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A un lado, Thom sonreía.

—¿Por qué estás tan contento? —le espetó Mat.

—Por nada. Tu madre se sentiría orgullosa de ti, Elayne.

—Gracias, Thom. —Elayne le regaló una sonrisa.

—¿De parte de quién estás? —preguntó Mat.

—De todos.

—Eso es no estar de parte de nadie, puñetas. —Mat se volvió hacia Elayne—. He puesto mucho empeño, mucho trabajo y mucho razonamiento para lograr estos planos de Aludra. No tengo nada contra Andor, pero no me fío de nadie que tenga estas armas, salvo si soy yo.

—¿Y si la Compañía fuera parte de Andor? —preguntó Elayne. De pronto se comportaba en verdad como una reina.

—La Compañía no tiene obligaciones con nadie.

—Eso es admirable, Mat, pero os convierte en mercenarios. Creo que la Compañía merece algo más, algo mejor. Con respaldo oficial, tendríais autoridad y acceso a recursos. Podríamos daros una comisión en Andor, con vuestra propia estructura de mando.

A decir verdad, resultaba tentador. Sólo un poco. Pero eso no importaba. No creía que a Elayne le entusiasmara tenerlo en su reino una vez que se enterara de su relación con los seanchan. Su intención era reunirse con Tuon andando el tiempo, de algún modo. Aunque sólo fuera para descubrir lo que de verdad sentía por él.

No estaba dispuesto a dar a los seanchan acceso a estos dragones, pero tampoco le apetecía dárselo a Andor. Por desgracia, tenía que admitir que no había posibilidad de conseguir que Andor los construyera sin darle también armas al reino.

No quiero una comisión para la Compañía —dijo—. Somos hombres libres y queremos seguir siéndolo.

Elayne parecía preocupada.

—Sin embargo —añadió Mat—, estoy dispuesto a repartir los dragones contigo. Parte para nosotros, parte para ti.

—¿Y si construyo los dragones y soy dueña de todos, pero prometo que sólo la Compañía podría usarlos? Ninguna otra fuerza militar tendría acceso a ellos.

—Sería muy amable por tu parte, aunque sospechoso —contestó Mat—. Sin ánimo de ofender.

—Para mí sería mejor que las casas nobles no tuvieran esas armas, al menos al principio. Al final acabará teniéndolas todo el mundo. Eso siempre ocurre con las armas. Yo las construyo y prometo dárselas a la Compañía. No tendréis encomienda, sólo un contrato por el que os doy empleo a largo plazo. Podéis marcharos cuando queráis. Pero en ese caso, dejaréis los dragones.

—Es como si me ciñeras al cuello una cadena, Elayne —dijo, fruncido el entrecejo.

—Sólo sugiero soluciones razonables.

—El día en que te vuelvas razonable, me comeré mi sombrero. Sin ánimo de ofender —dijo por segunda vez.

Elayne lo miró enarcando una ceja. Sí, se había convertido en toda una reina. Como quien no quiere la cosa.

—Si nos marchamos, quiero tener derecho a quedarme unos cuantos dragones —apuntó Mat—. Una cuarta parte para nosotros y tres cuartas partes para ti. Pero nos atendremos a tu contrato y, mientras nos tengas como empleados de la corona, sólo nosotros los usaremos. Como dijiste.

Ella frunció más el entrecejo. Diantres, con qué rapidez había captado el poder que tenían los dragones. No podía dejar que ahora dudara. Era necesario que la producción de los dragones empezara de inmediato. Y no estaba dispuesto a dejar pasar de largo la oportunidad que se le presentaba a la Compañía de tenerlos.

Suspirando para sus adentros, Mat alzó la mano y desató el cordón que llevaba atado en la nuca; a continuación sacó el medallón de cabeza de zorro de debajo de la camisa. En el instante en que lo apartó de sí, se sintió más desnudo que si se hubiera quedado en cueros. Lo puso encima de la mesa.

Elayne lo miró, y a él no le pasó inadvertido el destello de deseo que asomó a los ojos de la mujer.

—¿Para qué es esto?

—Digamos que es un… incentivo. —Mat se echó hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas—. Lo tendrás durante un día si aceptas empezar la producción del dragón prototipo esta tarde. Me da igual lo que hagas con el medallón, ya sea estudiarlo, escribir un jodido libro sobre él o llevarlo puesto. Pero me lo devuelves mañana. Empeña en ello tu palabra.

Birgitte soltó un quedo silbido. Elayne había querido echar mano a ese medallón desde el instante en que había descubierto que él lo tenía. Claro que todas las puñeteras Aes Sedai que Mat conocía también deseaban lo mismo.

—El contrato de empleo entre la corona y la Compañía tendrá una duración mínima de un año. Renovable —dijo Elayne—. Recibiréis la misma paga que recibisteis en Murandy.

¿Cómo se habría enterado de eso?

—Podrás rescindirlo siempre y cuando lo notifiques con un mes de anticipación —continuó Elayne—, pero yo me quedo con cuatro dragones de cada cinco. Y cualquier hombre que desee unirse al ejército andoreño será libre de hacerlo.

—Quiero uno de cada cuatro —fue la contraoferta de Mat—. Y un nuevo sirviente.

—¿Un qué? —se extrañó Elayne.

—Un criado personal. Ayuda de cámara, creo que se dice. Ya sabes, para que se ocupe de mi ropa. Tú sabrás mucho mejor que yo a quién elegir.

Elayne le miró la chaqueta y después alzó la vista hacia el pelo.

—Esa petición la atenderé, indiferentemente de cómo vayan las otras negociaciones —dijo después.

—¿Uno de cada cuatro? —insistió Mat.

—Tendré el medallón durante tres días.

Un estremecimiento lo sacudió. Tres días, con el gholam en la ciudad. Tal vez tendría que devolvérselo a un muerto. Ya era un riesgo dejárselo durante un día. Sin embargo, no se le ocurría qué otra cosa ofrecerle.

—¿Y qué esperas hacer con él? —le preguntó.

—Copiarlo, si tengo suerte —contestó Elayne, abstraída.

—¿En serio?

—No lo sabré hasta que no lo estudie.

A Mat se le vino de repente a la cabeza la imagen espeluznante de todas las Aes Sedai del mundo llevando uno de esos medallones. Intercambió una mirada con Thom, que parecía tan sorprendido como él.

Pero ¿qué más daba eso? El no encauzaba. Antes tenía miedo de que, si Elayne estudiaba el medallón, podría encontrar la forma de tocarlo con el poder Único aunque lo llevara puesto. Pero si sólo quería copiarlo, pues… Sintió un gran alivio. Y se sintió muy intrigado.

Hay algo que también quería mencionarte, Elayne —dijo—. El gholam está aquí, en la ciudad. Y está matando gente.

Elayne se mantuvo serena, pero él se dio cuenta de que la noticia la preocupaba a pesar de adoptar una actitud más formal cuando habló:

En tal caso, me aseguraré de devolverte el medallón en el plazo convenido.

Mat no pudo menos de torcer el gesto.

—De acuerdo, tres días —accedió después.

—Muy bien. Quiero que el contrato con la Compañía entre en vigor de inmediato. Viajaré a Cairhien pronto y tengo la sensación de que allí será una fuerza de apoyo mejor que la Guardia Real.

¡De modo que de eso se trataba! El Trono del Sol era el siguiente objetivo de Elayne. Bien, pues, ése parecía un buen modo de utilizar a sus hombres, al menos hasta que él los necesitara. Mucho mejor que dejarlos sentados, haraganeando y buscando pelea con los mercenarios.

—Estoy de acuerdo en eso —dijo—. Pero, Elayne, la Compañía tiene que estar libre, sin compromisos, para combatir en la Última Batalla del modo que Rand quiera. Y Aludra tiene que supervisar la fabricación de los dragones. Me huelo que va a insistir en quedarse contigo si la Compañía se marcha de Andor.

—No tengo nada que objetar en cuanto a eso —respondió Elayne, sonriente.

—Ya me parecía a mí. No obstante, y sólo para que quede claro, la Compañía tiene control sobre los dragones hasta que nos marchemos. No puedes vender la tecnología a otros.

—Alguien acabará copiándolos, Mat.

—Esas copias no serán tan buenas como los originales de Aludra, eso te lo prometo —afirmó.

Elayne lo observó de hito en hito, evaluándolo con aquellos ojos azules, analizándolo.