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—Recuerdo a todos mis alumnos, aunque hubo hordas de ellos, brillando en púrpura y oro. Usted estaba en segundo curso. Le gustaba La balada del viejo marinero, que yo recuerde. “Solo, solo, completamente solo, solo en el amplio, amplio mar.” Y usted nunca preguntaba: “¿Esto caerá al final?”

—Es porque sabía lo que contestaría usted —sonrió Joanna—. Siempre decía: “Todo caerá al final.”

—Y así será —dijo el señor Briarley—. Saber eso no impedía que Ricky Inman lo preguntara. Dígame, ¿todavía se mece en su silla y se cae?

—No lo sé —respondió Joanna, riendo—. Hoy en día es corredor de bolsa.

—¿Y usted? Déjeme ver, que yo recuerde, pretendía graduarse en psicología.

—Lo hice —dijo Joanna, pensando alegremente: “Se acuerda. Este es el viejo señor Briarley, tal como solía ser, gracioso y mordaz y listo, y ésta es la conversación que deberíamos haber tenido aquel día en la casa”—. Ahora estoy en el hospital Mercy General. Estoy trabajando en un proyecto de investigación sobre las experiencias cercanas a la muerte.

—Lo cual explica por qué no está en la lista de pasajeros —dijo él—. Estaba seguro de no haber visto su nombre. Experiencias cercanas a la muerte. Testimonios de aquellos que han regresado para contarlo. “Han llegado los tiempos en que, cuando el cerebro se agota, el hombre muere y hay un final, pero ahora vuelven a levantarse.” ¿Y qué ha descubierto en esos viajes al “país de cuyas fronteras ningún viajero regresa”?

—Yo… —dijo Joanna, y al otro lado de la biblioteca la puerta se abrió y entró el sobrecargo.

Se acercó rápidamente a ellos.

—Usted perdone, señorita —le dijo a Joanna, y se volvió hacia el señor Briarley—. Si puedo hablar con usted un momento, señor.

—Por supuesto —contestó el señor Briarley. Los dos hombres se acercaron a los estantes, y el sobrecargo empezó a hablar en voz baja y apremiante. Joanna entendió las palabras “me pidió que le preguntara” y “saber qué ha sucedido”.

—Dígales… —dijo el señor Briarley, y Joanna avanzó un paso, intentando escuchar. Mientras lo hacía, su mano rozó la mesa y volcó el tintero. La tinta salpicó el suelo, empapándolo de oscuro. Joanna se agachó para enderezar el frasco, buscando un pañuelo en su bolsillo.

—Sí, señor, gracias, señor —dijo el sobrecargo—. Se lo diré. Se sentirán muy aliviados.

El sobrecargo salió, y el señor Briarley regresó a la mesa donde Joanna estaba arrodillada, secando la tinta derramada.

—No importa —dijo, tomándola del brazo para ayudarla gentilmente a incorporarse—. No importa. Venga, siéntese y dentro de un momento iremos a tomar té —dijo, sentándose de nuevo a la mesa—. Tengo que terminar de escribir una nota primero.

Recogió la pluma y se puso a escribir.

Joanna había olvidado que había ido allí a buscar el nombre del Titanic en el membrete. Observó la nota que él estaba escribiendo, esperando que la carta estuviera boca arriba para ver el encabezado, pero no era una carta. Era una postal.

—Estaba escribiendo un mensaje para mi sobrina —dijo el señor Briarley. No había ningún membrete impreso en la postal, sólo tres líneas para la dirección y las palabras “Querida Kit”.

—¿Conoce a mi sobrina? —preguntó él, y antes de que ella pudiera responder, dijo—: Le gustaría. Se llama así por Kit Marlowe. “¿Es este el rostro que lanzó mil naves?” Aunque dudo que se refiriera a éste. Y: “El honor se consigue con las obras que hacemos. No se gana hasta que se realiza un acto honorable.” ¿Consiguió ganarlo?, me pregunto. Siempre tenemos menos tiempo del que imaginamos. Tiempo que en su caso terminó bruscamente en una taberna en Deptford.

—Lo sé.

El señor Briarley pareció complacido.

—¿Lo recuerda de sus clases?

—No, vi la película Shakespeare in love. Con Gwyneth Paltrow. “No puedo creer que esté teniendo esta conversación”, pensó.

—Vielle y yo la alquilamos.

—Apuñalado —dijo el señor Briarley—. Una forma rápida de morir, aunque quizá no tan rápida como él imaginaba. O tan serena, aunque tal vez tuviera alguna idea. “Rezad por mí”, dice Fausto, “y sea cual sea el ruido que oigáis, no vengáis a mí, pues nada podrá rescatarme”. Aunque eso no es siempre cierto. Y, en cualquier caso, siempre hay tiempo para tomar el té, aunque es una lástima que no hubiera sabido antes que estaba usted a bordo. Habríamos tenido tiempo de hablar de muchas cosas, “de zapatos y barcos”…

Se levantó, quitó su chaqueta del respaldo de la silla y se la puso.

—Y tiempo para resolver los misterios del universo. Bueno, no se puede evitar, y tendría que haber tiempo para tornar el té, al menos.

Recogió la postal y se la guardó en la chaqueta, demasiado rápidamente para que Joanna pudiera atisbar más que una foto coloreada a mano de un barco y un océano azul claro, el cielo celeste, en el otro lado.

—Tengo que hacer un encargo primero, y luego iremos al restaurante Á La Carte. No, quizá sea mejor ir al Palm Court. Está más hacia popa. —Miró su reloj—. Sí, decididamente el Palm Court, pero he de llevar esto a la oficina de correos primero.

—¿La oficina de correos? —dijo Joanna, pensando en el oficial de correos que arrastraba la saca mojada escaleras arriba—. No, espere, señor Briarley.

Pero ya había salido por la puerta de la biblioteca. Ella corrió tras él y salió a cubierta.

—¡Señor Briarley! —llamó, pero él desapareció por otra puerta—. No puede bajar a la sala de correo —gritó, abriendo la puerta y bajando los escalones de mármol hasta la estatua de bronce situada al pie— Ya está sumergida —dijo, y se detuvo, contemplando la estatua.

Era un querubín, con alas y pelo rizado, alzando una antorcha dorada. “Sabía que había una entrada en la Cubierta de Paseo”, pensó Joanna. Porque no podía haber ningún error y ésa era la Gran Escalera. Y no podía haber ningún error sobre el barco en el que se encontraba.

Se dio la vuelta y miró hacia arriba, y allí, en lo alto de la escalera, estaba el reloj de bronce flanqueado por dos ángeles, con largas túnicas y alas. El Honor y la Gloria coronando al Tiempo. Joanna miró la claraboya. El vidrio curvado tenía el mismo color lechoso dorado que la claraboya de la escalera de popa, pero ésta era mucho más grande, y de su centro colgaba una lámpara de cristal cuya luz irradiaba como chispeantes prismas diamantinos.

—Es el Titanic —dijo Joanna, y se volvió hacia el señor Briarley.

No estaba allí. Mientras ella miraba la claraboya, él había desaparecido. ¿Por qué camino se había ido? Corrió hasta el pie de las escaleras para mirar por encima de la barandilla las cubiertas de abajo.

—¡Señor Briarley! —gritó, pero él no se encontraba en la escalera, y mientras se inclinaba hacia delante, tratando de ver en la oscuridad, oyó una puerta cerrarse a la izquierda. Corrió en la dirección del sonido por un largo pasillo profusamente iluminado, con una alfombra roja, en dirección a la puerta que acababa de cerrarse.

—¡Señor Briarley! —llamó, abriendo la puerta. Más allá, el pasillo se ensanchaba y giraba, y había otra escalera, y en la cubierta de abajo, el sonido de otra puerta cerrándose. Joanna bajó las escaleras. Junto a ella había una salita con una barra roja y blanca. La barbería, y a su lado, en el rincón, una ventanita con un carteclass="underline" “Oficina del sobrecargo.” La oficina de correos debía de estar cerca.

Entre la barbería y la oficina del sobrecargo había una puerta. No tenía ningún cartel, pero cuando Joanna apoyó la mano, se abrió con facilidad. Dentro, cables cubiertos de tela roja y blanca se cruzaban y entrecruzaban sobre un gran panel de madera, y saliendo de alguna parte (de los auriculares, situados delante del panel) había un rinrineo insistente.