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—Hay agua en toda la sala de correo —dijo el hombre, que debía de ser funcionario postal. Abrió el cuello de la saca, metió la mano, y sacó un puñado de cartas empapadas—. ¡Mire esto! —dijo, agitándolas delante de la cara del oficial—. ¡Estropeadas!

Las blandió ante Joanna. Ella dio un respingo.

—¿Cómo voy a entregarlas? —preguntó. Las metió de nuevo en la saca, cerró el cuello, subió el saco un escalón más.

—Entonces tendrá que subirla por otro camino —dijo el oficial, plantándose ante él—. Estropeará el suelo.

Señaló la alfombra. Donde había apoyado la saca, la moqueta rosa estaba húmeda.

—No se puede evitar —dijo el funcionario postal, subiendo la saca otro escalón—. Tengo que hacerlo. Tengo que llevarla a los botes. Écheme una mano —le dijo a Joanna, pero ella estaba mirando la alfombra mojada. El agua la había calado, manchando el rosa hasta convertirlo en un rojo oscuro y perturbador, como sangre.

—¿Cómo está? —preguntó el oficial.

—Hasta la cubierta del salón —dijo el funcionario postal—. No le queda mucho tiempo.

—¿Qué quiere decir con eso de que no le queda mucho tiempo? —dijo Greg Menotti tras Joanna. Ella se dio la vuelta. Estaba en el escalón superior, viendo cómo el funcionario postal aupaba la saca otro escalón más—. ¿Por qué está haciendo esto?

—Porque se está hundiendo —dijo el funcionario postal, y a Joanna—: Será mejor que suba a un bote, señora.

—¿Qué cubierta es la cubierta del salón? —le preguntó Joanna—. ¿Es la Cubierta C?

—¿Qué quiere decir con que se está hundiendo? —dijo Greg—. Esto no es un barco. Es un gimnasio. —Agarró a Joanna del brazo—. Creí que quería ver el resto de las instalaciones.

—No hay tiempo —contestó Joanna, intentando soltarse—. ¿La cubierta del salón es la Cubierta C?

—Tiene que ganar tiempo —dijo Greg, haciéndola subir las escaleras—. Su salud es lo más importante. Tenemos un programa completo de squash, ping pong, tenis.

Él iba demasiado rápido. Joanna perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.

—Con cuidado, parece que le vendría bien un poco de ejercicio en escaleras —dijo él, ayudándola a incorporarse, pero ella no pudo recuperar el equilibrio. La escalera estaba extrañamente inclinada, y su pie seguía resbalando…

“Oh, Dios —pensó—, está empezando a inclinarse.”

—Tengo que irme —dijo, tirando frenéticamente para zafarse de la mano de Greg—. La cubierta del salón…

— Hago ejercicio tres veces por semana —dijo él, atenazando sin piedad su brazo—. Un régimen regular de ejercicio es esencial para…

Joanna se liberó y corrió hacia las escaleras, tropezando, extendiendo los brazos para equilibrarse, y abrió la puerta que daba a la escalera. El funcionario postal había conseguido llevar la saca casi hasta lo alto de las escaleras. Joanna corrió dejándolo atrás, esquivando la mancha húmeda y oscura donde se había posado la saca.

—No debe correr sin calentar primero —llamó Greg tras ella—. Le dará un tirón…

La puerta se cerró, apagando su voz mientras ella bajaba corriendo las escaleras, deslizando la mano por la barandilla de roble pulido mientras corría. Bajó y bajó, sin contar rellanos ni cubiertas ni puertas, corriendo a ciegas, a ciegas, salió por la puerta, como por la cubierta, abrió la puerta de golpe y se zambulló en el pasillo, en la oscuridad y la oscuridad…

Y la oscuridad. “Sigo en el pasillo”, pensó Joanna desesperada, y oyó a Richard decir:

—Hay que quitarle el antifaz.

Lila abrió los ojos y parpadeó sorprendida ante una completa desconocida. Tardó otro minuto en recordar que Tish estaba de baja con gripe y que era la enfermera sustituía.

—Descansa. No intentes hablar —dijo Richard, y empezó a explicarle los procedimientos posteriores a la sesión. “No quiere que diga que es el Titanic delante de ella”, pensó Joanna.

Pero no era el Titanic. La escalera estaba equivocada y el gimnasio también. El Titanic tenía uno.

Recordó que el señor Briarley había hablado de eso, al contarles lo opulento que era el barco, pero difícilmente habría estado en la Cubierta de Botes. Y, aunque el Titanic hubiera sido un barco correo, no habrían arrastrado las sacas desde la sala de correo. Mil quinientas personas se habían ahogado esa noche. No se habrían preocupado por el correo. “Y Greg Menotti obviamente no estaba en el Titanic”, pensó Joanna, frustrada.

Ni la mitad de frustrada que Richard.

—¡Otra vez has visto el Titanic! —dijo cuando la enfermera terminó de monitorizar sus constantes vitales y se marchó y Joanna pudo contárselo—. ¿Cómo es posible? Mira estos escaneos.

La hizo acercarse a la consola.

—La pauta de actividad del lóbulo temporal es completamente diferente, y el nivel de acetilcolina es mucho más alto que antes.

—Eso parece igual —dijo Joanna, señalando un parche rojo anaranjado en el hipocampo.

—Lo es, igual que la actividad de la almígdala. Son iguales en todas las ECM, pero no tienen nada que ver con la producción de imágenes.

—¿Fue también completamente distinta la pauta a largo plazo? —preguntó Joanna, mirando los cambiantes rojos, azules y amarillos.

—No —admitió él—. Los últimos escaneos encajan, aunque no lo hacen con las fórmulas de A+R. ¿Fue igual el final de tu ECM la última vez?

—No.

Le contó lo de la carrera escaleras abajo y la llegada al pasillo.

—Era el mismo pasillo, pero esta vez la puerta estaba cerrada y tuve que correr mucho más antes de volver al laboratorio.

—¿Dices que el mismo pasillo? ¿Quieres decir que parecía igual?

—No —dijo Joanna—. Quiero decir que es el mismo pasillo. Es en el mismo sitio, siempre da a la misma parte de la cubierta. Es un lugar real. La puerta siempre da a la misma escalera, la Cubierta de Botes siempre está el mismo número de tramos más arriba, los salvavidas y la zona de oficiales y el puente están siempre en igual relación unos con otros.

—Dijiste que esta vez había un gimnasio —dijo Richard, escéptico.

—Siempre estaba allí, pero antes la puerta estaba cerrada. No es como un sueño, donde las cosas cambian de sitio y estás en un lugar y luego en otro sin solución de continuidad. Es un lugar real.

—Real —dijo él, y toda la precaución y el escepticismo volvieron a asomar a su rostro. Dentro de un momento la volvería a acusar de ser Bridey Murphy.

—No quiero decir real —dijo ella, derrotada—. Quiero decir tridimensional. Quiero decir lineal. Él negaba con la cabeza.

—No hay ninguna activación de las zonas del córtex espacial. ¿Qué hay del principio? ¿Fue igual?

—No. Esta vez llegué un poco más tarde, después de que el joven subiera a investigar el ruido.

—¿Pero la gente y lo que decían eran lo mismo?

—Básicamente.

—Básicamente —murmuró, contemplando las pantallas—. Aunque las pautas del lóbulo temporal y la de A+R son completamente diferentes. ¿En qué estabas pensando justo antes de entrar en sueño no-REM? Tal vez tu mente consciente está influyendo en lo que ves.

—En el Titanic —admitió Joanna, y Richard pareció animarse— Pero la última vez estaba pensando en Pompeya, y las tres primeras veces obviamente no pude haber estado pensando en el Titanic, y ha sido el mismo sitio siempre.

—Y oyes el mismo sonido al atravesar —dijo Richard, pensativo y empezó a teclear absorto.