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Saltador cayó desde el aire y aterrizó con gracilidad en el suelo.

Estate preparado siempre. Siempre. Pero, sobre todo, cuando te muevas.

Perrin recibió la imagen de un lobo cauteloso que olfateaba el aire antes de salir a una pradera abierta.

—Entiendo.

Pero no vengas con demasiada fuerza, lo reprendió saltador.

De inmediato, Perrin se obligó a recordar a Faile y el lugar donde dormía. Su hogar. Se… desdibujó un poco. No es que la piel se volviera traslúcida ni que el Sueño del Lobo se alterara, pero se sentía más vulnerable.

Bien, lo animó el lobo. Siempre dispuesto, pero nunca aferrándote con más fuerza de la debida. Como si llevaras a un cachorro en las fauces. No va a ser fácil conseguir ese equilibrio —comentó perrin.

Saltador emitió un olor algo desconcertado. Pues claro que no era fácil. ¿Y ahora qué? —preguntó Perrin con una sonrisa.

Corremos. Después, más práctica, proyectó el lobo.

Saltador salió lanzado como un rayo, un proyectil gris y plata en dirección a la calzada. Perrin lo siguió. Percibía decisión en Saltador, un efluvio que le resultaba curiosamente similar al de Tam cuando entrenaba a los refugiados para combatir. Eso lo hizo sonreír de nuevo.

Corrieron calzada adelante, y Perrin practicó el equilibrio de no estar en el sueño con demasiada fuerza y, sin embargo, estar preparado para consolidar su percepción del «yo» en cualquier momento. De vez en cuando, Saltador lo atacaba e intentaba echarlo del Sueño del Lobo. Siguieron igual hasta que Saltador dejó de correr de forma repentina.

Perrin dio unos cuantos pasos más que lo situaron por delante del lobo antes de frenarse. Había algo frente a él. Un muro translúcido de color violeta que cortaba la calzada. Se alzaba hacia el cielo y se extendía a derecha e izquierda.

—¿Qué es esto, Saltador?

Aberración. No debería estar aquí, proyectó el lobo, que emitía un efluvio furioso.

Perrin se adelantó y alzó una mano hacia la superficie, pero vaciló. Parecía cristal. Jamás había visto nada semejante a eso que había en el Sueño del Lobo. ¿Sería algo parecido a las burbujas malignas? Alzó la vista al cielo.

El muro destelló de repente y desapareció. Perrin parpadeó y reculó a trompicones. Miró a Saltador. El lobo se había sentado y observaba con fijeza el lugar donde había estado el muro.

Vamos, Joven Toro. Practicaremos en otro sitio, proyectó por fin el lobo al tiempo que se levantaba.

Se alejó a grandes zancadas. Perrin miró hacia atrás, calzada abajo. Lo que quiera que hubiera sido el muro, no había dejado señales visibles de su existencia.

Preocupado, Perrin fue en pos de Saltador.

—¡Así me abrase! ¿Dónde se han metido esos arqueros? —Rodel Ituralde subió a la cima de la colina—. ¡Quería que se presentaran en lo alto de las torres delanteras para relevar a los ballesteros hace una hora!

Ante él, envuelta en un fragor metálico, la batalla resonaba y gritaba y gruñía y aporreaba y bramaba. Una horda de trollocs había surgido al otro lado del río para cruzarlo por el vado en almadías o con un tosco puente flotante, improvisado con plataformas de troncos. Los trollocs detestaban cruzar cualquier corriente de agua, y les estaba costando mucho tiempo salvar el río.

Esa era la razón de que la fortificación fuera tan útil. La ladera de la colina descendía directamente hasta el único vado de tamaño razonable que había en muchas leguas. Al norte, un hervidero de trollocs cruzaba un paso que salía de la Llaga, y desembocaba justo en el río Arinelle. Cuando por fin se veían obligados a cruzar el río, se enfrentaban a la falda de la colina, que estaba sembrada de fosos defensivos, parapetos y torres para arqueros en lo alto. No había otro modo de llegar a la ciudad de Maradon desde la Llaga, salvo pasando por esa colina.

—Dile al capitán Finsas que su jodida sincronización podría mejorar —gruñó el general.

—Lo siento, milord. Los bajaron rodando por el paso antes de que imagináramos lo que se traían entre manos. El lanzamiento inicial alcanzó nuestro puesto de observación. El propio lord Finsas resultó herido.

Ituralde asintió con la cabeza; Rajabi llegaba para ponerse al mando del campamento de arriba y organizar a los heridos. Al pie de la vertiente, también había caído un montón de cadáveres en el campamento de abajo. Los trabuquetes podían conseguir la altitud y el alcance suficientes para lanzar por encima de la colina y que los proyectiles cayeran sobre sus hombres en lo que hasta ahora había sido una zona resguardada. Tendría que desplazar el campamento de abajo hacia atrás en la llanura, más cerca de Maradon, lo cual alargaría el tiempo de respuesta. ¡Qué puñetas!

«Antes no maldecía tanto», pensó. Era ese chico, el Dragón Renacido. Rand al’Thor le había hecho promesas, algunas de palabra y otras implícitas. Promesas de proteger Arad Doman de los seanchan. Promesas de que tendría posibilidad de vivir, en vez de morir atrapado por los seanchan. Promesas de darle algo que hacer, algo importante, algo vital. Algo imposible.

Contener a la Sombra. Luchar hasta que llegaran refuerzos.

El cielo se oscureció de nuevo e Ituralde se metió en el pabellón de mando, que tenía el techo de madera como precaución contra las máquinas de asedio. Había temido que les lanzaran andanadas de piedras pequeñas, no cadáveres. Los hombres corrían para ayudar a llevar a los heridos a la relativa seguridad del campamento de abajo, y desde allí a la llanura en dirección a Maradon. Rajabi dirigía la operación. El corpulento hombre tenía el cuello tan grueso como un fresno de diez años y los brazos casi igual de anchos. Ahora renqueaba al caminar por la herida sufrida en combate en la pierna izquierda; habían tenido que amputársela por debajo de la rodilla. El Asha’man lo había Curado lo mejor posible, y Rajabi caminaba con la pierna cortada apoyada en una estaca. Se había negado en redondo a retirarse por los accesos junto a los heridos graves, e Ituralde no lo había obligado a marcharse. Uno no se deshacía de un buen oficial porque hubiera sufrido una herida.

Un oficial joven dio un respingo cuando un cadáver hinchado se precipitó sobre la parte superior del pabellón. El oficial —Zhell— no tenía la piel cobriza, aunque llevaba un bigote muy domani y, en la mejilla, un lunar de adorno con forma de flecha.

No estaban en condiciones de resistir allí contra los trollocs mucho más tiempo; no contra el número que se estaba congregando allí abajo. Ituralde tendría que retroceder, palmo a palmo, hacia el interior de Saldaea, en dirección a Arad Doman. Curioso, cómo se desarrollaba todo para que siempre estuviera retrocediendo hacia su tierra natal. Primero, desde el sur, y ahora, desde el nordeste.

Arad Doman acabaría aplastada entre los seanchan y los trollocs. «Más vale que cumplas tu palabra, muchacho».

Por desgracia, no podía replegarse a Maradon. Los saldaeninos le habían dejado muy claro que los consideraban invasores, tanto al Dragón Renacido como a él. Malditos idiotas. Al menos tenía la oportunidad de destruir esas máquinas de asedio.

Otro cadáver cayó sobre el pabellón de mando, pero el techo aguantó. Por el hedor de esos trollocs muertos —y, en algunos casos, un ruido a chapoteo—, no estaban utilizando a los muertos más recientes para esta ofensiva. Convencido de que los oficiales se encargaban de sus cometidos y consciente de que no era momento de interferir, Ituralde enlazó las manos a la espalda y siguió en el mismo sitio. Al verlo, los soldados —tanto los que estaban dentro como los que estaban fuera del pabellón— adoptaron una postura más erguida. Los mejores planes sólo aguantaban hasta que la primera flecha acertaba a dar en el blanco, pero un comandante inquebrantable y resuelto tenía en sus manos poner orden en el caos si sabía mantener la compostura.

Arriba, la tormenta rebullía; nubes plateadas y negras que recordaban una olla renegrida suspendida sobre la lumbre, con algunas pizcas de acero brillante asomando entre la costra de hollín. No era natural. Que sus hombres vieran que a él no lo asustaba, aunque les llovieran encima cadáveres.