Por el camino, se le ocurrió con horror que tal vez había pillado la gripe. “Richard no me dejará someterme a la prueba si estoy enferma”, pero por la mañana se sintió mucho mejor, y cuando llegó al trabajo había un mensaje de Betty Peterson en el contestador.
—Acabo de darme cuenta de que no te dije el nombre del libro: Laberintos y espejos.
Laberintos y espejos. Joanna vio instantáneamente el título en su mente, letras doradas sobre una portada azul, aunque extrañamente el nombre no encajaba con el resto de la portada. Entornó los ojos, tratando de recordar un barco bajo el título y luego a la reina Isabel con bigote y gafas, pero ninguna de las dos cosas parecía adecuada. “Probablemente acabará siendo el castillo de Windsor —pensó—, pero al menos sabemos el título.”
—Te dije que empezaba por E —decía la voz de Betty—. Y allí estaba, en el margen, junto a la foto de Nadine. Espera un momento, déjame que te lo lea, lo tengo aquí mismo. —Hubo una pausa, y su voz continuó—: “¡Betty, piensa, se acabaron las aburridas historias del señor Briarley sobre el Titanic, y ya no más Laberintos y espejos! Tu compañera, Nadine.” Pero tendrás que llamarme. He hablado con mi hermana pequeña y me ha contado algo sobre el señor Briarley. Oh, y llamé a Blake Dirkson. Iba un año por delante de nosotras. No podía recordar tampoco el nombre del libro, pero dijo que tenía una de esas plumas y un tintero en la portada. Fumaba un montón de hierba en el instituto, ya sabes, así que no sé. De todas formas, llámame. Adiós.
¿Una pluma y un tintero? Curiosamente, eso le resultaba también vagamente familiar. “Todos estamos dejándonos llevar por la imaginación”, pensó. Llamó a Betty, pero la línea volvía a estar ocupada. “Lo cual no es ninguna sorpresa —pensó Joanna—, considerando lo mucho que charla cuando deja un mensaje”, y llamó a Kit.
—Laberintos y espejos —dijo Kit—. Magnífico. Eso hará la búsqueda mucho más fácil.
—Betty dice que cree recordar una ilustración de la reina Isabel con gorguera en la portada, o una pluma y un tintero. Yo sigo pensando que era un barco, pero podría ser cualquier cosa.
—Me pongo a ello —dijo Kit—. No he podido averiguar nada sobre ninguna oficina de correos, pero sigo buscando.
Y si ella no podía localizar la oficina de correos, ¿como podría Joanna encontrar al señor Briarley? Había mencionado el Palm Court. Tenía que preguntarle a Kit dónde estaba y en qué cubierta, aunque la manera más sencilla de encontrarlo sería probablemente seguir al mozo cuando el hombre de la barba le pedía que fuera a buscar al señor Briarley.
Richard asomó la cabeza por la puerta.
—Me preguntaba si habías terminado de pasar tu testimonio y te encontrabas mejor.
—Sí —dijo ella, tendiéndole su transcripción y la de la señora Woollam—. Tish podrá venir mañana a las dos. ¿Cómo van las cosas con la señora Troudtheim?
—Aislamos tres neurotransmisores que estaban presentes en tus escaneos de salida y en los de la señora Troudtheim: LHRH, teta-asparcina y DABA. El LHRH estaba también presente en el escaneo tipo, así que posiblemente no es el culpable, pero el DABA puede ser una posibilidad. Es un inhibidor de endorfinas, y la doctora Jamison cree que las betaendorfinas, en vez de ser sólo un efecto secundario, Pueden ser un factor para sostener el estado ECM, y que el DABA Puede estar inhibiéndolas. —Agitó las transcripciones ante ella—. Gracias. Mañana a las dos.
Sonó el teléfono.
—Nos vemos más tarde —dijo Richard, y Joanna lo atendió pensando demasiado tarde que probablemente era el señor Mandrake.
—No puedo creer que seas tú por fin —dijo Betty Peterson—. Llevo varios días intentando localizarte. ¿Averiguaste lo que fuera que tenías que averiguar?
—¿Averiguar?
—De Laberintos y espejos.
—Oh. No, todavía no.
—¿No fue una suerte, encontrar así mi libro del año? Supongo que es buena cosa que Nadine odiara al señor Briarley, ¿no?
—Dijiste que tenías que contarme algo del señor Briarley. Algo que te contó tu hermana.
—Oh, sí. La llamé justo después de que tú me llamaras para ver si sabía el nombre del libro. Iba tres años por detrás de nosotros, pero pensé que tal vez habían tenido el mismo libro. Porque nuestros libros de historia eran antiguos. Decían que John F. Kennedy era presidente.
Era como hablar con una de sus ECM.
—¿Lo sabía? —preguntó Joanna, para que volviera a recuperar el hilo.
—No, pero me contó una historia terrible, y como dijiste que habías ido a ver al señor Briarley, me pareció que debería contártela. ¿Has conocido a su sobrina? Se llama Kathy o Katie o algo así.
—Kit.
—Kit. Bueno, pues iba a casarse, iba a tener una boda por todo lo alto, y el señor Briarley iba a ser el padrino. Mi hermana dijo que hablaba del asunto constantemente en clase, aún más que del Titanic. Supongo que era su sobrina favorita, y entonces su novio… mi hermana me dijo el nombre, pero no lo recuerdo…
—Kevin —dijo Joanna, pensando que tenía razón. No estuvo dispuesto a aceptar la responsabilidad de un enfermo de Alzheimer. Dejó plantada a Kit en el altar.
—Kevin, eso es. Pues resulta que la mañana de la boda fue a comprar película, y un chico se saltó un semáforo en rojo y lo atropello.
Era tan distinto de lo que había pensado que durante un minuto Joanna no pudo asimilarlo.
—Lo mató al instante —dijo Betty—. Fue horrible, y supongo que el señor Briarley fue el que tuvo que decírselo a ella. Mi hermana dice que eso fue lo que le causó el Alzheimer, que está sólo tratando de olvidar.
Una pequeña parte de su mente pensó que eso era ridículo, que eso no era lo que causa el Alzheimer, pero no lo dijo, no pudo decirlo. Entonces comprendió con retraso recuerdos de palabras que no había entendido, que había malinterpretado, y que la golpearon como el balón medicinal contra la pared del gimnasio.
Kit preguntando si la gente que tenía accidentes de coche tenía ECM, y si eran agradables. “No son aterradoras, ¿verdad?”, había dicho. Y “mi primo me hizo leer La luz al final del túnel después…”, y “Tío Pat fue muy amable conmigo”, y “aveces revive hechos pasados”.
Tendría que haberlo comprendido. La delgadez de Kit, sus ojeras, su foto con el joven rubio, sonriendo, y el señor Briarley diciendo: “Kevin debería estar aquí ya”, citando La novia entró en el salón.
“Oh, Dios mío —pensó Joanna horrorizada—. ¡ Le hice ver Novia a la fuga!”
—Mi hermana conocía una chica que estuvo allí y dijo que fue trágico. Supongo que ella ya tenía puesto el traje de novia y todo…
“¿Tenía cola?”, se preguntó Joanna, sintiéndose enferma. “¿Qué vestido de novia te gusta más?”, le había preguntado a Kit. “Yo quiero una boda por todo lo alto”, había dicho Vielle.
—Y como dijiste que habías ido a ver al señor Briarley, pensé que debías saberlo para no meter la pata.
“Meter la pata”, pensó Joanna. Se había sentado allí en la cocina, discutiendo tranquilamente sobre experiencias cercanas a la muerte, diciéndole insensible a Kit que el cielo era una alucinación del cerebro moribundo.
“Tengo que llamar a Kit”, pensó, tengo que decirle lo mucho que lo siento, y colgó sin más preámbulos dejando a Betty con la palabra en la boca. Tecleó el número de Kit, pero luego colgó y fue a verla.
Iba a rescatarla, se dijo. Iba a hacer de W. S. Gilbert y salvarla de morir ahogada, así que la invité a casa de Vielle para discutir de bodas y ver una película en la que salían nada menos que cinco. Recordó lo concentrada que estuvo Kit viendo la película, como si tuviera miedo de que aquello fuera una prueba, pero la película en sí era la prueba. No, palabra equivocada. Ordalía. Juicio por el fuego.