Joanna le explicó que tenía Alzheimer.
—Oh, sí, es verdad —dijo Betty—. Recuerdo haberlo oído mencionar. Qué triste.
—¿Te acuerdas de quién más estaba en clase con nosotras?
—Dios, en esa clase… Ricky Inman. ¿Sabías que ahora es corredor de bolsa? ¿Te imaginas? Joanna no podía.
—John Ferguson, no, está en Japón. ¿Melissa Taylor? Melissa Taylor era una posibilidad.
—¿Qué hay de Candy Simons? —preguntó Joanna—. La llamábamos Rapunzel porque siempre se estaba peinando el pelo. ¿Sabes dónde está?
—Oh, Joanna —dijo Betty, apurada—. Supongo que no te has enterado. Murió hace dos años. De cáncer de ovarios.
—No —dijo Joanna, pensando en Candy, siempre peinándose aquellos largos cabellos rubios. “Perdería el pelo durante la quimioterapia”, pensó, apenada.
Betty siguió charlando, mencionando a varios estudiantes, ninguno de los cuales estaba con ellas en clase de lengua, y hablando de sí misma.
—No puedo creer que no te hayas casado todavía —dijo, hablando igual que Vielle, y Joanna le dijo que tenía que irse y le dio su número.
—Por si recuerdas algo más.
—Lo haré —prometió Betty—. Oh, espera. Recuerdo algo sobre el libro. Tenía una ilustración de la reina Isabel con una de esas gorgueras.
“¿La reina Isabel? ¿No un barco?”
—¿Estás segura?
—Segurísima. Lo sé porque recuerdo que Ricky Inman le pintó gafas y bigote.
Joanna lo recordaba también vagamente, pero también recordaba un barco. Igual que Melissa Taylor, a quien llamó después de almorzar. ¿Y eso qué demostraba? Que la memoria es extremadamente poco de fiar.
Sonó el busca, y cuando llamó a la centralita del hospital era Vielle diciendo:
—Tengo un ya-sabes-qué para ti.
¿Una ECM u otra serie de preguntas? Probablemente ambas cosas, se dijo Joanna, y decidió llamarla en vez de bajar a Urgencias, para poder colgar si Vielle empezaba a echarle una reprimenda. Pero primero tenía que llamar a la señora Haighton. Su criada dijo que estaba en una recolecta de fondos para el Denver Theater Guild.
Joanna llamó a Urgencias. El teléfono sonó un buen rato. “Voy a tener que bajar después de todo y hablar con ella —pensó Joanna, y estaba a punto de colgar cuando contestó un hombre—. Uno de los internos a quien Vielle dirá: “¿Qué te crees que estás haciendo?” de un momento a otro y le arrebatará el teléfono.”
—Soy la doctora Lander. ¿Está por ahí Vielle?
—¿Vielle? —preguntó el joven completamente desconcertado. Decididamente, era uno de los internos.
—Sí, Vielle Howard. ¿Puedo hablar con ella, por favor?
—Yo… Espere un momentito.
Joanna oyó una conversación apagada al fondo y luego otra voz, una voz de mujer, atendió la llamada.
—¿Quiénes?
—Joanna Lander. Estoy intentando contactar con Vielle Howard. Me dejó un mensaje para que la llamara.
—Doctora Lander, hola. Vielle no está aquí. Dijo que si llamaba le dijera que se iba a casa enferma.
—¿Enferma? —Vielle nunca se iba a casa enferma, ni siquiera cuando no podía con su alma—. ¿Está bien? ¿Es la gripe?
—Me dijo que le comentara que la llamaría más tarde.
—¿Dijo algo sobre el mensaje que me dejó? —preguntó Joanna, aunque era improbable que hubiera dejado un mensaje sobre una ECM con Mandrake curioseando por allí constantemente.
Y no lo había hecho.
—No, ningún mensaje. Sólo dijo que la llamaría —dijo la mujer, y colgó.
Joanna esperó que Vielle no hubiera intentado llamarla para ver si podía llevarla a casa mientras llamaba por teléfono a la señora Haighton. La llamó a su casa, pero no hubo respuesta. “Tiene el teléfono descolgado para que no la molesten”, pensó, pero eso la preocupó. Vielle tenía que estar prácticamente a las puertas de la muerte para haberse ido enferma a casa, lo que significaba que probablemente estaba demasiado enferma para conducir.
Joanna llamó de nuevo a Urgencias para averiguar si alguien la había llevado a casa y cuándo se había marchado, pero no respondió nadie. Joanna deseaba no haber citado a la señora Troudtheim. Se habría pasado entonces por casa de Vielle para ver cómo andaba. Era de esperar que la sesión con la señora Troudtheim no durara mucho.
No duró. La señora Troudtheim salió de la ECM después de un instante y no recordó nada. En cuanto se marchó del laboratorio con su ganchillos, Joanna volvió a llamar a Vielle. Esta vez el teléfono estaba comunicando.
—Probablemente ha descolgado —dijo Tish—. Si es la misma gripe que tuvo mi compañera de piso, te golpea como una tonelada de ladrillos. No dura mucho, pero chica, cuando te da, deseas morirte.
“No es exactamente tranquilizador”, pensó Joanna, y lo intentó de nuevo. Esta vez Vielle respondió.
—Hola, soy yo —dijo Joanna—. Ha llegado la primavera, ¿no?
—¿Qué? —dijo Vielle, aturdida.
—En Urgencias me dijeron que te habías ido a casa con gripe. ¿Me llamaste para que te llevara? Si es así, lo siento muchísimo. Estaba al teléfono, intentando concertar una cita con un sujeto.
—No —dijo Vielle. Parecía agotada y a punto de echarse a llorar—. No te he llamado.
—¿Cómo llegaste a casa? —preguntó, pero Vielle no respondió—. No habrás conducido tú misma, ¿no?
—No. Alguien del hospital me trajo.
—Bien. Voy a pasarme a verte. ¿Quieres que te lleve algo? ¿7-Up? ¿Sopa de pollo con fideos?
—No. No quiero que vengas. Estoy bien.
—¿Estás segura? Al menos podría ahuecarte las almohadas y prepararte algo de té.
—No. No quiero pegarte la gripe. Estoy bien. Decidí quedarme en casa por una vez y recuperarme en vez de ignorarla y acabar realmente enferma. En cuanto cuelgue, me voy derechita a la cama.
—Buena idea. ¿Necesitas que haga algo aquí en el hospital? ¿Que les lleve algún mensaje tuyo a los de Urgencias?
—No. Ya saben que estaré de baja unos cuantos días.
—Muy bien. Me pasaré por la mañana para ver si necesitas algo.
—No —dijo Vielle, inflexible—. Voy a desconectar el timbre y el teléfono, y a intentar dormir un poco.
—Vale —dijo Joanna, vacilante—. Llámame si necesitas algo. Tendré el busca conectado, te lo prometo. Y cuídate. Se supone que esta gripe es fuerte. No quiero que tú tengas una experiencia cercana a la muerte.
—No —dijo Vielle, y el cansancio volvió a asomar a su voz.
—Venga, descansa un poco. Hablaré contigo mañana.
—Ya te llamo —dijo Vielle.
En cuando colgó, Joanna se dio cuenta de que se había olvidado de preguntarle a Vielle por el ya-sabes-qué con el que la había llamado inicialmente. Pensó en volver a llamarla, pero de lo último de lo que Vielle necesitaba preocuparse era de una ECM ajena, y además, habían pasado vanas horas. El señor Mandrake probablemente le habría puesto ya las manos encima a quien fuera. Joanna llamó a Kit y le dijo que podía haber quedado expuesta a la gripe.
—En ese caso, mereció la pena. Fue magnífico salir un rato —dijo Kit—. He descubierto la respuesta a una de las preguntas que me hiciste anoche. El comedor que describiste… paneles de madera clara, cortinas rosa, gran piano… es el restaurante A La Carte. Espera, déjame que te lea la descripción: “En el suntuoso restaurante Á La Carte, paneles de castaño contrastan hermosamente con la rica alfombra Rose du Barry. Las sillas están cubiertas de tapizado Aubusson rosa.”
—¿En qué parte del barco estaba?
—En la Cubierta de Paseo, a popa —dijo Kit—. Eso es la parte trasera del barco.