a retenerte aquí.
Juilin era un buen tipo, aunque un poco estirado a veces. En fin, muy estirado. Juilin conseguiría que, en comparación, un Capa Blanca pareciera relajado. No era la clase de hombre con el que a uno le gustaba jugar una partida de dados; se pasaría la noche dirigiendo miradas ceñudas a todos los parroquianos de la taberna y rezongando por los delitos que a buen seguro habían cometido. Pero era de fiar, y una buena ayuda si uno estaba en un aprieto.
—Yo quiero volver a Tear, pero los seanchan estarían demasiado cerca y a Thera le preocupa eso. Tampoco le hace mucha gracia la idea de vivir en Tar Valon, pero no tenemos mucho donde elegir y las Aes Sedai me han prometido que si voy con ellas, me conseguirán trabajo allí.
Así que esto es una despedida, ¿no? —Mat se paró y se volvió hacia el otro hombre.
—De momento —contestó Juilin.
El teariano vaciló, pero luego le tendió la mano y Mat se la estrechó. Acto seguido, el husmeador se marchó para reunirse con su pareja y recoger sus cosas.
Mat se quedó pensativo un momento; luego cambió de opinión y se dirigió hacia la tienda de cocina. Era más que probable que Juilin retrasara la salida de las Aes Sedai, y él quería recoger algo.
Poco después llegó a las hileras de monturas estacadas llevando debajo del brazo un bulto envuelto en tela. Ni que decir tiene que las Aes Sedai habían organizado una caravana desmesuradamente grande con algunos de sus mejores caballos. Por lo visto, Teslyn y Joline habían decidido que también podían apropiarse de algunos animales de carga y algunos soldados para encargarse del trabajo. Mat suspiró y se dirigió hacia el barullo mientras inspeccionaba con detalle los caballos.
Joline estaba montada en Fulgor de luna, una yegua de raza teariana que había pertenecido a uno de los hombres que Mat había perdido durante la lucha para escapar de los seanchan. La más reservada Edesina montaba en Chispa, y echaba ojeadas de vez en cuando a las dos mujeres que estaban de pie a un lado; Bethamin, de tez oscura, y Seta, pálida y de cabello rubio, habían sido sul’dam.
Las seanchan procuraban con todas sus fuerzas mostrar una actitud distante y fría mientras el grupo se reunía. Mat se acercó a ellas despacio.
—Alteza, ¿es cierto? —preguntó Seta—. ¿Vais a permitir a éstas que deambulen en libertad, lejos de vuestra alteza?
—Es mejor librarse de ellas —respondió Mat, que se encogió al oír la elección del título utilizado por la mujer.
¿Es que tenían que ir tirando al aire esos tratamientos, como si fueran peniques de madera? En fin, que aunque las dos seanchan habían cambiado mucho desde que se habían unido al grupo, todavía les sorprendía que Mat no quisiera utilizar a las Aes Sedai como armas.
—¿Queréis iros o queréis quedaros? —les preguntó.
—Nos iremos —contestó con firmeza Bethamin. Por lo visto, estaba decidida a aprender.
—Sí —confirmó Seta—, aunque a veces creo que lo mejor sería dejarnos morir, oponiéndonos a… En fin, lo que somos, lo que simbolizamos, significa que representamos un peligro para el imperio.
—Tuon es una sul’dam —dijo Mat, que asintió con la cabeza.
Las dos mujeres bajaron la vista.
—Id con las Aes Sedai. Os daré caballos para vosotras y así no tendréis que depender de ellas. Aprended a encauzar. Eso será mucho más útil que morir. Quizás algún día vosotras dos podréis convencer a Tuon de la verdad. Ayudadme a encontrar el modo de arreglar esto sin provocar que el imperio se desmorone.
Las dos mujeres lo miraron, de repente con un aire más firme, más seguro.
—Sí, alteza —dijo Bethamin—. Es un buen objetivo para nosotras. Gracias, alteza.
¡Pero si Seta tenía los ojos llorosos! Luz, ¿qué creían que acababa de prometerles? Mat se apartó antes de que se imaginaran más ideas raras. Malditas mujeres. Aun así, no pudo evitar sentir lástima por ellas. Sabedoras de ser capaces de encauzar, les asustaba la idea de que tal vez fueran un peligro para quienes tenían a su alrededor.
«Así es como se sentía Rand. Pobre infeliz», pensó. Como siempre, el remolino de colores apareció al pensar en él. Intentaba no hacerlo a menudo; pero, antes de conseguir que los colores desaparecieran, tuvo un atisbo de Rand afeitándose en un elegante espejo dorado que estaba colgado en un bello cuarto para baños.
Mat impartió algunas órdenes a fin de que les proporcionaran caballos a las sul’dam y después se dirigió hacia las Aes Sedai. Thom había llegado también y se acercó sin prisas.
—Luz, Mat. Tienes el aspecto de alguien que se ha quedado atorado en un brezal y ha salido hecho unos zorros.
Mat se llevó la mano al pelo, que a buen seguro era todo un espectáculo.
—He sobrevivido a la noche y las Aes Sedai se marchan. Casi estoy por ponerme a bailar una giga, ya ves.
—¿Sabías que iba a haber dos más aquí? —dijo Thom con su resoplido.
—¿Las sul’dam? Lo suponía.
—No, me refiero a esos dos —señaló.
Mat se volvió y frunció el entrecejo al ver a Leilwin y Bayle Domon montados a caballo. Sus pertenencias iban empaquetadas sobre la grupa de las monturas. Leilwin —cuando aún se llamaba Egeanin— había sido una noble seanchan, pero Tuon la había despojado del nombre. La mujer vestía un traje de montar, con la falda dividida, en un color gris apagado. El corto y oscuro cabello le había crecido y le tapaba las orejas. Desmontó y se dirigió hacia Mat.
—Así me abrase. Si también me libro de ella, casi estoy por pensar que la vida ha decidido ser justa conmigo —le dijo Mat a Thom.
Domon siguió a la mujer. Era su so’jhin. Aunque, ¿podría seguir siendo so’jhin ahora que ella no tenía título? En fin, fuera como fuese, era su marido. El illiano era fuerte y ancho de contorno. No era un tipo demasiado malo, salvo cuando estaba cerca de Leilwin. Es decir, siempre.
—Cauthon —dijo ella, parándose delante.
—Leilwin. ¿También os marcháis vosotros? —Sí.
Mat sonrió. ¡En serio que iba a ponerse a bailar!
Siempre tuve intención de ir a la Torre Blanca —continuó la mujer— Lo pensé desde el día que salí de Ebou Dar. Si las Aes Sedai se marchan, me iré con ellas. Siempre es conveniente que un barco se una a un convoy si se presenta la ocasión.
—Lamento que te marches —mintió Mat mientras se tocaba el ala del sombrero.
Leilwin era tan dura como un roble centenario plagado de fragmentos de hacha que habían dejado hombres lo bastante necios para intentar derribarlo. Si a su montura se le caía una herradura de camino a Tar Valon, era probable que se echara el animal al hombro y lo llevara cargado el resto del viaje.
Pero Mat no le caía bien, a pesar de todo lo que él había hecho para salvarle el pellejo. A lo mejor era por no haber dejado que ella se pusiera al mando o por verse obligada a actuar como si fuera su amante. Bueno, esa parte tampoco había sido nada agradable para él. Más bien fue como sostener una espada por la hoja y fingir que no pinchaba.
Aunque había sido divertido verla retorcerse de impotencia.
—Que te vaya bien, Matrim Cauthon —dijo Leilwin—. No envidio en lo que te has metido. En cierto modo, parece muy probable que los vientos que te llevan sean aún más tempestuosos que los que me han azotado a mí en las últimas semanas.