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Joanna bajó a su despacho para transcribir su testimonio y comprobar cómo estaba Vielle. No hubo respuesta, pero tenía siete nuevos mensajes. Joanna los escuchó, saltándoselos en cuanto detectaba que no eran de Briarley. Registros. Maisie. Guadalupe.

“No debe de haber recibido el mensaje que le dejé —pensó Joanna—. Y debe de haber vuelto al trabajo, y Tish tenía razón y esta gripe no dura mucho. Tal vez Vielle haya vuelto también y por eso no responde.” Pulsó “siguiente mensaje”. El señor Mandrake. Pulsó “borrar”. Betty Peterson.

—Encontré el título —dijo la voz de Betty, y Joanna retiró el dedo del botón “siguiente mensaje” y escuchó lo que decía su amiga.

—¡Nunca adivinarías cómo! —dijo Betty—. Anoche pesqué mi viejo libro del año del instituto para ver quién más estaba con nosotras en clase, y estaba repasando la sección con nuestras fotos, y… oh, Dios mío, ¡el peinado!, ¡la ropa!, y de pronto veo que Nadine Swartheimer… ¿te acuerdas de Nadine? ¿El pelo todo revuelto y coletitas, incluso en invierno…? ¡Bueno, pues me había firmado la foto, y allí estaba! Pero eso no es todo. Encontré algo más. Tienes que llamarme. Adiós.

“No me lo creo —pensó Joanna—. Al final, no me ha dicho el nombre del libro, y ahora tendré que llamarla, y probablemente me pasaré una semana jugando al escondite telefónico. ¿Cómo es que Betty siempre sacaba sobresalientes?”

Tendría que llamarla, pero no hasta después de haber comprobado si había llamado Vielle. Pasó rápidamente el resto de los mensajes. Otra vez el señor Mandrake. Borrar. Alguien llamado Leonard Fanshawe.

Pero no Vielle. Joanna intentó llamarla otra vez, pero no hubo respuesta tampoco. “Creo que será mejor que baje a Urgencias para ver si ha vuelto, y si no, iré a verla a casa”, pensó, y recogió el abrigo, las llaves y el bolso, pero justo cuando se dirigía hacia la puerta, sonó el teléfono. Joanna dejó que el contestador se ocupara de la llamada.

—Hola —dijo Vielle, y Joanna agarró el receptor.

—¿Cómo estás?

—Mejor —dijo Vielle, y su voz parecía más fuerte y firme que el día anterior—. Todavía voy a quedarme en casa un par de días y no, no necesito que me traigas nada. No quiero que te contagies.

—Vale, aunque ya he estado expuesta. Tish tiene la gripe, y Guadalupe también.

—Bueno, pues no la vas a pillar por mí. Voy a echar la llave a la puerta y no te voy a dejar entrar. Así que ni se te ocurra pasarte por aquí.

—Muy bien —prometió Joanna—, pero tienes que prometerme que llamarás y me dirás cómo estás y si necesitas algo. Y antes de que Vielle pudiera protestar, añadió:

—Puedo dejártelo en la puerta.

—Prometo llamar —dijo Vielle, y se dispuso a colgar.

—Oh, espera. ¿Qué hay del ya-sabes-qué?

—¿El qué?

—No sé. Llamaste para eso. Dejaste un mensaje para que yo te volviera a llamar, que tenías un ya-sabes-qué para mí. Ayer. Antes de que te fueras enferma a casa. Me llamaste al busca.

—Oh —dijo Vielle por fin—. Sí. Vino un paciente con un ataque de vesícula y comentó por casualidad que había tenido una ECM hace un par de años. Lo ingresamos en Cirugía. —Joanna se preguntó si sería el Leonard Fanshawe que la había llamado, pero Vielle dijo—: Se llama Eduardo Ortiz.

—¿Quién más había delante cuando lo mencionó? —preguntó Joanna, pensando en el señor Mandrake.

—Sólo yo. Me pareció interesante porque no lo ingresaron por nada que sea grave para su vida, así que pasará inadvertido para el radar del señor Mandrake.

Joanna estuvo de acuerdo. En cuanto colgó el teléfono, llamó a la centralita y pidió su número de habitación, y después llamó a Quirófanos.

—Lo operaron esta mañana, y sigue dormido —dijo la enfermera.

—¿Cuándo se irá a casa? La enfermera lo comprobó.

—Mañana.

“Es lo que tienen de malo este tipo de operaciones —pensó Joanna—. No están ingresados el tiempo suficiente para decirle a nadie que han tenido una experiencia cercana a la muerte, mucho menos para describirla.” La enfermera pensaba que el señor Ortiz probablemente despertaría a eso del mediodía, lo cual le daría a Joanna tiempo suficiente para grabar y transcribir su propia ECM.

Hizo ambas cosas y luego le llevó la transcripción a Richard, que estaba mirando las pantallas.

—¿Cómo va? —le preguntó, tendiéndole la transcripción.

—Terrible. Pensaba que tal vez el estímulo inicial era lo que determinaba la imagen unificadora, y que por eso seguías viendo el Titanic aunque los estímulos fueran diferentes, pero en esta última ECM no hubo ninguna actividad en el córtex auditivo superior en absoluto. —Se pasó la mano por el pelo—. Es que no tengo datos suficientes. ¿Has podido volver a citar a la señora Haighton?

—No.

—¿Y no sabes cuándo volverá el señor Pearsall? Ella negó con la cabeza.

—Entonces tengo que averiguar qué está abortando el estado ECM de la señora Troudtheim y arreglarlo. La necesitamos.

—Llamaré al señor Pearsall y la señora Haighton —dijo Joanna. “E iré a buscarla al Rastrillo de Primavera, o dondequiera que esté, y la arrastraré hasta aquí yo misma”, pensó, mientras volvía a su despacho para llamarla; pero la criada no sabía dónde estaba.

—En una especie de reunión —dijo—. Tiene tantas que me confundo.

Nadie respondió en el número del señor Pearsall.

Joanna anotó que tenía que intentar llamarlos a ambos más tarde y luego escuchó los mensajes que se había saltado antes. Guadalupe quería que Joanna la llamara. Maisie tenía algo importante que decirle. Leonard Fanshawe dijo:

—Tengo entendido que está usted interesada en las experiencias cercanas a la muerte. Tuve una hace seis meses, y desde entonces he descubierto que tengo poderes musitados: telequinesis, clarividencia, vista a distancia y teletransportación. Me gustaría mucho hablar con usted al respecto.

Y le dio su número.

Joanna lo llamó y le dio el número del señor Mandrake. Luego volvió a llamar al señor Pearsall. No hubo respuesta. Llamó a Betty Peterson. Comunicaba.

Imprimió una copia de la transcripción y se quedó allí sentada mirando la pantalla, intentando hallarle sentido. Era el Titanic, estaba segura, a pesar de la escalera y la saca de correo y la falta de actividad en el córtex auditivo.

Llamó a Kit para preguntarle cuáles eran las letras de llamada en código del Titanic y en qué cubierta estaba el gimnasio. Y si tenía un camello mecánico. “Sin duda no habré imaginado un detalle tan específico”, pensó, marcando el número de Kit, y entonces recordó al señor Wojakowski y los Katzenjammer Kids.

La línea de Kit estaba ocupada. Joanna miró la hora. Las once y media. Decidió correr el riesgo con el señor Ortiz por si había salido pronto de la anestesia y bajó al pabellón quirúrgico. Estaba despierto, pero el cirujano lo acompañaba.

—Y luego tendremos que hacerle el chequeo postoperatorio —dijo la enfermera que sustituía a Patricia—. Serán unos veinte minutos.

Veinte minutos. No lo suficiente para volver a su despacho y hacer algo útil. Podría ir a ver a Maisie (Pediatría estaba dos plantas más arriba y en la misma ala), pero la probabilidad de escapar de Maisie en menos de una hora era inexistente. “Iré mejor a ver a Guadalupe”, pensó Joanna, y se encaminó al ascensor.

Un par de enfermeras a quienes no conocía lo estaban esperando, las cabezas juntas, charlando.

—… y dijo se acabó, no voy a volver a trabajar en Urgencias ni un día más —decía una de las enfermeras.

—No se lo reprocho —dijo la otra.

“Vielle debería escuchar esto”, pensó Joanna, y la puerta del ascensor se abrió.