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“Muy bien, borra el gimnasio.” Le leyó el resto de la lista.

—Me pondré a trabajar en esto esta noche —dijo Kit—. Oh, y he descubierto lo de las escaleras. Había tres. La trasera era la de segunda clase. Estaba en la popa, junto al restaurante A La Carte. La otra escalera estaba entre ésa y la Gran Escalera. Se describe como una versión menos elegante de la Gran Escalera, con su propia claraboya y las mismas balaustradas doradas de hierro forjado.

“Y borra la escalera”, pensó Joanna, y volvió a la transcripción después de colgar el teléfono. Debía de haber almacenado todo lo que el señor Briarley había dicho sobre el Titanic en su memoria a largo plazo. ¿Quién dice que no recordamos lo que aprendimos en la escuela?

Transcribió la ECM del señor Ortiz y luego llamó a Vielle, pero comunicaba. La llamó de nuevo cuando llegó a casa y consiguió despertarla.

—Lo siento —dijo Joanna—. Parece que te encuentras mejor.

—Lo estoy —dijo Vielle.

—¿Volverás mañana al trabajo?

—No. Todavía estoy algo mareada.

“Y debe estarlo”, pensó Joanna después de colgar. O aturdida, porque no había dicho ni una palabra de los peligros de someterse al experimento.

Tish siguió también de baja al día siguiente, y fue imposible encontrar a una enfermera sustituía.

—¿Sabes qué dijeron cuando llamé para pedir una sustituía? —dijo Richard cuando Joanna llegó al trabajo—. “Ha llegado la primavera.” Así que cambié para mañana la cita con el señor Sage. Se supone que es un virus de veinticuatro horas, ¿no?

—No lo sé. Vielle ya lleva un par de días de baja —respondió Joanna, pensando que no importaba si tenían que cancelar el trabajo ese día. Tenía que terminar la lista de personas que habían tenido más de una ECM, y quería revisar sus primeras ECM y analizarlas en busca de posibles pistas.

Se pasó toda la mañana en el despacho haciendo eso e ignorando la luz parpadeante del contestador automático. A la hora del almuerzo bajó al laboratorio y saqueó los bolsillos de la bata de Richard buscando algo que comer. Richard se había pasado la mañana igual que ella, contemplando la pantalla del ordenador.

—¿Cómo te va? —le preguntó ella, aceptando el Butterfinger que le ofrecía.

—Terrible —contestó él, apartándose de la pantalla—. Todavía no he encontrado nada que explique por qué la señora Troudtheim sigue saliendo del proceso. Ni por qué tú sientes el miedo que describes. Sólo se activaron unos cuantos receptores de cortisol.

—Sentí el miedo que describo porque estaba en el Titanic y la Cubierta D estaba inundándose, y temía no poder volver.

—Sigues teniendo la sensación de que es el Titanic, ¿eh?

—Sí, y no es sólo una sensación —dijo ella—. Los lugares que te describí estaban en el Titanic, y el motivo por el que la escalera no tenía escalones de mármol y un querubín es porque no era la Gran Escalera. Era la escalera de segunda clase, y estaba justo donde se suponía que debía estar, junto al restaurante A La Carte. Ese es el comedor que vi, y tenía en efecto paneles de castaño y sillas de color rosa y…

—¿Cómo lo sabes? —dijo Richard, inclinándose hacia delante en su asiento, acusador—. ¿Has estado leyendo sobre el Titanic? No me extraña que sigas viéndolo.

—No, por supuesto que no he estado leyendo nada. Sé que eso contaminaría la ECM. Le pedí a alguien…

¿Le pediste a alguien? —dijo él, levantándose de la silla—. ¿En el Mercy General? Dios mío, si Mandrake…

—No es nadie que trabaje aquí —dijo Joanna rápidamente—. Se lo pedí a una amiga que no tiene ninguna relación con el hospital, y le pedí específicamente que no me diera ninguna información que yo no le hubiera preguntado, sólo que confirmara que las cosas que he visto estaban en el Titanic. Y estaban, el gimnasio con el camello mecánico y la sala de transmisiones y…

Él la estaba mirando otra vez como si fuera Bridey Murphy.

—¿Qué estás diciendo? ¿Que no hay manera posible de que pudieras conocer todos esos detalles, de modo que lo que estás viendo es real?

—No, por supuesto que no.

—Dijiste que tenías miedo de no poder volver…

—Eso es porque parece un lugar real, como si sucediera de verdad, pero sé que no lo es —añadió apresuradamente—. Y el señor Briarley hablaba sobre el Titanic todo el tiempo. Todos los detalles de los que hablo podrían deberse a él o a la película o a Una noche para recordar.

El se relajó visiblemente.

—¿Entonces qué estás intentando decirme?

—Estoy intentando decirte que es el Titanic, no una amalgama o la primera imagen que la A+R encontró para que encajara con todos los estímulos. Es el Titanic por un motivo. Tiene algo que ver con la ECM con su funcionamiento.

—Pero no sabes cuál es el motivo —dijo Richard—. ¿Todo lo que ves encaja con el Titanic?

—No. Tendría que haber gente en la Cubierta de Botes, destapando los botes, y el puente no tendría que estar vacío, y las letras del código de llamada por cable que estaba enviando el operador no eran las correctas.

—Y sigues sin haber visto ni oído el nombre Titanic, ni ninguna referencia a un iceberg. ¿O sí?

—No, pero creo que esas discrepancias y omisiones pueden ser una pista para descifrar la ECM. —Le contó su teoría sobre la imaginería onírica—. Creo que los detalles que no encajan pueden ser simbólicos.

Él asintió como si ésa fuera la respuesta que esperaba. “Y aquí viene”, pensó Joanna.

No se equivocó.

—Tu mente consciente ha inventado una explicación racional para justificar la sensación de significado —dijo él—. El hecho de que sea tan elaborada, incluso para explicar los detalles que no encajan en el escenario, tiene que significar que la estimulación del lóbulo temporal es básica de la ECM. La sensación que tienes de que hay una conexión…

—Lo sé, lo sé, no importa. La sensación que tengo es una sensación de conocimiento incipiente, es una sensación de significado, y está ahí mismo en los escaneos. Sólo tengo una pregunta.

—¿Cuál es?

—¿Cómo serían los escaneos si no fuera sólo una sensación del lóbulo temporal, si realmente hubiera una conexión? ¿Se verían diferentes? No importa.

No iba a convencerlo hasta que tuviera la conexión en sus manos, y pudiera mostrársela.

No podía hacerlo hasta que volviera a someterse al experimento, pero al menos podía intentar descifrar lo que ya había visto. Redujo sus ECM a imágenes individuales y dibujó un mapa con las rutas que había seguido y de la Cubierta de Botes, marcando la sala de transmisiones y el puente y el lugar donde estaba el marinero con la lámpara Morse, y luego hizo una segunda lista para Kit. ¿Había un gran piano en el restaurante A La Carte? ¿Una jaula? ¿Estaba la Cubierta D bajo un techo de cristal o al aire libre? ¿Tenía el Titanic una pista de squash?

A últimas horas de la tarde (o al menos eso pensaba ella, cuando miró su reloj eran casi las seis), alguien llamó a su puerta. “El señor Mandrake”, pensó, y miró al pie de la puerta para ver si se veía luz debajo.

Volvieron a llamar.

—Soy Ed Wojakowski, Doc. Le traigo sus chapas de perro. Ella abrió la puerta.

—No son de verdad —dijo él, tendiéndole una cadena con una chapa metálica. El nombre de Maisie estaba grabado con letras claras—. En realidad es una de esas alertas médicas, pero usted dijo que fuera de metal y con una cadena para el cuello, y encontré esto.