Era algún tipo de isla. El aire estaba cargado de humedad y soplaba una suave brisa. Había personas que se movían entre las cabañas y se hablaban unas a otras con afabilidad. Algunas se pararon para mirarla con interés. Nynaeve bajó la vista para mirarse y, por primera vez, fue consciente de estar desnuda. Se sonrojó hasta la raíz del cabello. ¿Quién le había quitado la ropa? ¡Cuando encontrara al responsable, lo azotaría tan fuerte que no podría sentarse durante semanas!
Cerca, en un tendedero, había colgado un vestido. Se obligó a mantener una calma absoluta mientras echaba a andar y descolgaba la prenda de la cuerda. Ya buscaría a su propietaria y se lo pagaría. No podía andar por ahí en cueros; se metió el vestido por la cabeza.
De repente el suelo se sacudió. Las tranquilas olas se hicieron más ruidosas y rompieron con fuerza en la playa. Nynaeve dio un respingo y se agarró al palo del tendedero para no perder el equilibrio. Allá arriba, la montaña se puso a arrojar humo y cenizas.
Nynaeve se aferró al palo y vio que la cercana cornisa rocosa empezaba a resquebrajarse y grandes piedras rodaban vertiente abajo. La gente chillaba. ¡Tenía que hacer algo! Al mirar a su alrededor, vio una estrella de seis puntas esculpida en el suelo. Deseó correr hacia ella, pero sabía que debía caminar sin precipitarse.
Conservar la serenidad no era fácil. Mientras caminaba, el corazón le palpitó de terror. ¡Iba a morir aplastada! Llegó al dibujo de la estrella justo en el instante en que una lluvia de grandes rocas se precipitaba sobre unas cabañas, machacándolas, y rodaba hacia ella con estruendo. A despecho del miedo que sentía, realizó el tejido correcto, uno de Aire que creaba un muro. Lo situó delante de ella, y las rocas chocaron contra el aire y rebotaron hacia atrás.
Había personas heridas en el pueblo, de modo que le dio la espalda al símbolo para ir a ayudar. Sin embargo, en ese mismo momento vio la misma estrella de seis puntas realizada con carrizos entretejidos y colgada en la puerta de una choza cercana. Vaciló.
No podía fracasar. Caminó hacia la choza y cruzó el umbral.
Se quedó petrificada. ¿Qué hacía en esa oscura y fría caverna? ¿Y por qué llevaba ese vestido hecho con un tipo de fibras gruesas y ásperas?
Había completado el primero de los cien tejidos. Eso lo sabía, pero nada más. Frunciendo el entrecejo, echó a andar por la caverna. A través de las grietas del techo se colaba la luz del día, y vio que un poco más adelante había un hueco por el que entraba mucha más claridad. La salida.
Salió de la caverna y descubrió que se encontraba en el Yermo. Alzó la mano para resguardarse los ojos del resplandor del sol. No se veía un alma Por los alrededores. Echó a andar; pasó sobre hierbajos resecos que crujían al pisarlos y piedras calientes que le abrasaban las plantas de los pies descalzos.
El calor era agobiante. Al poco tiempo, cada paso que daba era un esfuerzo agotador. Por fortuna, se veían unas ruinas un poco más adelante. Deseó correr hacia ellas, pero debía mantener una absoluta serenidad. Caminó hacia las piedras y los pies pisaron roca sobre la que arrojaba sombra un muro resquebrajado. Estaba tan fresca que soltó un suspiro de alivio.
Había unos ladrillos en el suelo, cerca, colocados de manera que formaban una estrella de seis puntas. Por desgracia, la estrella estaba al pleno sol, y Nynaeve, de mala gana, abandonó la sombra y se dirigió hacia el dibujo.
A lo lejos sonaron tambores, y Nynaeve se dio la vuelta. Unos repulsivos seres de pelaje marrón y armados con hachas que chorreaban sangre empezaron a trepar por una colina cercana. Había algo en el aspecto de los trollocs que no cuadraba con los que había visto antes, aunque no recordaba dónde. Éstos eran diferentes. ¿Tal vez una mutación nueva? El pelaje era más espeso y los ojos casi quedaban escondidos en el recóndito fondo del arco ciliar.
Nynaeve caminó más deprisa, pero no echó a correr. Era importante no perder la calma. Qué estupidez tan grande. ¿Por qué iba a evitar —o a no querer— correr cuando había trollocs cerca? Si moría por no estar dispuesta a apretar el paso, sería culpa suya.
«Guarda la compostura. No camines muy deprisa».
Mantuvo firme el paso, sin apresurarse, y llegó a la estrella de seis puntas mientras los trollocs se aproximaban. Empezó a realizar el tejido que se le pedía, dividir un filamento de Fuego, y acto seguido despidió una rociada enorme de calor que redujo a cenizas a los monstruos más cercanos.
Apretando los dientes para dominar el miedo, realizó la parte restante del tejido requerido, dividiéndolo media docena de veces, y completó el complejo tejido en cuestión de unos instantes.
Lo fijó y luego asintió con la cabeza. Ea, ya estaba. Otros trollocs se acercaban y los calcinó con un gesto displicente de la mano.
La estrella de seis puntas apareció cincelada en el costado de un arco de piedra. Se encaminó hacia allí procurando no echar ojeadas nerviosas hacia atrás. Llegaban más trollocs. Muchos más de los que estaba a su alcance matar.
Llegó al arco y lo traspuso.
Nynaeve concluyó el cuadragésimo séptimo tejido, que produjo el sonido de campanas en el aire. Estaba exhausta. Había tenido que realizarlo mientras se encontraba de pie en lo alto de una torre increíblemente estrecha —tanto que parecía una columna— a cientos de pies del suelo, zarandeada por el viento que amenazaba con arrojarla al vacío.
Un arco apareció abajo, como si flotara en el aire de la oscura noche. Parecía arrancar a partir del costado del pilar, una docena de pasos por debajo de ella, en paralelo al suelo, con el vano orientado hacia el cielo. En él, se hallaba la estrella de seis puntas.
Rechinando los dientes, saltó de la columna y cayó a través del arco.
Aterrizó en un charco. Desnuda. La ropa que llevaba había desaparecido. Rezongando para sus adentros, se puso de pie. Estaba furiosa. No sabía la razón, pero alguien le había hecho… algo.
Se sentía tan cansada… Pero la culpa era de esas personas, quienesquiera que fuesen. Cuanto más lo pensaba, mayor era su convencimiento. No recordaba qué le habían hecho, pero era indiscutible que tenían la culpa. Tenía cortes en los dos brazos. ¿La habían azotado? Los cortes le dolían muchísimo.
Empapada, miró en derredor. Había completado cuarenta y siete de los cien tejidos. Sabía eso, pero nada más. Aparte de que alguien deseaba con todas sus fuerzas que fracasara.
Pues no dejaría que se salieran con la suya. Abandonó el charco, resuelta a conservar la serenidad, y encontró algo de ropa cerca de allí. Tenía un colorido muy chillón: rosa y amarillo fuertes, con una generosa parte de rojo. Le parecía denigrante. De todos modos, se lo puso.
Echó a andar a través de la ciénaga evitando las hoyadas y charcas de agua apestosa hasta que encontró una estrella de seis puntas dibujada en el barro. Empezó el siguiente tejido con el que se crearía una estrella flamígera azul lanzada al aire.
Algo la picó en el cuello. Le dio un manotazo y mató a una mosca negra. En fin, no era de extrañar que hubiera tales bichos en esa ciénaga insalubre. Se alegraría de…
Otro picotazo en el brazo y otro manotazo. Fue como si el propio aire empezara a zumbar con el sonido sordo y continuo de más moscas negras. Nynaeve apretó los dientes y continuó con el tejido. Sintió los pinchazos de más y más picotazos en los brazos. No podía matarlas a todas. ¿Podría librarse de ellas con un tejido? Empezó a tejer Aire para crear brisa a su alrededor, pero la interrumpieron unos gritos.
Sonaban apagados por los zumbidos de las moscas, pero parecía ser un chiquillo atrapado en la ciénaga. Nynaeve dio un paso hacia los gritos y abrió la boca para llamar, pero un tropel de moscas negras se le metió en la boca y se atragantó. Se le fueron a los ojos y tuvo que apretar los párpados con todas sus fuerzas.
Ese zumbido. Los gritos. Los picotazos. ¡Luz, las tenía en la garganta! ¡En los pulmones!