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– No estaría mal.

– ¡Eso está hecho! -La empujó hasta tumbarla de espaldas-. Nunca esperes que una mujer haga el trabajo de un hombre. -El vestido siguió subiendo hasta la cadera. Él abrió las piernas de Isabel-. Lo siento, cariño, pero no hay más remedio que hacerlo -añadió, y antes de que ella pudiese decir nada, se inclinó y hundió la cabeza en su entrepierna.

En la mente de Isabel empezaron a estallar cohetes. Dejó escapar un gritito grave y ronco.

– Vamos -susurró él contra su húmeda piel-. Acabaré muy pronto.

Isabel intentó mantener unidas las piernas, pero si bien su cabeza lo ordenaba, sus rodillas no le respondieron, pues aquello era demasiado exquisito.

Él hurgó con la lengua, se abrió paso con los labios, y una salvaje oleada de sensaciones hicieron sentir a Isabel que flotaba por encima de la cama. Podría haberle desagradado, pero no fue así… y ahora volaba.

Cuando volvió en sí, los bóxers azul oscuro habían desaparecido. Ren la hizo colocar encima de él y la penetró, pero no del todo. Entonces su expresión se hizo más tierna, y con una mano le apartó un mechón de pelo de la cara.

– Era imprescindible -dijo.

Para su sorpresa, ella pudo responderle, pero su voz fue apenas un carraspeo.

– Te dije que no quería sexo oral.

– Castígame.

Isabel tuvo ganas de reír, pero él estaba dentro y ella se sentía lánguida y excitada y lista para recibir más placer.

– Sólo me he puesto uno. -Señaló con la cabeza hacia el envoltorio de preservativo que había sobre la cama-. Tendrás que confiar.

– Adelante, dame placer. Bien pronto vas a dejar de bromear. -Se sacó el vestido por la cabeza, sintiendo cómo Ren la penetraba casi hasta el fondo.

Él se llevó sus dedos a la boca y los besó. Ella se quedó sólo con el sujetador negro de encaje y el brazalete de oro con la inscripción RESPIRA. Muy despacio, Isabel empezó a moverse, ejerciendo su poder, sintiéndose una mujer capaz de satisfacer plenamente a un hombre como aquel.

Ren le desabrochó el sujetador y se lo sacó para apreciar sus pechos. Después la sujetó por el trasero allí donde sus cuerpos se unían y empezó a embestirla. Ella se inclinó hacia delante para que pudiese besarla. Sus caderas seguían moviéndose, e Isabel deseó que para él fuese tan maravilloso como lo estaba siendo para ella, así que a pesar de fundirse en un beso, se esforzó por mantener la posición y por moverse más y más despacio, conteniendo las fieras exigencias de su cuerpo.

La piel de Ren brillaba debido al sudor. Tenía los músculos en tensión. Ella se movía despacio… más despacio… Estaba agonizando, y él también, y podría haberla atraído con fuerza para acabar, pero no lo hizo, y ella sabía el esfuerzo que les costaba a ambos… Pero no dejó de moverse despacio.

Tan despacio que apenas se movía.

Sólo la más ligera fricción… la más leve contracción…

Hasta que…

… fue demasiado.

15

Las campanas de San Gimignano sonaron suavemente bajo la lluvia de la mañana. La habitación se había enfriado durante la noche, e Isabel se acurrucó bajo las sábanas, caliente y segura, protegida por las torres de vigilancia y los fantasmas de los creyentes.

La noche anterior había sido una especie de peregrinaje para ella. Sonrió con la cara apoyada en la almohada y se tumbó de espaldas. Había mantenido el control, y luego lo había perdido, sin reparos y sin prejuicios, y cada minuto había sido maravilloso. Ren se había mostrado como un amante infatigable, lo cual no le sorprendió. La sorpresa fue que ella mantuviese su ritmo.

Ahora estaba sola en la habitación. Con un bostezo, sacó los pies de la cama y se dirigió al lavabo. Encontró la mochila de Ren abierta en el suelo bajo su chal negro ribeteado. Dentro de la misma había un cepillo de dientes y pasta dentífrica. Él lo había previsto todo de antemano, algo que ella siempre apreciaba.

Tras una ducha rápida, se envolvió en una de las enormes toallas del hotel y rebuscó en la mochila para ver si a Ren se le había ocurrido traer un peine. No había peine, pero sí una liga de encaje roja.

Él asomó la cabeza por la puerta.

– Una pequeña muestra de afecto. En cuanto te la pongas, desayunaremos juntos.

– Ni siquiera son las nueve. Te has levantado muy temprano.

– El tiempo vuela. Y hay muchas cosas por hacer. -Le sonrió de un modo que dejaba a las claras qué clase de cosas eran.

– Déjame sola mientras me visto.

– ¿Qué te gustaría hacer?

Ren nunca había visto nada tan bonito como la doctora Fifi recién salida de la ducha, con los rizos enredados, las mejillas enrojecidas y la nariz brillante y pecosa. Pero no había nada inocente en su curvilíneo cuerpo o en la liga roja que colgaba de su competente mano.

La noche anterior había sido una locura. Ella se había comportado corno una dominatrix, dando órdenes sin parar, y también se había mostrado flexible y blanda entre sus brazos. Jamás lo había pasado tan bien con una mujer, y no podía dejar de pensar en repetir.

– Ven aquí.

– Oh, no. Tengo hambre. ¿Qué me has traído?

– Nada. Quítate esa toalla.

Ella hizo girar la liga en un dedo.

– Huelo café.

– Imaginaciones tuyas.

– No lo creo. Saldré en un minuto.

Él cerró la puerta, sonrió de nuevo y sacó de detrás de la espalda la bolsa de papel que contenía el café y los bollos que había comprado. El recepcionista le había reconocido, lo cual le obligó a firmar algunos autógrafos para los parientes de aquel hombre, pero se sentía demasiado bien para preocuparse.

La puerta del baño se abrió de golpe, y casi se le vertió el café. Ella se asomó al umbral ataviada únicamente con el chal negro y la liga de encaje que él había comprado el día anterior.

– ¿Era esto lo que tenías en mente?

– Es incluso mejor.

Ella sonrió, se encogió de hombros y el chal cayó al suelo.

Cuando finalmente tomaron el café, estaba frío como el hielo.

– Me encanta San Gimignano -dijo ella cuando iban de regreso a casa bajo la lluvia-. Podría haberme quedado para siempre.

Él sonrió y puso en marcha el limpiaparabrisas.

– Me pagarás, ¿verdad?

– Lo dudo. Si alguien tiene que pagar por atenciones sexuales, ése eres tú, porque soy condenadamente buena. Admítelo.

Parecía tan contenta consigo misma que él ni siquiera se planteó la posibilidad de contradecirla.

– Eres de primera clase.

– Yo también lo creo.

Ren rió y sintió deseos de besarla de nuevo, pero ella le habría endilgado toda una conferencia sobre sensatez si él hubiese soltado el volante.

Isabel dejó que una de las sandalias se balancease en su pie cuando cruzó las piernas.

– Si tuvieses que ponerme nota, ¿cuál me pondrías?

– ¿Nota?

– Sí, en un ránking.

– ¿Quieres que te puntúe? -Justo cuando creía que ya no podría sorprenderle, le desconcertaba con su tablero de valoración personal.

– Sí.

– ¿No crees que es un poco denigrante?

– No, si soy yo la que te lo pide.

Ren no era tonto y sabía reconocer un nido de víboras cuando lo veía.

– ¿Por qué quieres que te puntúe?

– No se debe a que quiera competir con tus anteriores víctimas… No te sientas halagado. Simplemente quiero conocer mi nivel de competencia desde el punto de vista de una autoridad reconocida en la materia. Hasta dónde he llegado. Y, en interés de posibles mejoras, hasta dónde debería llegar.

– Eso suena a «próximas ocasiones»…

– Responde a mi pregunta.

– De acuerdo. -Se relajó contra el respaldo-. Para ser sincero, no eres la número uno. ¿Te parece bien?

– Sigue.

Tomó una curva cerrada.

– La número uno fue una cortesana francesa muy solícita.