Выбрать главу

—No podéis hablar en serio de ese… duelo.

—En lo que se refiere al honor de mi esposo, Berelain, siempre hablo en serio.

Miró a la mujer a los ojos y advirtió en ellos preocupación. Berelain no quería luchar con ella. Y, desde luego, ella tampoco quería luchar con Berelain, y no sólo porque no estuviera segura de si la vencería o no. Aunque siempre había querido vengarse de la Principal por aquella vez en que Berelain, quitándole el cuchillo, la había desarmado.

Presentaré el desafío formalmente esta tarde, ante todo el campamento —añadió con voz tranquila—. Dispondréis de un día para aceptar el reto o para marcharos.

No tomaré parte en ese disparate.

—Ya estáis metida de lleno. —Faile se puso de pie—. Esto es lo que Pusisteis en marcha en el momento en que dejasteis que esos rumores empezaran.

Se dio la vuelta para salir de la tienda. Había realizado un gran esfuerzo para disimular el nerviosismo. ¿Se habría fijado Berelain en que la frente le picaba por el sudor? Se sentía como si hubiese caminado por el filo de una espada. Si lo del desafío llegaba a oídos de Perrin, se pondría furioso. Tendría que confiar en que…

—Lady Faile —dijo Berelain a su espalda. En la voz de la Principal se percibía preocupación—. Sin duda podríamos acordar otro arreglo. No forcéis de este modo la situación.

Con el corazón latiéndole desbocado, Faile se paró y se volvió hacia la otra mujer. La Principal parecía preocupada de verdad. Sí, creía que ella era lo bastante salvaje y sanguinaria para plantear ese duelo.

—Quiero que salgáis de la vida de Perrin, Berelain, y lo conseguiré de un modo u otro —respondió.

—¿Queréis que me vaya? Las tareas que me encomendó el lord Dragón han concluido. Supongo que podría reunir a mis hombres y marcharnos en otra dirección.

No. Faile no quería que se fuera. La desaparición de sus tropas sería un golpe para ellos, teniendo que hacer frente a ese cercano ejército de los Capas Blancas. Y Faile sospechaba que Perrin necesitaría otra vez a la Guardia Alada.

—No es eso lo que quiero. Que os marchéis no serviría de nada para acabar con los rumores, Berelain.

—Más o menos lo mismo que lo que conseguiríais con matarme —replicó la otra mujer con sequedad—. Si luchamos y, por algún azar, os las arregláis para matarme, lo único que habríais logrado sería que la gente dijera que al descubrir la infidelidad de vuestro esposo os habíais puesto furiosa. No entiendo en qué ayudaría eso a mejorar vuestra posición. Por el contrario, daría más pábulo a los rumores.

—Entonces, entenderéis en qué dilema me encuentro —dijo Faile, que dejó que se notara su exasperación—. No parece que haya forma de librarse de esos rumores.

Berelain se quedó mirándola de nuevo. Esa mujer había asegurado una vez que tendría a Perrin. Sólo le había faltado jurarlo. Al parecer, ahora había renunciado a eso. En parte. Y en sus ojos se apreciaban atisbos de preocupación.

«Ahora se da cuenta de que ha permitido que esto llegue demasiado lejos», comprendió Faile. Pues claro. Berelain no había esperado que ella volviera de Malden. Por eso había decidido hacer un movimiento tan osado.

Ahora era consciente de haberse extralimitado. Y, con toda la razón, pensaba que Faile estaba lo bastante trastornada para batirse en duelo con ella en público.

—Nunca quise que pasara esto, Berelain —dijo, internándose de nuevo en la tienda—. Y tampoco Perrin. Vuestras atenciones son una molestia para los dos.

—Pues vuestro esposo bien poco hizo por disuadirme —comentó Berelain, cruzada de brazos—. En vuestra ausencia hubo puntos en los que me animó de forma directa.

—Qué poco lo entendéis, Berelain. —Asombroso, lo ciega que podía mostrarse una mujer que era tan inteligente en otras cosas.

—Eso es lo que vos decís.

—Ahora mismo sólo tenéis dos opciones, Berelain. —Se acercó a ella—. Podéis optar por luchar conmigo, y una de las dos morirá. Tenéis razón en que eso no pondría fin a los rumores, pero sí acabaría con vuestras posibilidades respecto a Perrin porque, o moriríais, o seríais la mujer que mató a su esposa.

«La otra opción —continuó, mirándola a los ojos— es encontrar el modo de poner fin a los rumores de una vez por todas. Vos sois la causante de este lío. Vos tendréis que solucionarlo».

Y ésa era su apuesta. A ella no se le ocurría ninguna forma de salir de aquella situación, pero Berelain era mucho más experta en esas lides que ella. Por eso se había presentado allí, dispuesta a manipular a la Principal para que creyera que estaba dispuesta a hacer algo irracional. Y después dejar que la agudeza política de la mujer resolviera la situación.

¿Funcionaría?

Buscó los ojos de Berelain y se permitió mostrar su cólera, su indignación por el agravio sufrido. Había sido maltratada, humillada y expuesta a morir congelada por su común enemigo. Y, mientras ocurría todo eso, ¿Berelain había tenido el cinismo de hacer algo así?

Sostuvo con firmeza la mirada de la Principal. No, ella no tendría tanta experiencia política como Berelain, pero sí tenía algo que le faltaba a la otra mujer: amaba a Perrin. Verdadera, profundamente. Haría cualquier cosa por evitar que le hicieran daño. La Principal la observó con detenimiento.

—De acuerdo —accedió después—. Que así sea. Podéis sentiros orgullosa, Faile. Es… poco habitual que renuncie a un trofeo que he deseado conseguir durante tanto tiempo.

—No habéis dicho cómo nos libraremos de los rumores.

—Puede que haya un método, pero será enojoso.

Faile enarcó una ceja.

Tendremos que actuar como si fuésemos amigas cuando estemos delante de la gente —le explicó la Principal—. Pelearnos, estar enemistadas, sólo servirá para dar más fundamento a los rumores. Pero si nos ven charlar y pasar tiempo juntas, las habladurías cesarán. Además, manifestaré públicamente mi repulsa a los rumores. Lo más probable es que con eso sea suficiente.

Faile se sentó en la silla que había usado antes. ¿Amigas? Detestaba a esa mujer.

—Tendrá que ser una actuación convincente —advirtió Berelain, que se levantó y fue hacia la mesita auxiliar, donde había una bandeja, y se sirvió un poco de vino frío—. Sólo funcionaría así.

—También buscaréis otro hombre, alguien a quien dedicar vuestras atenciones, al menos durante un tiempo —planteó Faile—. Para demostrar que no estáis interesada en Perrin.

—Sí. —Berelain alzó la copa—. Sospecho que eso también ayudaría. ¿Seréis capaz de poner en escena esa pantomima, Faile ni Bashere t Aybara?

«Creías de verdad que estaba dispuesta a matarte por este embrollo, ¿verdad?», pensó Faile.

—Lo prometo —dijo en voz alta.

Berelain hizo una pausa, con la copa a medio camino de los labios. Entonces sonrió y bebió.

—Veremos, pues, qué resulta de todo esto —dijo, mientras bajaba la copa.

19

Una charla sobre dragones

Mat se puso una recia chaqueta marrón. Los botones eran de latón, pero aparte de eso no llevaba ningún adorno. Hecha con paño grueso, tenía unos cuantos agujeros de flechas que, a decir verdad, lo normal sería que lo hubieran matado. En uno de los rotos había sangre alrededor, pero había salido casi toda con el lavado. Era una chaqueta bonita. Cuando vivía en Dos Ríos habría pagado sus buenas monedas por una prenda como ésa.

Se frotó la cara y se miró en el espejo que había en la tienda nueva. Por fin se había afeitado la maldita barba. ¿Cómo puñetas se las arreglaría Perrin para aguantar el picor? Debía de tener la cara tan áspera como la piel seca de ese tiburón que llamaban lija. En fin, él encontraría otra forma de disfrazarse cuando fuera necesario.

Se había hecho unos cortes pequeños mientras se afeitaba, pero eso no quería decir que hubiera olvidado cómo cuidar de sí mismo. No necesitaba un criado que hiciera cosas de las que él podía encargarse. Asintiendo para sus adentros, se caló el sombrero y recogió la ashandarei del rincón de la tienda donde la había dejado; los cuervos grabados en la cuchilla parecían posados en una percha, excitados ante la perspectiva de batallas venideras.