—Perfecto —dijo Joanna, dándole la vuelta a la chapa, esperando ver el símbolo rojo de alerta médica, pero estaba liso.
—Le quité los detalles médicos —dijo el señor Wojakowski, muy satisfecho consigo mismo—. Pregunté por ahí como le dije, pero nadie ha visto una de esas máquinas para hacer chapas desde hace años, y luego fui a que me hicieran una receta y allí estaba esto. Te hacen la chapa mientras esperas.
—Gracias —dijo Joanna—. ¿Cuánto le debo? Él pareció ofendido.
—Me alegré de hacerlo. Me recordó aquella vez que estaba en el Yorktown y Bucky Parteri y yo teníamos que conseguir un par de pases de pernocta, para poder ir a ver a aquellas enfermeritas de Lanai. Bueno, pues fuimos preguntando por ahí, pero el capitán y la patrulla estaban de uñas, así que pensamos: y si alguien nos hace un par, y…
Fue una larga historia, en parte derivada sin duda de acontecimientos reales y en parte simbólica. Joanna no intentó adivinar qué era qué. Esperó hasta que pudo encontrar algo parecido a un intermedio en la acción, y dijo:
—Me encantaría seguir escuchando el resto, pero tengo que llevarle la chapa a Maisie. Él asintió.
—Salúdela de mi parte. Ojalá fuera de verdad, como las que tenía en la Marina. ¿Le he contado alguna vez cómo me caí por la borda y la perdí? íbamos de regreso a Pearl…
Eran más de las ocho cuando Joanna consiguió librarse del señor Wojakowski, y Maisie estaba dormida.
—Se la traeré por la mañana —le dijo a Barbara—. ¿Cómo está?
—Han tenido que retirarle el amiodipril.
—Lo sé. Maisie me dijo que han vuelto a darle nadolal. Barbara asintió.
—Se han quedado sin nuevos medicamentos que probar. Por eso su madre insistió tanto en que le hicieran las pruebas clínicas de amiodipril. Están hablando de ponerle un nuevo bloqueador ECA, pero tiene severos efectos secundarios, daños en el hígado y los riñones, y ya está muy débil.
—¿Y un corazón?
—Reza para que haya un accidente con un autobús escolar —dijo Barbara—. Lo siento. Ha sido un día largo, y creo que he pillado la gripe. Ahora está bien, y quién sabe, tal vez haya un milagro.
—Tal vez —dijo Joanna, y subió a repasar meticulosamente sus ECM, buscando pistas, hasta después de las once.
No encontró ninguna, y por la mañana, cuando volvió a ver a Maisie, la niña estaba en quirófano, donde le estaban introduciendo un catéter en el corazón.
—Hasta ahora no ha fibrilado —le contó Barbara—. Me dijo que si venías te diera esto.
Le entregó a Joanna un papel doblado varias veces. Joanna esperó a desplegarlo a estar de vuelta en su despacho. Escrita a lápiz había una lista de barcos: Carpathia, Burma, Olympic, Frankfurt, Mount Temple, Baltic. “Sí que debí de prestar atención en clase”, pensó, aunque al oír los nombres no recordó que el señor Briarley hubiera hablado de ellos en el instituto.
“Lo cual no significa que no lo hiciera”, pensó. Y había ejemplos de gente que recordaba libros y películas casi al pie de la letra. El fenómeno se llamaba criptomnesia. “Y por eso se determinó que Bridey Murhpy lo tenía”, se dijo Joanna amargamente.
—Tenemos un problema —dijo Richard en cuanto fue a verlo.
—¿Tish sigue de baja?
—No, ya ha vuelto, pero el señor Sage acaba de llamar para cancelar su cita.
—¿También tiene la gripe?
—Las cosas del señor Sage —dijo Richard, irritado—. Tardé diez minutos en llegar al hecho de que estaba cancelando su cita. ¿Puedo trabajar contigo?
—Claro. ¿A qué hora?
—Le dije a Tish que a las once.
Ella asintió y volvió a su despacho. Kit había llamado.
—El gimnasio estaba en la Cubierta de Botes —decía su mensaje—, en la banda de estribor justo delante de la zona de oficiales. La sala de transmisiones estaba a babor, al mismo nivel que la zona de oficiales.
Todo lo que había dicho el señor Briarley. ¿Incluyó también el haberles mostrado un mapa de la Cubierta de Botes? No podía recordarlo, pero era posible. Los libros de desastres de Maisie estaban llenos de mapas y diagramas: la ruta que había seguido el avión de Amelia Earhart, las ruinas de Pompeya, el diseño de la góndola del Hindeburg.
Joanna llamó a Kit. Comunicaba. Visitó a Maisie.
—Maisie, dijiste que MGY eran las letras de llamada del Titanic, y luego empezaste a decirme algo más. ¿Qué era?
—Dijiste que no hablara de nada excepto de lo que me preguntaras.
—Lo sé. Eso todavía vale, menos para esto. ¿Qué ibas a decir?
—Que sabía lo que era MGY por el mensaje que envió el Titanic. “MGY CQD PB. Vengan de inmediato. Hemos chocado con un iceberg.” CQD significa socorro —explicó Maisie.
—Creía que el Titanic envió un SOS.
—Lo hizo, pero… ¿seguro que puedo decirte esto?
—Seguro.
—Bueno, primero envió un CQD, y entonces Harold Bride, que era el otro operador, dijo, riéndose: “Enviemos un SOS. Es un nuevo código de socorro, y tal vez sea tu última oportunidad de enviarlo.”
31
Bueno, qué se le va a hacer.
Todo el tiempo que estuvieron preparando a Joanna, Tish no paró de hablar sobre lo enferma que había estado.
—Creí que iba a morirme —dijo, y no parecía demasiado triste por ello—. Me dolía todo el cuerpo y estaba marcadísima. —Colocó los electrodos en el pecho de Joanna—. Prácticamente me desmayé camino del coche —dijo, colocando el antifaz sobre los ojos de Joanna—, y ese doctor que iba conmigo en el ascensor tuvo que llevarme a casa. Se llama Ted.
“Bueno, no es extraño que esté tan parlanchína”, pensó Joanna, deseando que Tish se diera prisa y le colocara los auriculares. Quería concentrarse en lo que iba a hacer y adonde iba a ir cuando llegara a bordo.
Si llegaba a bordo. Richard había anunciado que iba a disminuir la dosis:
—Lo cual disminuirá la cantidad de estimulación del lóbulo temporal. Eso debería reducir la intensidad de la sensación de significado, lo cual debería permitir una imagen unificadora diferente.
“No, no lo hará —pensó Joanna—, pero no es eso. Hay una conexión, y voy a averiguar cuál es. Pero primero tengo que asegurarme de que no es una amalgama.”
—Ted insistió en acompañarme y dejarme en la cama antes de marcharse —estaba diciendo Tish, con los auriculares en la mano, dispuesta a colocárselos—. Es nuevo aquí. Es ginecólogo, y… —Se inclinó sobre Joanna y susurró—: Es monísimo, el pelo de un rubio algo más oscuro que el del doctor Wright, y tiene los ojos gri…
—Tish, ¿está lista Joanna? —llamó Richard desde la consola.
—Casi. —Volvió a bajar la voz—. Ojos grises y ningún escáner.
Y afortunadamente le colocó los auriculares.
“Muy bien —pensó Joanna—, voy a intentar encontrar la Gran Escalera, y si eso falla, el Salón Comedor de Primera Clase.” Las sillas de terciopelo verde con la flor de lis demostrarían que era el Titanic, y podría hacer también menús o la lista de precios con RMS Titanic escrito. Pero el restaurante A La Carte estaba cerrado. ¿Y si el salón comedor lo estaba también? Y apareció en el pasillo.
Estaba seco, y plano, y sólo había unas cuantas personas fuera de la puerta.
“Debe de ser más temprano”, pensó Joanna, pero cuando se acercó al umbral, la mujer joven se había cambiado el camisón por un abrigo rojo y una estola de pieles hecha con cabezas de zorro rojo, con morros afilados y brillantes ojos negros de cristal. La mujer con el pelo recogido llevaba también un abrigo, y un salvavidas.