Llamó a Kit.
—Necesito saber si había una oficina de correos en el Titanic, y si es así, dónde estaba.
—¿No te refieres a la sala de correo? —dijo Kit—. He descubierto su existencia y la del correo, por cierto.
—No, tendría que haber sido una oficina de correos para los pasajeros.
—Oficina… de correos… para pasajeros —dijo Kit, obviamente anotándolo—. ¿Algo más?
“Sí”, pero para eso necesitaba volver a someterse a la prueba: para poder encontrar al señor Briarley. Y si le daba a Kit las otras salas para que las buscara y una lista de citas, tal vez no encontrara la oficina de correos a tiempo.
—No, eso es todo. ¿Qué has descubierto sobre el correo?
—Los empleados de correos sí que subieron el correo a la Cubierta de Botes —dijo Kit—. La sala de correo estaba en la proa, así que fue una de las primeras que se inundó, y los empleados subieron las sacas de correo de primera clase y los certificados para intentar salvarlos.
“Pero el correo estaba ya echado a perder”, pensó Joanna, recordando la saca goteante, la mancha oscura en las escaleras.
—¿Decía qué escalera usaron?
—No, ¿quieres que intente averiguarlo?
—Lo de la oficina de correos es más importante.
Colgó y llamó a Tish, que no estaba disponible hasta el jueves.
—Me tienen sustituyendo en Medicina interna hasta entonces. Esta gripe —explicó. El jueves. Dos días hasta que pudiera preguntarle al señor Briarley cuál era la conexión. Al menos habría tiempo suficiente para que Kit localizara la oficina de correos.
—… ¿y por qué no me dijo que le habían disparado a Vielle Howard? —estaba preguntando Tish—. Acabo de enterarme. “Yo también”, pensó Joanna.
—Supuse que ya lo sabías —mintió.
—¿Está bien?
—Fue sólo una herida superficial —respondió Joanna. Colgó y acabó de transcribir el testimonio. Pensó en quitar el último párrafo, pero era parte de los datos. Llegó a una solución de compromiso al añadir: “Después de comprobarlo, descubrí que el señor Briarley estaba vivo y con buena salud a excepción de su Alzheimer, lo que proporciona un caso documentado que contradice la tesis del señor Mandrake de percepción extrasensorial.”
Sacó una copia impresa de la transcripción y rebuscó un clip en sus bolsillos. En cambio se encontró con las chapas de perro de Maisie. “Que no lo he entregado todavía”, pensó, y decidió bajar en cuanto le llevara la transcripción a Richard.
El no estaba. “Bien”, pensó, y como a la cuatro-oeste.
—Oh, bien —dijo Barbara—. Maisie se alegrará de verte. Está teniendo un día duro.
—He vuelto a fibrilar —dijo Maisie, disgustada, tendida contra las almohadas. Tenía puesta una máscara de oxígeno, que se quitó en cuanto Joanna entró en la habitación—. Intentan revenirlo. ¿Te dio Barbara la lista?
—Sí —dijo Joanna—. Vuelve a ponerte la máscara.
—Puede que hubiera más barcos. No he buscado en Catástrofes y Calamidades, todavía.
—Ponte la…
—Vale —dijo Maisie, y se puso la máscara sobre la boca y la nariz. Inmediatamente se empañó.
—No tienes que buscar más barcos —dijo Joanna—. He descubierto lo que necesitaba saber.
—Buscaré… —dijo Maisie, la voz apagada por la máscara. Se la quitó otra vez—. Buscaré lo del Carpathia esta noche.
—No quiero que hagas nada hasta que salgas de este estado —contesto Joanna, y luego añadió, animosa—: Tengo una sorpresa para ti.
Y la cara de Maisie se asemejó a la de su madre.
—Te he traído algo.
Se sacó el colgante del bolsillo y lo sujetó por la cadena.
—Esto es…
—Chapas de perro —dijo Maisie, sonriente—. Por si el hospital se quema. ¿Me las quieres poner?
—Claro que sí —dijo Joanna, y agarró a Maisie por los hombros para inclinarla un poco hacia delante. Fue como sujetar un gorrión. Le pasó el colgante por la cabeza, cuidando de no engancharlo con los tubos de oxígeno y las sondas, y lo depositó sobre su pecho—. Un amigo mío, el señor Wojakowski, las hizo para ti.
Entonces entró Barbara.
—Mira lo que me ha regalado Joanna. —Maisie se las enseñó para que las admirara—. ¡Chapas de perro! ¿A que son guay?
—Siempre sabes qué hará falta para que se sienta mejor —dijo Barbara, acompañando a Joanna a la salida, pero no era cierto. No había hecho nada. Maisie seguía tan frágil como un pájaro y empeoraba, y ella no estaba más cerca de saber nada sobre las ECM que cuando se sentaba a escuchar a la señora Davenport durante horas. Ni siquiera estaba más cerca de saber lo que había dicho el señor Briarley en clase, ni el nombre del libro de texto.
Sobre eso podía hacer algo al menos. Llamó a Betty Peterson otra vez, pero estaba comunicando. Mientras esperaba para intentarlo otra vez, repasó sus mensajes. El señor Mandrake, el señor Mandrake, el señor Ortiz, para contarle un sueño que había tenido la noche anterior. Guadalupe. No debía de haber recibido la nota que Joanna había dejado a la enfermera sustituía.
Subió a la cuatro-oeste. En cuanto Guadalupe la vio, le tendió un papel con una única línea escrita: “… (ininteligible)… humo… (ininteligible).”
—¿No recibiste mi mensaje? —preguntó Joanna—. Te decía que quería que siguieras anotando todo lo que diga Coma Carl.
—Lo recibí, y esto es todo lo que dijo —respondió Guadalupe—. Ha dejado de hablar.
—¿Cuándo ha sido eso?
—Ha sido una pérdida gradual —dijo Guadalupe—. Murmuraba a intervalos cada vez más amplios y separados, y cada vez ha ido resultando más difícil escucharlo.
Como si se fuera cada vez más lejos, pensó Joanna.
—Cuando te envié el mensaje ya había dejado de hablar, a excepción de unas cuantas palabras ininteligibles. Por eso te llamé ese día, para preguntarte si lo dejábamos.
“Si lo dejábamos.” Joanna pensó en el operador de cable en su estación, encorvado sobre el teclado, transmitiendo incansablemente.
—No ha dicho nada desde hace casi una semana.
—¿Puedo verlo? —preguntó Joanna—. ¿Está su esposa con él? Guadalupe negó con la cabeza.
—Ha ido al aeropuerto. Su hermano viene de camino. Claro, pasa.
Había tres bolsas más colgando de la percha para intravenosas y otros dos monitores. El monitor de la intravenosa empezó a sonar, y una enfermera a quien Joanna no conocía entró a comprobar las sondas. —Puede hablarle —le dijo a Joanna.
¿Y decir qué? ¿”A mi mejor amiga le ha disparado un colgado con picara”, “Esa niñita sabe que se está muriendo”, “El Titanic se hunde”?
Entró la señora Aspinall, acompañada por un hombre alto y grueso.
—Oh, hola, doctora Lander —dijo, y se acercó a la cama y tomó la mano magullada y mortecina de Carl—. Carl, Martin está aquí.
—Hola, Carl —dijo Martin—. Vine en cuanto pude.
Y Joanna casi espero que Carl se agitara, a pesar de la máscara y el tubo, y murmurara: “Demasiado lejos para que él venga.” Permaneció tendido, gris y silencioso en la cama, y Joanna se sintió de pronto demasiado cansada para hacer otra cosa que irse a casa y acostarse.