—Tengo que irme —dijo Nina, mirando la puerta. Tres llamadas. Cuatro.
—¡Estoy bien! —aulló la mujer—. ¡No comprenden, vi la señal! ¡Era real!
—¡Nina! ¡Ven aquí! ¡Guardia!
—Deje el teléfono en el mostrador cuando termine. —Nina salió, cerrando la puerta tras ella. Seis llamadas. Siete.
—Hola —dijo el señor Briarley. Joanna se sintió llena de alivio.
—¿Señor Briarley?
—Sí. ¿Quién llama?
—Yo… soy Joanna Lander —tartamudeó—. Yo…
—Oh, sí, señorita Lander. ¿Quiere hablar con Kit?
—Sí.
—Voy a llamarla. ¡Kit! —lo oyó decir—. Es Joanna Lander. Y Kit se puso al teléfono.
—Oh, hola, Joanna, me temo que no he tenido mucho tiempo para buscar el libro ni las cosas que me pediste. El tío Pat se cortó el pulgar y…
—Lo sé. ¿Se encuentra bien?
—Está bien, aunque me asusté un montón cuando vi toda esa sangre. No sabía que un corte en el pulgar sangrara de esa forma.
—”Sus manos y rostros estaban tintos en sangre” —dijo al fondo la voz del señor Briarley.
—Por suerte, la señora Gray estaba aquí —dijo Kit—. Lo vendó hasta que pude llevarlo a Urgencias.
—¿Cómo se lo hizo?
—Se rompió un vaso de zumo, y trató de recoger los pedazos —contestó Kit, y Joanna se preguntó si ésa era toda la historia, o si él había estado desmantelando la cocina de nuevo.— ¿Pero está bien?
—Está bien. Me preocupaba que la sala de urgencias lo trastornara, pero es uno de sus días buenos. —Se echó a reír—. No dejó de recitarle Macbeth al personal.
—”Igual que sus dagas, que encontramos desenvainadas, sucias de sangre,”
Estaba bien. No sólo bien, sino que tenía un buen día.
—¿Quién está al teléfono? —dijo el señor Briarley—. ¿Es Kevin?
—Será mejor que me vaya —dijo Kit.
—Si es Kevin, dile que el trabajo es “El hundimiento del Hesperus”. Páginas 169 a 180. Dile que caerá en el examen final.
—Me alegro de que esté bien —dijo Joanna.
—”¡Oh, padre, veo una luz brillante! Oh, dime, ¿qué puede ser?” “Y se acabó el buen día”, pensó Joanna.
—Te llamaré en cuanto encuentre el libro —dijo Kit, y colgó.
No estaba muerto. Tenía confirmación exterior. ¿Entonces por qué seguía teniendo aquella sensación? Persistía, a pesar del alivio que había sentido al oír la voz del señor Briarley, a pesar del hecho de que nadie se moría por un corte en el pulgar. Tal vez una especie de mensaje, una premonición.
Sonó un súbito alarido, y un estrépito.
—Señora Rosen —dijo Nina, exasperada—. ¡Los británicos no van a venir!
—¡Sí vendrán! —gritó la mujer, alzando espantosamente la voz—. ¡Vi la luz!
“La sensación es un mensaje, sí —pensó Joanna—, un mensaje de que empiezas a parecer tan loca como la mujer de ahí fuera. Richard tenia razón. Te estás convirtiendo en Bridey Murphy.
“No fue una premonición, ni una precognición, ni una prueba de que el señor Briarley estaba muerto. Fue una sensación sin contenido, provocada por la estimulación del lóbulo temporal. ¿Y qué hay de la sensación de que el Titanic es la clave de la ECM? ¿No demuestra esto que es también algo puramente químico?”
—No —dijo tozudamente a la centralita de la radio y los cables colgantes—. Significa algo, y voy a averiguar qué es.
Lo cual significaba llamar a Betty Peterson otra vez y repasar los testimonios de las ECM línea a línea, buscando pistas.
Nina le había pedido que llevara el teléfono al mostrador. Lo recogió y abrió la puerta. La mujer que decía que venían los ingleses había dejado de gritar. Joanna se asomó a la puerta para ver si seguía allí.
No estaba, y Joanna no vio a Nina por ninguna parte. El guardia de seguridad seguía apoyado contra la pared, y las enfermeras de uniforme se movían tranquilamente por entre las salas de Traumatología. A mitad del pasillo un joven con bata y zapatos de tenis (¿el doctor Carroll?) leía una gráfica.
Pero no se podía saber cuándo aparecería el próximo colgado con picara o el siguiente matón. Joanna se dirigió a la puerta lateral, atenta a todo aquel que pareciera peligroso. “Al menos Vielle no está aquí —pensó, mientras pasaba junto a dos monitores cardíacos—. Y tal vez unos cuantos días lejos de Urgencias le hayan dado una nueva perspectiva.” Joanna se acercó al mostrador y depositó el teléfono. La puerta de la Sala de Traumatología 2 se abrió y salió un celador, hablando con una enfermera negra con gorrito quirúrgico y pijama azul oscu…
—¡Vielle! —dijo Joanna. Empezó a cruzar el abarrotado espacio que las separaba—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Vielle se había vuelto al escuchar su nombre. Al ver a Joanna, se agarró impulsivamente el brazo derecho y lo acercó a su cuerpo, como para protegerlo.
—Creía que no ibas a volver hasta la semana que viene —dijo Joanna—. ¿Qué te ha hecho cambiar de…?
Y entonces vio lo que Vielle estaba protegiendo. No, ocultando. Era un vendaje, y cubría la mitad de su antebrazo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Joanna, desconcertada.
—¿No se ha enterado de que le dispararon a Vielle? —preguntó el celador.
—¿Disparado?
—Llega un tipo, agita una pistola y dice “¿Dónde…?”
—¿No tienes trabajo que hacer? —dijo Vielle bruscamente—. Hay que cambiar la cama de la cuatro. Y limpiar el suelo. —Pero estaba mirando a Joanna.
Joanna no podía apartar los ojos del brazo vendado de Vielle.
—No tenías la gripe —dijo, anonadada—. Te dispararon.
—Joanna…
—Podrían haberte matado. Vielle sacudió la cabeza.
—Es sólo una herida superficial. No…
—Me dijeron que te fuiste a casa con la gripe. ¿Dónde estabas? ¿Arriba en la UCI?
—No, por supuesto que no. La bala apenas rozó la piel. Ni siquiera tuvieron que darme puntos.
—Por eso no me dejabas acercarme por tu casa. Dijiste que no querías que pillara la gripe, pero es porque no querías que supiera que te han disparado.
—Joanna…
—Me dijiste que ibas a quedarte en casa para recuperarte. ¿Lo hiciste, o era también mentira, y volviste al trabajo al día siguiente porque no podías esperar a que te pegaran otro tiro?
—No te lo dije porque sabía que te inquietarías, y no veía ningún motivo para…
—¿Que me inquietaría? ¿Que me inquietaría? —dijo Joanna furiosa, y el doctor Carroll y una de las enfermeras se volvieron a mirarlas. El guardia de seguridad empezó a ponerse en pie—. ¿Por qué debería inquietarme, sólo porque le han pegado un tiro a mi mejor amiga?
—Baja la voz —susurró Vielle, mirando ansiosamente hacia el guardia de seguridad—. No te lo dije precisamente por eso, porque sabía que exagerarías…
—¿Exagerar?
—¿Algún problema, enfermera Howard? —preguntó el guardia de seguridad, acercándose a ellas, la mano en la pistola.
—No, ningún problema.
—Sí —le dijo Joanna—, ¿dónde estaba usted cuando entró el tipo con la pistola? —Se volvió hacia Vielle—. ¿Cuándo planeabas decírmelo exactamente? ¿O no lo planeabas? Si te hubiera atravesado el corazón con una bala, ¿me lo habrías dicho entonces?
Y se dio media vuelta y salió de Urgencias.
—Joanna… —la llamó Vielle.
Atravesó la puerta lateral. Tras ella, oyó decir a Vielle:
—Sustituidme. Volveré en unos minutos. Joanna, espera… Joanna la ignoró y continuó pasillo abajo.
—¡Joanna, por favor! —Vielle la alcanzó antes de que llegara a las escaleras—. No te enfades —dijo, agarrando el brazo de Joanna con la mano izquierda—. El motivo por el que no te lo dije es…