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Nina volvió a asomar la cabeza.

—El doctor Carroll dice que te diga que llega gente. Un choque entre tres coches en la I-70.

—Ya voy —dijo Vielle, y se encaminó hacia la puerta—. Piénsalo, ¿quieres?

—¿Lo de Hollywood?

—Lo de renunciar. Estoy muy preocupada por ti, ¿sabes?

—ídem —dijo Joanna.

—O, si no dimites, piensa en pedirte un par de semanas libres para recuperar sueño y eliminar cualquier exceso de ditetamina de tu sistema. Prométeme que te lo pensarás.

—Te lo prometo —dijo Joanna, pero en cuanto Vielle entró en Urgencias, corrió escaleras arriba, cruzó el pasillo elevado y llegó al laboratorio para convencer a Richard de que volviera a someterla al tratamiento.

33

Todo ha salido mal, chica.

Ultimas palabras del novelista ARNOLD BENNETT.

Richard no estaba. “Menos mal”, pensó Joanna, viéndose en el espejo del vestidor. Tish había dejado la puerta abierta después de su sesión de maquillaje y el reflejo de Joanna parecía espantado y despeinado, como de alguien escapado de Pompeya.

“Si Richard me viera así, nunca volvería a someterme al tratamiento”, se dijo. Y tenía que hacerlo. Tenía que preguntarle al señor Briarley cuál era la conexión.

La declaración y la cinta sellada que había hecho firmar a Tish estaban en la mesa de Richard, donde las había dejado. Las recogió. Podía romper la declaración y quitarle el sello a la cinta, y Richard nunca tendría que saber nada sobre el asunto. Si Tish decía algo, podía decir que sólo quería documentar el hecho de que había grabado su ECM inmediatamente después de su sesión.

Pero entonces sería tan mala como Vielle. Peor, porque aquello era un experimento científico, y Richard no podría elaborar una teoría sin tener todos los datos. “Tienes que decírselo.” Pero no quería parecer una chalada cuando lo hiciera. Se peinó y se aplicó lápiz de labios para atenuar la palidez, y luego se quedó allí tratando de pensar una manera de explicárselo a Richard, pero la imagen de Vielle y un chico empuñando una pistola seguía apareciéndosele. Si se hubiera movido un poco más a la derecha, si la bala hubiera rebotado de manera algo distinta…

Richard entro y se encaminó directamente a la consola.

— Creo que por fin tenemos algo. Tus lecturas no son idénticas, pero muestran al menos uno de los mismos neurotransmisores que la señora Troudtheim, y tengo que comprobar el grado de cortisol, pero creo que son iguales también. ¿Has redactado ya tu ECM? Necesito una copia. Tengo una reunión con la doctora Jamison a las dos y media, y —Se detuvo— Dios mío, ¿qué ocurre? ¿Te encuentras bien?

— No. Le han disparado a Vielle.

—¿Disparado? Santo Dios, ¿está bien? Ella asintió.

— Es sólo una herida superficial.

— ¡Dios mío! ¿Cuándo ha sido?

— Hace tres días —dijo Joanna, y se echó a llorar. Él cruzó el laboratorio en dos zancadas y la abrazó.

— ¿Qué pasó?

Ella se lo contó entre lágrimas.

— No quiso decírmelo porque sabía lo que le iba a decir.

— No te lo reprocho. Tiene que pedir el traslado. Esto se está volviendo ridículamente peligroso.

— Lo sé, pero no quiere —dijo ella, secándose las lágrimas con la mano— Dice que están escasos de personal.

Richard buscó en el bolsillo de su bata y sacó un paquete de Kleenex, cosa que la hizo reír.

— Lamento llorar así.

— Llora cuanto quieras. ¿Te encuentras mejor ya? Ella asintió y se sonó la nariz.

— No paro de pensar en lo que podría haber sucedido…

—Lo sé. Mira, déjame llamar a la doctora Jamison para cancelar nuestra cita y nos iremos a comer algo.

Parecía maravilloso, pero si se iba con él probablemente acabaría contándole lo que había pasado con el señor Briarley igual que le había contado lo de Vielle y, peor, trataría de explicarle su convencimiento de que el señor Briarley podría decirle el motivo de que estuviera viendo el Titanic, y él decidiría que estaba demasiado tensa o inestable para volver a someterse al experimento.

Y tenía que volver a hacerlo, tenía que preguntárselo al señor Briarley.

¿Qué dijo en clase aquel día? ¿Qué tiene que ver el Titanic con las ECM?

—No, ya estoy bien, de verdad —dijo— No quiero apartarte de lo que estás haciendo, sobre todo si has encontrado algo, y tengo que transcribir mi testimonio. —Tomó la cinta sellada y se la guardo rápidamente en el bolsillo de la rebeca—. ¿Has dicho que lo necesitabas para las dos y media?

—La verdad es que sólo necesito el final. ¿Dijiste que volviste por el mismo pasillo, pero era un lugar diferente?

—No.

Le explicó cómo había seguido al señor Briarley, y cómo abrió la puerta al pasillo, hasta que se dio cuenta de que era el mismo.

—El pasillo siempre está en el mismo sitio. Todo lo está. Es un lugar real. Quiero decir —añadió al ver su expresión— que parece un lugar real.

—¿Y el retorno fue repentino?

—Sí, como si alguien cerrara un libro de golpe… Acabo de recordar algo. La señora Woollam dijo que uno de sus regresos fue así, y creo que esa vez revivió de una parada por su cuenta.

—Me gustaría ver su testimonio también —dijo Richard—. ¿Seguro que estás bien?

—Estoy bien. Gracias por los Kleenex. Y por el hombro. Él sonrió.

—Cuenta conmigo. Y volvió a la consola.

Ella se quedó allí un minuto, contemplando su cabeza rubia inclinada sobre el teclado, deseando contárselo todo, y luego dijo:

—¿Cuándo crees que podrás someterme otra vez al experimento?

—Mañana, si es posible. Me gustaría hacer otra sesión con esta dosis menor y ver si es un factor. Y ver cómo encajan los escaneos.

—Llamaré a Tish —dijo Joanna, y se marchó a su despacho. Quitó de la cinta el papel firmado y empezó a escribir la transcripción.

Escuchar la cinta fue como volver a experimentarlo todo: el asomarse a la proa, contemplar el costado del barco, escrutar la nada. Ver al señor Briarley en la biblioteca. “¿Conoce a mi sobrina?”, tecleó Joanna, y advirtió que no recordaba eso. Repasó la conversación. La había saludado como si no la hubiera visto desde el instituto. No había habido ninguna mención al hecho de que la había visto tan sólo unos días antes.

“Porque no recordaba esas cosas”, pensó. No había visto a un señor Briarley entero y sano, sino al antiguo señor Briarley, al que le dio clase, la parte del señor Briarley que había muerto. “Morir a plazos”, había dicho Vielle. Y su mente amplificada por la acetilcolina le había dado forma concreta a la idea. No era extraño que se hubiera convencido de que estaba muerto. Una parte de él lo estaba, y tal vez por eso, no por el hecho de que tuviera la clave de la conexión, lo había visto en el Titanic. En cuyo caso no podría decirle cuál era la conexión y qué era la ECM.

“Tiene que hacerlo”, pensó, y siguió repasando el testimonio, buscando pistas. “Y sea cual sea el ruido que oigáis, no vengáis a mí, pues nada podrá rescatarme —tecleó—, y he de llevar esto a la oficina de correos primero.”

Contempló la pantalla, la barbilla apoyada en las manos. Cuando dijo eso, ella dedujo que se refería a la sala de correo. Por eso había corrido tras él, porque la sala de correo estaba inundada. Pero estaba casi segura de que había dicho oficina de correos, y era improbable que los pasajeros tuvieran permiso para ir a la Cubierta G. Lo más probable era que entregasen sus cartas a un mozo o las dejaran en un buzón. Pero el señor Briarley había dicho “oficina de correos”, y desapareció por uno de los pasillos de la Cubierta C, y las otras puertas que Joanna había visto (el restaurante A La Carte y el vestíbulo y el gimnasio) habían existido todas.