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—Veré qué puedo hacer con esas chapas de perro. ¿Cuándo las necesita?

—Lo antes posible —respondió Joanna, pensando en la fina muñeca de Maisie, en sus labios azules.

—Lástima que Chick Upchurch ya no ande por aquí. ¿Le he hablado de Chick? Compañero maquinista en el Viejo Yorky, y podía hacer cualquier cosa, y me refiero a cualquier cosa —dijo el señor Wojakowski, y ella prácticamente tuvo que sacarle la mano del ascensor para librarse de él, aunque no pareció molestarse.

Tampoco se molestó el señor Ortiz, aunque le habían metido tres sondas, dos de las cuales habían tenido que ser sustituidas.

—No me importa. Me siento mejor que en los dos últimos años —dijo—. Tendría que haber hecho esto antes. Se alegró de hablar con Joanna.

—Sigue siendo tan real para mí hoy como lo fue hace dos años —dijo, y le describió su experiencia con detalle: cómo flotó hasta el centro del quirófano, el túnel, la luz, la Virgen María irradiando luz, parientes muertos esperando para darle la bienvenida en el cielo.

“Tal vez el señor Mandrake tiene razón —pensó Joanna, mientras lo escuchaba describir su revisión de vida—, y lo que yo estoy viendo no es una ECM real. Desde luego, nadie más ha visto a un oficial postal arrastrando una saca de cartas mojadas por una escalera alfombrada.”

—Y luego tuve la sensación de que era el momento de regresar —dijo el señor Ortiz—, y volví al túnel al final aparecí en el quirófano.

—¿Puede ser más concreto respecto a la sensación?

—Fue como un tirón —dijo, pero el gesto que hizo con la mano fue un empujón—. No puedo describirlo. Joanna consultó sus notas.

—¿Puede decirme cómo era la Virgen María?

—Iba vestida de blanco. Y una luz irradiaba de ella —dijo, y esta vez el gesto encajó con sus palabras—, como diamantes.

Ella le hizo vanas preguntas más y luego apagó la grabadora y le dio las gracias por su tiempo.

—En realidad no me interesan las experiencias cercanas a la muerte —dijo él—. Mi verdadero interés está en los sueños. ¿Está su proyecto relacionado con las imágenes de los sueños?

—No —contestó Joanna, y se levantó. El señor Ortiz asintió.

—La mayoría de los científicos son demasiado estrechos de mente para creer en los sueños. Analizar las imágenes de los sueños puede curar el cáncer, ¿lo sabía usted?

—No.

El señor Ortiz asintió sabiamente.

—Si sueñas con un tiburón, eso significa cáncer. Una cuerda es la muerte. Si quiere contarme uno de sus sueños, puedo analizárselo.

—Tengo una cita —dijo Joanna, y escapó.

“¿Es que todo el mundo está chalado”, se preguntó, de regreso a su despacho. Imágenes de sueños. Pero una vez en su despacho, mientras repasaba las transcripciones de las ECM múltiples, empezó a preguntarse si las imágenes de los sueños no podrían ser la clave. No las de gente como el señor Ortiz, por supuesto, que asignaba a las imágenes significados arbitrarios: una serpiente significa sexo, un libro significa una visita inesperada. Eso era sólo una especie de adivinación glorificada.

Y el análisis freudiano de los sueños tampoco era mucho mejor. Intentaba reducirlo todo a deseos y temores sexuales básicos cuando soñar era mucho más complejo. Algunas imágenes de los sueños provenían directamente de los acontecimientos del día anterior, algunas de preocupaciones subyacentes, algunas de estímulos externos, y algunas de los elementos neuroquímicos generados durante el sueño REM, sobre todo la acetilcolina, que Richard decía que aumentaba durante las ECM.

Era la acetilcolina la que establecía las conexiones entre los datos recibidos y la memoria a largo plazo, conexiones que la mente que sueña expresaba a veces directamente y a veces simbólicamente, de modo que el despertador al sonar se transformaba en una sirena o un grito, y eso, el pastelito que tomaste para desayunar y el paciente por el que estabas preocupada se incorporaban a una única narrativa soñada. Y era posible, teniendo en cuenta todas esas cosas, analizar el contenido del sueño. Que era lo que había estado haciendo Richard cuando dijo que la acetilcolina hacía que el Titanic fuera una asociación tan probable como un pasillo de hospital, pero él hablaba de las ECM en conjunto, no de las imágenes individuales que las componían.

Joanna no había pensado en analizarlas en términos de imaginería onírica, en parte porque la ECM no parecía un sueño y en parte porque algunas de las imágenes (la luz y el túnel) eran obviamente manifestaciones directas de los estímulos. Pero eso no significaba que todas lo fueran. ¿Y si algunas eran interpretaciones simbólicas de lo que estaba sucediendo en la ECM?

¿Podría ser por eso por lo que seguía recordando la clase del señor Briarley sobre metáforas, porque las imágenes de la ECM eran metáforas? Había concentrado toda su atención intentando averiguar lo que había dicho el señor Briarley, pero tal vez la conexión estaba en la ECM misma, oculta dentro de lo que ella estaba viendo y oyendo.

Recuperó la transcripción de su última experiencia y empezó a repasarla línea a línea. Algunas cosas eran obviamente representaciones directas de estímulos del lóbulo temporal. Las luces de la lámpara Morse y las luces de cubierta y la luz que surgía del gimnasio y del puente lo eran, y se preguntó si todos los casos de ropa blanca (los guantes, el camisón, la chaqueta blanca del sobrecargo) no lo eran también.

Algunas de las imágenes estaban tomadas directamente del Titanic (los botes, los pasajeros en cubierta, las sillas) y otras de su propia vida: Greg Menotti y la zapatilla roja, y tal vez incluso la manta, aunque eso podía ser también de la ilustración de la portada de Una noche para recordar.

Todo lo cual dejaba detalles que no podían atribuirse al Titanic ni al lóbulo temporal y que por tanto podían ser significativos: Jack Phillips teclecando CQD en vez de MGY; el empleado de correos arrastrando la saca mojada escaleras arriba; las escaleras mismas, similares a la Gran Escalera y sin embargo sin el querubín ni el Honor y la Gloria; la localización del gimnasio; el camello mecánico. Si eran símbolos, eran mucho más sutiles que “serpiente quiere decir sexo”.

Si eran símbolos. No tenía sentido intentar descifrarlos si de hecho eran algo que había surgido de sus recuerdos del Titanic. Tenía que hacer que Kit lo averiguara. Hizo una lista de las cosas que necesitaba saber y llamó a la chica. El señor Briarley respondió al teléfono.

—¿Tiene un pase para estar en el pasillo? —exigió, y cuando ella le dijo que tenía que hablar con Kit, añadió—: “Cortó una cuerda de un palo roto y la ató al mástil.”

Kit se puso al teléfono.

—Lo siento —dijo—. Lleva toda la mañana recitando El hundimiento del Hesperus. Pensé que podría ser una pista, pero es de Longfellow, así que debió dar esa clase en primaria, no en secundaria.

—”¡Oh, padre! Oigo sonar las campanas, oh, di, ¿qué puede ser?” —dijo el señor Briarley al fondo—. “Es una campana de alarma en una costa escarpada, y escrutó el mar abierto.”

—Necesito que me busques unas cuantas cosas —dijo Joanna—. Si no es demasiada molestia.

—Ya te he dicho que quiero ayudar.

Joanna le leyó la lista. Cuando llegó al camello mecánico, Kit dijo:

—Eso lo sé. Sí, hay una foto en uno de los libros.

—¿Sabes en qué cubierta estaba el gimnasio?

—Sí, en la…

—¡Dicen que los muertos no pueden hablar, pero pueden! —dijo el señor Briarley.

—Estaba en la Cubierta de Botes —dijo Kit—. Lo descubrí cuando buscaba la lámpara Morse.