El sacudió la cabeza.
—Señor Rogers no —dijo, como si ella le hubiera preguntado por ese nombre—. Lo siento.
Se guardó la nota en el bolsillo interior de la chaqueta y se levantó.
—Hago falta en la Cubierta de Botes —dijo—, debería subir usted a uno de los botes, señorita.
Y cruzó la sala y salió por la puerta de la Gran Escalera.
—¿Entonces puede decirme dónde está el Palm Court? —preguntó Joanna, persiguiéndolo hasta la puerta y escaleras arriba, pero el hombre ya había desaparecido en la Cubierta de Botes, y ella no pudo ver hacia dónde había ido en la oscuridad. La única luz era de la puerta abierta del gimnasio. Joanna se asomó, pero no estaba allí, ni tampoco Greg Menotti. Las bicicletas y la máquina de remos y el aparato de pesas parecido a una guillotina permanecían inmóviles sobre el suelo de losas blancas y rojas.
Tendría que encontrar el Palm Court ella misma. Tendría que estar en la Cubierta de Paseo o en la Cubierta del Puente, todo hacia popa, lo que significaba que debía tomar la escalera de segunda clase, y se encaminó hacia allí, pero cuando pasó la escalera de popa le pareció oír voces. Entró y se asomó a la barandilla, escuchando. No consiguió oírlas, pero sobre ella, bajando las escaleras, se escuchaba un golpeteo. “El oficial de correos”, pensó Joanna, y miró escaleras arriba.
Era Greg Menotti, vestido con un bañador blanco y sandalias playeras que golpeteaban ruidosamente contra sus talones a cada paso. Llevaba una toalla alrededor de los hombros.
—Iba a la piscina —dijo—. ¿Quiere venir conmigo? El agua está bastante fría, pero eso es bueno para la circulación.
—Estoy buscando al señor Briarley —dijo Joanna—. Es alto, y lleva un chaleco de cheviot gris. ¿Lo ha visto?
—No. —Empezó a bajar las escaleras.
Joanna bajó los escalones delante de él, para bloquearle el paso.
—No hay tiempo para nadar. Tiene que ayudarme a encontrar al señor Briarley. Es importante.
—Quiero bajar temprano —dijo él, rodeándola—. Tengo que jugar al squash a las dos y cuarto…
—No. —Se plantó ante él—. Tiene que ayudarme. Es importante. El señor Briarley sabe por qué es el Titanic.
—¿El Titanic? —dijo Greg, y hubo un destello de miedo en sus ojos.
—Sí, el Titanic. Y se está hundiendo. Tiene que ayudarme a encontrarlo.
Un hombre pasó junto a ellos, bajando rápidamente las escaleras.
Joanna lo miró, preguntándose si era el sobrecargo, pero era un señor mayor con un chaleco gris de cheviot y…
—¡Señor Briarley! —exclamó Joanna.
—No puede ser el Titanic —dijo Greg—. Hago ejercicio tres veces por semana.
El señor Briarley estaba ya un tramo y medio bajo ella. Corrió tras él, contando las cubiertas mientras lo hacía. Cubierta B, C, D. “Hay agua en la Cubierta D”, había dicho el oficial de la Cubierta de Botes. Joanna miró ansiosamente la alfombra, buscando la mancha roja oscura de agua.
Cubierta E. Bajo ella se abrió una puerta. Rodeó el rellano justo a tiempo de verla cerrarse. Cubierta F. Abrió la puerta. El señor Briarley ya había recorrido la mitad del pasillo.
—¡Señor Briarley!
Lo siguió. Y se topó directamente con el sobrecargo.
—Lo siento, señorita. Esta zona está restringida.
—Pero tengo que hablar con el señor Briarley —dijo ella, mirando ansiosamente en su dirección.
El sobrecargo se dio la vuelta y miró, pero el señor Briarley ya se había perdido de vista.
—¿El señor Briarley? —dijo, frunciendo el ceño, y ella vio que era un mozo distinto al que el hombre de la barba había enviado a buscar al señor Briarley.
—Es mi… —dijo ella, y se detuvo. “¿Es mi… qué? ¿Mi profesor de lengua del instituto? ¿Existían los institutos en 1912?”
—La acompañaré hasta su camarote, señorita.
—Espere. ¿Adonde lleva este pasillo?
—A la sala de calderas, señorita, pero los pasajeros no pueden…
—El capitán Smith me dijo que tenía permiso para ver… —”¿Qué había en la sala de calderas?”— el telégrafo del barco —dijo al azar—. Estoy enormemente interesada en las comunicaciones modernas.
—Sólo la tripulación puede acceder a la sala de calderas —dijo el mozo, y posó una firme mano sobre su brazo—. La acompañaré a su camarote.
—Por favor. No comprende. Es importante…
—Lamento interrumpir —dijo una voz, y Joanna se dio media vuelta.
—¡Señor Briarley! —dijo, aliviada.
—Señorita Lander —le reprochó él—. ¿Qué está haciendo aquí abajo?
—Necesito hablar con usted. Es sobre… —Pero él negaba con la cabeza.
—Me temo que no podremos tomar el té en el Palm Court, después de todo. Ha sucedido algo.
Llevó aparte al mozo y habló rápidamente con él. Joanna no logró oír lo que decía ninguno de los dos, pero después de un par de frases el señor Briarley hizo una mueca de disgusto.
—¿Cuál es el camino más rápido? —exigió.
—De vuelta a la Cubierta E y bajando por Scotland Road hasta las escaleras que están junto a los ascensores —dijo, y el señor Briarley inmediatamente se encaminó pasillo abajo hacia la escalera.
—¡Señor Briarley! —Joanna corrió tras él—. Necesito hablar con usted —dijo, alcanzándolo.
—¿Qué ocurre? —preguntó él mientras empezaba a subir las escaleras. Ella se acordó de las veces en que lo alcanzaba entre clase y clase, o camino de su despacho, y bailaba a su alrededor, preguntándole cuántas páginas tenía que tener el trabajo.
—Necesito saber qué dijo usted en clase.
—Sabe que nunca doy pistas sobre lo que va a caer en el examen final —dijo el señor Briarley, llegando a lo alto de las escaleras.
—No lo necesito para el final. Dijo usted algo en clase…
—Dije un montón de cosas en clase, ¿puede ser más concreta?
Abrió una puerta y empezó a recorrer un pasillo. Todavía debían de estar en la sección de la tripulación. Las paredes estaban pintadas de gris, y había tubos corriendo por el techo.
—Estaba usted hablando del Titanic, y cerró Laberintos y espejos y lo dejó caer sobre la mesa, y entonces dijo algo sobre el Titanic.
—Laberintos —dijo el señor Briarley, pensativo, doblando otra esquina. Abrió una puerta de metal—. Después de usted.
Hizo una reverencia, y Joanna entró antes que él y se internó en otro pasillo. Éste estaba pintado de blanco reluciente y se prolongaba interminablemente en la distancia. El señor Briarley echó a andar a paso rápido.
—Y sea lo que sea —dijo Joanna—, cuando experimenté mi primera ECM mi subconsciente encontró una conexión, y por eso estoy aquí.
—En vez de un túnel con una luz al fondo —dijo el señor Briarley. Se detuvo y miró el largo pasillo y luego se volvió a mirarla—. ¿Y quiere que yo le diga cuál es la conexión?
—Sí.
—Conexión. Fascinante palabra. Del griego “enviar”. Pero debe de saber ya esa conexión, ¿o cómo si no podría haberlo conseguido?
—No lo sé —dijo ella—. Mi mente consciente lo ha olvidado.
—¿Olvidado? Tendría que haber prestado más atención en clase señorita Lander —dijo él con severidad, y empezó a caminar de nuevo—. Y supongo que se ha olvidado también de lo que son una onomatopeya y una aliteración. Y una metáfora.
—¡Señor Briarley, por favor! Esto es importante.
—En efecto. ¿Bien? —dijo, y contempló el pasillo como si fuera un aula—. ¿Qué es una metáfora? ¿Lo sabe alguien?