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—Porque sabías lo que te diría. Tienes razón. Lo habría dicho. ¿De verdad esperabas que me quedara tan pancha y viera cómo matan a mi mejor amiga?

—Fue sólo un arañazo —protestó Vielle—. No me disparó a mí. Ni siquiera creo que supiera que tenía una pistola. Estaba colgado con Pícara…

—Con picara —dijo Joanna—, que ha causado un aumento del veinticinco por ciento en las bajas de Urgencias.

—No comprendes. La culpa es también mía. Tendría que haber visto que estaba demasiado colocado para intentar razonar con él. Creí que podría calmarlo y lo agarré del brazo. Lo primero que dicen las normas es: “No intenten agarrar al paciente.” No tenía por qué…

—No tienes por qué trabajar en Urgencias —le interrumpió Joanna—. ¿Cuántos avisos más necesitas? No te lo dirán más claro. Tienes que salir de aquí.

—No puedo. Andamos cortos de personal. Dos de nuestras enfermeras están de baja con gripe, y la mala publicidad hace que no podamos encontrar sustitutas. Mira, no volverá a suceder. Han contratado a otro guardia de seguridad más. Empieza mañana, y el hospital está hablando de instalar un detector de metales.

—¿El hospital que respondió al último tiroteo haciendo circular un memorándum? Vielle, escúchame. Tienes que pedir el traslado. Vielle la miraba con expresión extraña.

—De acuerdo —dijo. Joanna parpadeó.

—¿Pedirás el traslado?

—Haremos un trato. Yo pediré que me trasladen de Urgencias y tú le dirás a Richard que no puedes seguir siendo su conejillo de indias. Joanna se la quedó mirando.

— ¿Renunciar al proyecto? ¿Por qué?

—¿No acabas de decir que no podías quedarte tan pancha y ver cómo mataban a tu mejor amiga? Bueno, pues yo tampoco. Estoy preocupada por ti.

—¿Preocupada por mí? Tú eres la que tiene un brazo vendado. Tú eres la que…

—Tú eres la que tiene ojeras prácticamente hasta las rodillas —dijo Vielle—. ¿Te has mirado en un espejo últimamente?

—Estoy bien.

—Eso es lo que decía la mujer que acaba de estar aquí, la que no para de gritar “¡Vienen los ingleses!”; la que no se da cuenta de que está loca. Estás más nerviosa que un gato, te abstraes cuando la gente te habla. Cuando bajaste a Urgencias hace un rato, parecías…

—¿Me viste? —preguntó Joanna, otra vez enfadada—. ¿Qué hiciste, esconderte de mí? Claro —dijo, recordando de repente cómo Nina miraba ansiosamente alrededor y luego la llevaba a la sala de comunicaciones—. Esperaste hasta que creíste que me había ido.

—No cambies de tema —replicó Vielle—. Estabas blanca como un fantasma. Sigues blanca como un fantasma.

—¿Y cómo quieres que esté? Acabo de enterarme de que a mi mejor amiga le ha pegado un tiro un lunático.

Tablas. Se quedaron allí mirándose, midiéndose como un par de perros de pelea durante un largo minuto, y entonces Vielle dijo pacientemente:

—Estás agotada, estás perdiendo peso…

—He estado ocupada —dijo Joanna, a la defensiva—. La cafetería está siempre cerrada…

—La cafetería no tiene nada que ver con que desaparezcas durante horas y des un respingo si alguien te habla. ¿Sabes como quién estás actuando?

—¿Como Julia Roberts en Línea mortal? —dijo Joanna sarcástica.

—Como Julia Roberts en Mary Redly. También tenía ojeras, y casi se muere porque se negaba a dejar de trabajar para el doctor Jekyll.

—Richard no es Mister Hyde.

—Richard no se daría cuenta si te cayeras de bruces a menos que apareciera en uno de sus escaneos. Tienes que decirle que no puedes seguir con el experimento.

—No puedo.

—¿Por qué no?

“Porque significa algo —pensó Joanna—. Porque es importante.”

—Richard no tiene más sujetos, excepto el señor Sage, y es inútil. Hay que entregar un informe de progresos dentro de dos semanas, y ni no descubrimos pronto cómo funciona la ECM… —Se interrumpió y empezó otra vez—. Si es un mecanismo de supervivencia, podría ser utilizado para revivir pacientes que han entrado en parada, y la clave son las imágenes que estoy viendo en mis ECM. Tengo que descubrir qué significan.

Vielle la observaba solemne.

—Es por Maisie Nellis —dijo, asombrada—. Crees que vas a hacer algún gran descubrimiento sobre las ECM que ayude a recuperar a los pacientes cuyos corazones se han agotado. Por eso te uniste al proyecto en primer lugar, no para descubrir de primera mano cómo son las ECM, ni porque el doctor Wright fuera el doctor Right. Lo hiciste porque pensaste que podrías salvar a Maisie de morir ahogada.

—Yo no…

—Enfermera Howard —llamó Nina, asomando la cabeza por la puerta-—. La enfermera Gilbert quiere hablar con usted.

—Dile que voy dentro de un momento.

La cabeza de Nina desapareció y luego volvió a asomar.

—¿Dónde está el escopio de fibra óptica de gastroenterología?

—Sala de Reconocimiento Dos —dijo Vielle—, a mano izquierda en el armario, sobre el lavabo. —Nina desapareció. Vielle se volvió hacia Joanna.

—Cuando empecé en Urgencias, pensé que si trabajaba con todas mis fuerzas podría arreglarlo todo. Podría salvar la vida de todo el mundo. —Sonrió amargamente—. No se puede. Sólo somos humanos.

—Pero hay que intentarlo.

—¿Aunque eso signifique arriesgar tu propia salud? Y no me digas que quieres morir como Sullivan o Gilbert, quienquiera que fuese de los dos, porque, confía en mí, morir no es algo que una quiera hacer. Trabajo con la muerte todos los días. Es algo que hay que evitar a toda costa.

—¿Entonces por qué sigues trabajando aquí? Nina volvió a asomarse.

—Está cerrado.

—La llave está en el mostrador del puesto. Cajón superior, a mano derecha.

—Y Stan quiere saber si tiene que hacer turno doble esta noche. Vielle suspiró.

—Dile que le pregunte al señor Avila. El sabrá qué ha pasado.

Él sabrá qué ha pasado. “Pregunte al señor Briarley —le había dicho el hombre de la barba al sobrecargo—. El sabrá qué ha sucedido.” Tenía razón. El señor Briarley de a bordo recordaba a Ricky Inman y La balada del viejo marinero.

Recordaría lo que dijo en clase. “Tendría que haberle preguntado allí mismo”, pensó Joanna. Habría podido decírselo, y entonces supo, con un estallido de comprensión, por qué estaba allí. No porque estuviera muerto. Porque sabía la respuesta.

—Bueno, entonces pregúntale a ella dónde está el señor Ávila —estaba diciendo Vielle.

“Tengo que decirle a Richard que vuelva a someterme a la prueba —pensó Joanna—, para que pueda preguntarle al señor Briarley qué dijo.”

—Muy bien —decía Vielle, resignada—. Ahora mismo voy. Se volvió hacia Joanna.

—¿Y si las dos lo dejamos ahora mismo y salimos por esa puerta?

—Señaló la puerta que conducía al aparcamiento—. Subimos a mi coche y vamos a alguna parte donde nunca nieve ni haya ninguna Nina.

—Ni colgados con picara.

—Ni gente enferma.

—Ni señoras Davenport. Vielle sonrió.

—Y una cafetería abierta las veinticuatro horas del día.

—Acabas de describir el Otro Lado del señor Mandrake. —Joanna sonrió.

—Excepto la parte de la señora Davenport —dijo Vielle—. ¿Puedes imaginar lo horrible que sería? Te mueres y atraviesas el túnel, y allí, esperándote en la luz, está la señora Davenport. ¿Imaginas algo peor que eso?

“Sí”, pensó Joanna.

—Me contentaré con que no haya nieve —dijo Vielle—. ¿Qué te parece? Nos vamos a Hollywood y nos buscamos trabajo como asesoras de películas. Les diré por qué la gente no puede sobrevivir en agua helada, y tú les dices cuáles fueron las últimas palabras de John Belushi. Tenemos las credenciales. Todas esas noches de picoteo.