El señor Mandrake estaba dentro.
—… pruebas que demostrarán a los escépticos que la experiencia cercana a la muerte es real —le estaba diciendo a un hombre que tenía un ejemplar de La luz al final del túnel—. No es posible una supuesta explicación “racional”.
Toda su atención estaba centrada en el hombre, y las dos enfermeras, todavía cotilleando, la ocultaron un momento.
—Sólo una herida superficial, gracias a Dios —dijo una de ellas—, pero con todo…
El señor Mandrake no la había visto todavía. Joanna se dio la vuelta y se marchó rápidamente, la cabeza gacha. “Iré a ver a Guadalupe mas tarde —pensó—. Bajaré y recogeré los impresos.”
—Joanna Lander —dijo el señor Mandrake. Oh, no, la había visto. Joanna siguió andando, resistiendo el impulso de mirar atrás y ver si él la estaba siguiendo.
—… una colega mía.
No la había visto. Sólo estaba hablando de ella.
—Está trabajando en un proyecto que confirmará mis hallazgos. Una colega mía, refunfuñó Joanna, caminando más rápido. Casi merecía la pena darse la vuelta y decirle al hombre que ella no era colega del señor Mandrake y que su proyecto no demostraba nada de eso.
Casi, pensó, y se coló en una escalera. Sólo tenía un tramo de bajada pero al menos escapó del señor Mandrake. Podría tomar el ascensor de servicio y llegar al pasillo elevado del quinto piso. No, tendría que atravesar Medicina interna. No quería correr el riesgo de toparse con la señora Davenport. De la sartén al fuego. Sería mejor que tomara el pasillo de la segunda planta.
Bajó las escaleras y recorrió un pasillo lleno de consultas. Normalmente estaba desierto, pero no ese día. Un puñado de personas mayores sentadas en el recibidor, en sillas de plástico, jugaban a las cartas. Una de ellas se levantó en cuanto la vio y agitó sus cartas ante ella.
—Hola, Doc —dijo.
30
Ven lo más rápido que puedas, viejo. La sala de máquinas está inundada hasta las calderas.
“Éste no es mi día”, pensó Joanna.
—Señor Wojakowski —dijo—. ¿Qué está haciendo usted aquí?
—Ed —corrigió él. Señaló con el pulgar la puerta que tenía detrás—. Éste es el proyecto auditivo del que le hablé. —Se inclinó hacia delante, confidencialmente—. Tengo que decirle, Doc, que su proyecto era mucho más interesante que esto. Lo único que hacemos es sentarnos con unos auriculares y levantar la mano si oímos un pitido.
Joanna miró a los que jugaban a las cartas.
—¿Y jugar al acey-deucy?
—Qué va, ninguno de ellos estuvo en la Marina. Sólo saben jugar al burro. He estado intentando convencerlos para jugar al póquer, pero son demasiado gallinas. ¿Sabe?, me he enterado de que a uno de los médicos de Urgencias le han pegado un tiro. ¿Sabe algo de eso?
De eso debían estar chismorreando las dos enfermeras del ascensor.
—No.
—Espero que no sea nada serio. ¿Le he contado lo de aquella vez en el Yorktown cuando me dieron un tiro justo en el… bueno, donde no se puede decir, y empecé a pegar gritos y un tiarrón va y dice…?
—¿Señor Wojakowski? —llamó un técnico vestido con bata desde la puerta.
—Ahora mismo voy —contestó el señor Wojakowski—. Pues bueno, Doc, tenga cuidado y que no le vayan a pegar un tiro. Y si me necesita en su proyecto, cíteme. Como digo, lo único que hacemos es estar sentados. Tengo tiempo de sobra para su proyecto y para éste a la vez.
—Señor Wojakowski —le reprochó el técnico. El señor Wojakowski se acercó a Joanna y susurró:
—4-F.
Joanna no pudo menos que reírse. El técnico parecía aún más molesto.
—Nos vemos, Doc —dijo el señor Wojakowski alegremente, le tendió sus cartas a uno de los voluntarios y desapareció tras la puerta.
Joanna consultó el reloj y subió al pabellón quirúrgico. La puerta de la habitación del señor Ortiz estaba cerrada.
—Se le ha salido uno de los drenajes —le dijo la enfermera sustituía—. Serán otros veinte minutos como mínimo.
Joanna le dio las gracias y subió a ver a Maisie. La señora Nellis salía de la habitación, sonriendo alegremente.
—Maisie está tomando un nuevo medicamento y le está viniendo de perlas. Está estabilizada y ha eliminado por completo el problema de retención de líquidos. Si sigue así, podré llevármela a casa en un periquete.
Tenía razón. Los brazos y piernas de Maisie ya no estaban tan hinchados, pero se notaba lo dolorosamente delgada que se había quedado. El brazalete hospitalario con su identificación le colgaba suelto de la muñeca. “Al menos puede dejar de preocuparse de que tengan que cortárselo”, pensó Joanna.
—He estado leyendo sobre el Titanic para estar preparada para ayudarte con tu investigación —dijo Maisie ansiosamente, buscando inmediatamente en el cajón de la mesilla de noche su lápiz y su libreta—. Venga, ¿qué quieres que busque?
—¿Seguro que no deberías estar descansando? Acabo de ver a tu madre y me ha dicho que te han puesto una nueva medicina.
—No es nueva —dijo Maisie—. Es nadolal, la misma que tomé antes del amidiopril.
“La que no podía estabilizarla”, pensó Joanna. La que estaba tomando cuando entró en parada.
—Y lo único que hago es descansar. Buscar cosas no me cansa, es mucho más divertido que ver estúpidos vídeos. —Señaló la tele, donde se veía a Winnie the Pooh sin sonido.
—De acuerdo. Necesito saber los nombres de todos los barcos a los que el Titanic envió SOS —dijo Joanna. Eso sería seguro, y, según Kit, llevaría su tiempo.
Maisie la miró con el ceño fruncido.
—No se envía un SOS a cualquiera. Se envía y se espera que alguien te oiga.
—A eso me refiero —dijo Joanna—, a los nombres de los barcos con los que el Titanic logró contactar.
Maisie escribió “barcos” con su letra redonda e infantil.
—Apuesto a que hay un montón, porque el operador del cable siguió enviando mensajes hasta que se hundió.
—Maisie…
—Se llamaba Jack Phillips, y el capitán le dijo que podía dejarlo. “En un momento así, es sálvese quien pueda”, dijo, pero él siguió enviando mensajes.
—Maisie —dijo Joanna, seria—, si vas a ayudarme, no puedes decirme cosas sobre el Titanic, sólo contestar a mis preguntas. No cualquier cosa. Es importante. ¿Comprendes?
—Aja. Por eso de las invenciones, ¿verdad? “Es demasiado lista”, pensó Joanna.
—Sí. Contarme cosas podría contaminar el proyecto. ¿Crees que puedes hacerlo? ¿Sólo decirme las respuestas y nada más?
—Aja. ¿Puedo contarte cosas que no sean del Titanic?
—Desde luego. ¿Por eso me llamaste, porque tenías algo que contarme?
—Bueno, que pedirte más bien —dijo Maisie, y Joanna se preparó—. ¿Y si el hospital se incendiara?
“¿De dónde ha salido esto?”, se preguntó Joanna.
—Sonarían las alarmas y evacuaríamos a todos los pacientes —dijo Joanna—. Y hay un sistema de aspersores que se conecta automáticamente.
—No, eso ya lo sé. Me refiero a los brazaletes de identificación. Son de plástico, ¿no? Si el hospital se quemara, se derretirían y nadie sabría de quiénes son.