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… Y Nynaeve cayó a través del ter’angreal, jadeante. Se desplomó sola en el frío suelo, desnuda, temblando. Tendida allí, recordó. Todos y cada uno de los momentos horribles de la prueba. Cada traición, cada tejido frustrante. La impotencia, los gritos de los niños, las muertes de gente a la que conocía y amaba. Lloró con la cara pegada al suelo, hecha un ovillo.

El cuerpo entero le ardía de dolor. El hombro, las piernas, los brazos y la espalda todavía le sangraban. Tenía todo el cuerpo cruzado por verdugones y lleno de ampollas, y gran parte de la trenza había desaparecido, abrasada. Los mechones sueltos le cayeron sobre la cara mientras intentaba desechar el recuerdo de todo lo que había hecho.

Oyó gemidos cerca y a través de los ojos nublados vio que las Aes Sedai del círculo interrumpían los tejidos y se desplomaban. Las odiaba. Las odiaba a todas y cada una de ellas.

—¡Luz! —oyó la voz de Saerin—. ¡Que alguien la Cure!

Todo se estaba haciendo borroso y las voces, confusas. Como si llegaran de debajo del agua. Sonidos tranquilizadores…

Algo frío la traspasó de la cabeza a los pies. Jadeó y abrió los ojos de par en par a causa de la helada conmoción causada por la Curación. Rosil estaba arrodillada a su lado. Parecía preocupada.

El dolor abandonó su cuerpo, pero el agotamiento aumentó, multiplicado por diez. Y el sufrimiento interior… permaneció. Oh, Luz. Aún oía gritar a los niños.

—Bueno, parece que vivirá —dijo Saerin—. Y ahora, en nombre de la propia creación, ¿quiere explicarme alguien qué ha sido todo eso? —Se notaba que estaba furiosa—. He tomado parte en muchas pruebas, incluso en una en la que la mujer no sobrevivió. Pero jamás, en todos estos años, he visto a una mujer pasar por lo que ésta acaba de soportar.

—Había que someterla a la prueba como es debido —dijo Rubinde.

—¿Como es debido? —repitió Saerin—. En absoluto. ¡Fue total y definitivamente vengativo, Rubinde! Casi cualquiera de esas pruebas superaba con creces lo que he visto exigir a cualquier otra mujer. Debería darte vergüenza. A todas vosotras. ¡Luz, fijaos lo que le habéis hecho!

—Eso carece de importancia —manifestó con frialdad Barasine, la Roja—. No ha superado la prueba.

—¿Qué? —dijo Nynaeve con voz enronquecida.

Abrió los ojos. El ter’angreal estaba oscuro y Rosil recogía una manta y su ropa. Egwene se encontraba a un lado, ciñéndose el torso con los brazos. Mantenía el gesto sereno mientras oía lo que decían las otras. Ella no tenía voto, pero las demás sí en cuanto a si había superado la prueba o no.

—Has fallado, pequeña —dijo Barasine, poniendo énfasis en la última palabra. La mirada de la Roja era impávida—. No te comportaste con el debido decoro.

Lelaine, del Azul, asintió con la cabeza; parecía molesta por estar de acuerdo con una Roja, pero manifestó:

—Esto era para probar tu capacidad de mantener la calma como una Aes Sedai. No lo hiciste.

Las otras parecían sentirse incómodas. Se suponía que una no debía referirse a cosas específicas de una prueba. Eso lo sabía Nynaeve. Y también sabía que, casi siempre, fracasar y morir era lo mismo. Aunque tampoco le sorprendían demasiado las afirmaciones de que había fracasado, ahora que lo pensaba.

Había quebrantado las normas de la prueba. Había corrido a fin de salvar a Perrin y a los otros. Había encauzado antes de lo que habría debido hacerlo. Le costaba trabajo sentirse arrepentida. Cualquier otra emoción, de momento, quedaba anulada por el vacío de la pérdida que sentía.

—Barasine tiene razón —admitió de mala gana Seaine—. Al final, tu cólera era manifiesta, y corriste para llegar a muchas de las marcas. Y también está el asunto del tejido prohibido. Muy preocupante. No digo que deberías fracasar, pero existen irregularidades.

Nynaeve intentó incorporarse. Rosil le puso una mano en el hombro Para impedírselo, pero Nynaeve se sujetó al brazo de la mujer para ayudarse y consiguió ponerse de pie a pesar de que las piernas le temblaban. Tomó la manta y se la echó sobre los hombros, sujetándola por delante Para mantenerla cerrada. Qué agotamiento sentía.

Hice lo que tenía que hacer. ¿Quién, entre vosotras, no habría corrido si hubiera visto gente en peligro? ¿Quién, entre vosotras, se prohibiría a sí misma encauzar si viera que atacaban Engendros de la Sombra? Actué como debería haber hecho una Aes Sedai.

—Esta prueba está pensada para garantizar que una mujer es capaz de entregarse a una empresa más noble. Para ver si es capaz de no hacer caso a las distracciones del momento en aras de un bien mayor.

Nynaeve resopló con desdén.

—Completé los tejidos que se me pedían. Mantuve la concentración. Sí, perdí la serenidad, pero logré mantener la cabeza lo bastante fría para completar las tareas. No debería exigirse mantener la calma sólo porque sí, y prohibir que una corra cuando hay gente que la necesita es una necedad.

Mi objetivo en esta prueba era demostrar que merecía ser Aes Sedai. Bien, pues, puedo argumentar que las vidas de la gente que vi eran más importantes que alcanzar ese título. Si perderlo es lo que se exige por salvar la vida a alguien, y si no hay otras consecuencias, lo haría de nuevo. Siempre. Negarme a salvarlos no sería en aras de un bien mayor; sólo sería un acto de egoísmo.

A Barasine se le desorbitaron los ojos por la ira. Nynaeve se volvió para dirigirse —no sin dificultad— a un lado de la cámara con idea de sentarse en un banco y descansar. Las mujeres se reunieron y hablaron en voz baja. Egwene, todavía serena, se aproximó a ella y se sentó a su lado. Aunque se le había permitido participar en el rito y crear alguna de las experiencias que habían puesto a prueba a Nynaeve, la decisión de ascenderla dependía de las otras.

—Las has encolerizado. Y también las has desconcertado —dijo la Amyrlin.

—Dije la verdad —rezongó Nynaeve.

—Tal vez. Pero no me refería a tu exabrupto. Durante la prueba, desobedeciste las órdenes que se te dieron.

—No podía desobedecerlas, porque no recordaba que me las hubieran dado. Yo… Bueno, en realidad recordaba lo que se suponía que debía hacer, pero no las razones. —Nynaeve torció el gesto—. Por eso rompí las reglas, porque las consideré arbitrarias. No recordaba por qué se suponía que no debía correr y, en consecuencia, tener que caminar mientras veía morir a la gente; me parecía absurdo.

—Se supone que las reglas se mantienen a la fuerza, aun cuando una no las recuerde —dijo Egwene—. Y no tendrías que haber podido encauzar antes de llegar a la marca. Es algo que va implícito en la prueba.

—Entonces, ¿cómo…? —empezó Nynaeve, fruncido el entrecejo.

—Has pasado mucho tiempo en el Tel’aran’rhiod. Esta prueba… parece que funciona de manera muy semejante al Mundo de los Sueños. Lo que creamos en la mente se convierte en tu entorno. —Egwene chasqueó la lengua al tiempo que movía la cabeza—. Les advertí que esto podría ser un peligro. La práctica que tienes en el Mundo de los Sueños te capacita de forma innata para quebrantar la prueba.

Nynaeve no respondió a eso; se sentía enferma. ¿Y si fracasaba? ¿Y si la expulsaban de la Torre ahora, después de estar tan cerca de conseguirlo?

—Sin embargo, creo que las infracciones que has cometido podrían ayudarte —susurró Egwene.

—¿Qué?

—Tienes demasiada experiencia para tener que someterte a esta prueba —explicó Egwene—. En cierto modo, lo ocurrido demuestra que merecías el chal cuando te lo concedí. En especial, me gusta la forma en que utilizaste tejidos inútiles en ocasiones para atacar a los enemigos que veías.

—La parte de lucha en Dos Ríos… Ésa era tuya, ¿verdad? Las otras no conocen el pueblo lo bastante bien para recrearlo.

—A veces es posible crear visiones y situaciones basándose en la mente de la mujer que está sometiéndose a la prueba. Es una experiencia extraña, el uso de este ter’angreal. Uno que no estoy segura de entender.