La centralita del barco, pensó Joanna, corriendo y doblando la esquina. Aquel pasillo no estaba iluminado, y después de las brillantes luces de la escalera no podía ver nada. Dio unos cuantos pasos vacilantes.
—Vaya, si es mi pasillo —dijo.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Richard bruscamente.
—Fallecido —dijo Tish—. Creo que está despierta.
—No puede ser —dijo Richard, y Joanna notó que le quitaban el antifaz.
Abrió los ojos.
—Sí que lo estoy, pero no he dicho “fallecido”. He dicho “pasillo”. Entré por error. No me he dado cuenta de que era mi pasillo. —Intento sentarse—. Era el otro extremo. Yo estaba…
—Quédese quieta —dijo Tish, envolviendo un tensiómetro en el brazo de Joanna—. Ni siquiera le he tomado las constantes vitales todavía.
—No habría entrado si me hubiera dado cuenta…
—Quédese quieta —dijo Tish. Joanna obedeció, esperando a que Tish terminara de examinarla y empezara a desconectar los electrodos y la intravenosa.
—¿Cree que fue por la dosis más baja? —preguntó Tish, sacando la intravenosa y guardándola.
—No lo sé —dijo Richard—. Estaba muy por encima del umbral.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Joanna, volviendo la cabeza para ver a Richard.
—Salió despedida de la experiencia —dijo Tish—. Como la señora Troudtheim.
—¿Despedida? —dijo Joanna, asombrada—. Pero no puede ser. Estaba en… —Miró a Tish—. Estaba allí. Estuve un buen rato. Richard la ayudó a sentarse.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé —respondió Joanna, tratando de pensar. Había subido a la Cubierta de Botes y hablado con Greg Menotti y luego tuvo la conversación con el señor Briarley. ¿Cuánto tiempo había durado? Y luego había bajado la Gran Escalera…
—Oh, tengo algo que decirte. Sobre lo que vi. Es decididamente el… lo que discutimos antes.
—¿Cuánto tiempo? —repitió él, como si no la hubiera oído.
—Una hora como mínimo.
—¿Una hora? —estalló Tish.
—¿Tienes un recuerdo continuo de los hechos? —preguntó Richard—. ¿No destellos fragmentados?
—No. Fue igual que las otras veces. Todo sucedió en una secuencia.
—¿Qué hay de la dilatación temporal? Ella negó con la cabeza.
—No había nada acelerado ni más lento. Todo sucedió en tiempo real.
Sólo que obviamente no había sido así.
—¿Cuánto tiempo estuve bajo los efectos?
—Dieciocho segundos —dijo Richard—. ¿Cuánto tiempo fue comparado con las otras veces?
—Más largo —respondió ella sin dudar.
—Entonces esa ECM y la del señor Sage confirman que no hay ninguna correspondencia entre el tiempo subjetivo y el tiempo dilatado —dijo él, y Joanna pensó de pronto en Lavoisier. ¿Cuánto tiempo había estado realmente consciente? ¿Y cuánto tiempo había pasado para él entre parpadeo y parpadeo?
—¿Fue una ECM completa o se cortó por la mitad?
—Ambas cosas —dijo Joanna, deseando que Tish terminara de desconectarla para poderse explicar—. Estaba intentando encontrar al señor Briarley. Iba a la oficina de correos, y yo trataba de alcanzarlo, y empecé a recorrer el pasillo…
—¿Oficina de correos? —dijo Tish—. Creía que se suponía que se ve el cielo.
—… y no me di cuenta hasta que ya estuve en él de que era el mismo, y entonces fue demasiado tarde. Ya había regresado al laboratorio.
—¿Entonces el final fue diferente? —dijo Richard, ansioso.
—Sí y no. Volví por el mismo pasillo, pero fue más súbito que en otras ocasiones. Hubo un corte más brusco.
Richard se acercó a la consola y tecleó rápidamente, y luego contempló la pantalla.
—Justo lo que pensaba. Tu último escaneo es idéntico al de la señora Troudtheim.
Empezó a teclear otra vez.
—Necesito que grabes y transcribas tu testimonio lo antes posible.
—Lo haré —dijo Joanna—, y después quiero hablar contigo sobre lo que vi.
El asintió, ausente, contemplando las pantallas. Joanna lo dejó por imposible y fue a cambiarse, se puso la blusa y la chaqueta y los zapatos, y cuando salió Richard seguía tecleando. Tish enrollaba los cables del monitor. Ya casi había terminado de guardarlo todo. “Esperaré a que se marche y le contaré a Richard lo de la Gran Escalera”, pensó Joanna, y acercó una silla al otro extremo del laboratorio, se sentó y conectó la grabadora.
“Por supuesto él dirá probablemente que lo he imaginado a partir de la conversación que tuvimos”, pensó, y empezó a grabar.
—Joanna Lander, sesión sexta, 2 de marzo. Oí un ruido y aparecí en el pasillo —dijo en voz baja. Describió sus intentos por encontrar la Gran Escalera, su infructuosa conversación con Greg Menotti, su salida a la Cubierta de Paseo—. Caminé por la cubierta hasta la luz del bar —dijo, y se le ocurrió algo.
Ella había dicho una hora, y decididamente había parecido ese tiempo, pero una hora después de la colisión el barco habría tenido una inclinación considerable. Tal vez había dilatación temporal, después de todo, o tal vez era otra discrepancia que significaba algo.
“Tengo que contárselo a Richard”, pensó, y miró hacia la consola. El estaba sacando los papeles de la impresora.
—Joanna —dijo—. Quiero enseñarle estos papeles a la doctora Jamison a ver qué opina.
Y se marchó antes de que ella pudiera apagar la grabadora.
Casi se había levantado de la silla. Volvió a sentarse, frustrada, y continuó grabando desde donde lo había dejado, describiendo al hombre que repartía cartas, la biblioteca, al hombre que vio en el escritorio.
—Y cuando levantó la cabeza, vi que era el señor Briarley, mi profesor de lengua del instituto, pero no era el señor Briarley que vi hace cinco días. Recordaba mi nombre y en qué clase estuve, y parecía bien y feliz…
Bien y feliz. “Mi madre parecía bien y feliz —había dicho la señora Isakson—, no como la última vez que la vi. Se quedó tan delgada al final, y tan amarilla.” Y Joanna pensó que así era como los que experimentaban una ECM describían a sus parientes muertos, con sus miembros y su; facultades restauradas.
El señor Briarley recordaba per qué Kit se llamaba así, había podido citar La Balada del viejo marinero.
“Está muerto —pensó Joanna, y una corriente de temor la atravesó—. Se ha muerto. Por eso lo vi a bordo. Las historias que Mandrake me contó sobre ver a alguien en una ECM y descubrir luego que están muertas son verdad.
“No, no lo son —pensó, mirando la grabadora en su mano—. Sabes perfectamente bien que ninguno de esos casos está documentado, que los sujetos jamás mencionaron haber visto a la persona hasta después de tener confirmación externa de la muerte, como esos médiums que decían haber “visto” a W. T. Stead a las dos y veinte la noche en que se hundió el Titanic. Nadie había dicho nada hasta después de ver el nombre de Stead en la lista de desaparecidos. Esas historias no son ciertas. El señor Briarley no está muerto. Lo viste porque estabas pensando en el, porque te preocupabas por él. ¿Entonces por qué no vi a Vielle? ¿O a Maisie? ¿Y por qué sí vi a Greg Menotti?
“Porque está muerto —pensó—, los muertos son los que están a bordo, y sintió de nuevo el escalofrío de temor. Tengo que averiguarlo. Tengo que llamar a Kit.”
Pero si llamaba y le había pasado algo al señor Briarley, estaría exactamente en la misma situación que los ECM del señor Mandrake.
No tendría pruebas de que no había tenido un conocimiento previo de su muerte, que no había hablado con Kit primero y luego imaginado la presencia del señor Briarley en la biblioteca.