—Una metáfora es una figura literaria que compara dos elementos.
—No y no —dijo él—. La comparación ya está implícita. La metáfora sólo la muestra. Y no es una simple figura literaria. Es la misma esencia de nuestra mente mientras intentamos extraer el sentido de nuestras inmediaciones, de nuestras experiencias, de nosotros mismos, viendo similitudes, paralelismos, conexiones. No podemos evitarlo. Aunque la mente falle, sigue intentando encontrar sentido a lo que nos sucede.
—Eso es lo que estoy intentando hacer, señor Briarley —dijo Joanna—. Encontrar sentido a lo que me está pasando. Y lo que usted dijo en clase es la conexión. Era sobre el Titanic… —apuntó.
—Hay tantas conexiones… —dijo él, frunciendo el ceño—. El Titanic simboliza tantas, tantas cosas. Arrogancia prometeica, por ejemplo —dijo, caminando incansable por el pasillo—, el hombre desafiando al destino y perdiendo.
Joanna trotó tras él, intentando escuchar y seguirle el ritmo.
—O el orgullo frankensteimano, el hombre poniendo su fe en la ciencia y la tecnología y recibiendo su castigo por parte de la naturaleza.
El pasillo era interminable. Joanna mantuvo los ojos pegados a la puerta del fondo.
—O la futilidad de la empresa humana. “Mira mi obra, poderoso, y desespera” —citó—. Ozymandias. Percy Bysshe Shelley. Que también acabó en el fondo del océano.
Un reguero estrecho e irregular de agua asomaba en mitad de la brillante puerta al fondo del pasillo.
—Señor Briarley —dijo Joanna, tirándole de la manga de la chaqueta—. Mire. Agua.
—Ah, sí —contestó él, sin frenar siquiera el ritmo—. El agua es también un símbolo.
El fino reguero de agua se ensanchaba a medida que se acercaban al final del pasillo, convirtiéndose en dos, en tres pequeños arroyos.
—Cruzar agua es símbolo de la muerte desde tiempos inmemorial —dijo el señor Briarley, pasando con facilidad sobre los arroyuelos—. Los antiguos egipcios viajaban a la Tierra de los Muertos en una barca de oro.
Ya casi habían llegado al final del pasillo. “Va a abrir la puerta”, pensó Joanna, asustada, pero en el último minuto él se giró y bajó por una escalera de metal situada a un lado.
—Eneas cruzó con Caronte la laguna Estigia —dijo, y su voz resonaba en la escalera mientras Joanna lo seguía—, y Frodo zarpó desde los Puertos Grises.
Llegó al pie y empezó a recorrer un pasillo. Joanna vio con alivio que estaba seco, aunque ¿cómo era eso posible si ya había agua en la cubierta superior?
Miró ansiosamente hacia el techo. El señor Briarley, impertérrito, disertaba sobre In Memoriam.
—Los amigos muertos de Tennyson zarparon a un mar desconocido, hacia una costa aún más desconocida. —Abrió una puerta—. Y, por supuesto, está el río Jordán. Después de usted, señorita Lander —dijo, haciendo una reverencia, y Joanna cruzó el umbral. Y se encontró con diez centímetros de agua.
Todo el suelo estaba inundado. Cartas, paquetes, postales flotaban en agua hasta los tobillos, la tinta de las direcciones se borraba, corriendo como lágrimas por los sobres. Al otro lado de la sala había un encargado de correos con uniforme azul y gorrita, inclinado delante de una serie de taquillas, tomando las cartas, mojadas ya, de la fila más baja y pasándolas a la de arriba.
“No servirá de nada —pensó Joanna—. Toda la sala quedará sumergida en unos minutos.”
—Señor Briarley, tenemos que salir de aquí —dijo, pero el señor Briarley, ausente, cruzaba la sala en dirección al empleado, sacó un papel doblado del bolsillo de su chaleco y se lo entregó.
El encargado se pasó el fajo de cartas de una mano a la otra para poder desplegar la nota. La leyó, asintió y entregó al señor Briarley el correo empapado. Luego rebuscó dentro del cuello de su uniforme y extrajo un puñado de llaves de hierro con una cadena. Se las sacó por encima de la cabeza y se las entregó al señor Briarley antes de recuperar el correo.
—¿Cuál es? —preguntó el señor Briarley, pero el encargado ya había empezado a ordenar los envíos, poniendo las cartas ilegibles en las taquillas.
El señor Briarley chapoteó por la sala, salió por la puerta y bajó por el pasillo, con la cadena oscilando en su mano. Empezó a subir las escaleras.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Joanna, subiendo tras él.
—Ésa es la cuestión. ¿Al Hades o al cielo? ¿O a la Sala del Juicio de los faraones?
Llegó a lo alto de las escaleras y bajó por Scotland Road, donde el agua era ahora un arroyo que corría por el centro del suelo enlosado.
—¿Y en qué barco? —preguntó él—. ¿En el ferry del faraón? La condujo hasta la escalera de metal y dejó atrás ésta hasta llegar a un ascensor con una reja de bronce.
—¿O a la barca funeraria del rey Arturo? Abrió la reja.
—Después de usted —dijo, haciendo una reverencia. Joanna entró, y él la siguió y cerró la reja—. Frodo zarpó de los Puertos Grises en una barca élfica. —Pulsó un botón de marfil para subir. El ascensor rugió hacia arriba—. Y los muertos de Outward Bound se encontraron en un trasatlántico muy y parecido a éste.
El ascensor se detuvo, y el señor Briarley abrió la reja y se encaminó hacia las puertas que conducían a cubierta.
—Y luego, claro está, el barco del viejo marinero. “Había un barco” —citó, y abrió las puertas. Estaban en la Cubierta de Botes. Ella vio las luces de la sala de comunicaciones y el puente.
—Es adecuado que ése fuera su poema favorito —dijo el señor Briarley, caminando entre los botes salvavidas hacia la sala de comunicaciones—. Tiene icebergs, ya sabe. “Y hielo, alto como el mástil, vino flotando, verde como una esmeralda.”
—¿Ésa es la conexión? —preguntó Joanna—. ¿Es eso lo que leyó usted aquel día?
Él no respondió. Se había detenido ante la sala de comunicaciones, delante de una taquilla de metal cerrada con un candado, y echó mano a las llaves que le colgaban del cuello.
—¿Lo es? —preguntó Joanna, tirándole de la manga. Él se arrodilló delante de la taquilla.
—No —dijo, probando una llave tras otra—, aunque sería adecuado. Los barcos encajan, y el agua. —Insertó una llave. No valía. Probó con otra—. Y la muerte. “Cuatro veces cincuenta hombres vivos cayeron uno a uno.”
La llave no valía. Probó con otra.
—La universalidad de la muerte, ¿es ése el símbolo que está buscando?
La llave encajó. Abrió la taquilla, sacó una caja de madera y se la llevó hasta la barandilla.
—Sin duda eso era el Titanic. Astors, inmigrantes irlandeses y fogoneros pereciendo juntos en las aguas heladas.
Abrió la caja, se agachó, sacó un cilindro de cartón y lo apoyó contra la barandilla, y luego volvió a levantarse.
—Niños y debutantes y jugadores profesionales, todos igualmente indefensos, igualmente condenados.
Se palpó los bolsillos de su chaleco gris como si estuviera buscando algo.
—A menos, por supuesto, que se viajara en segunda, donde tus posibilidades de sobrevivir eran más o menos iguales. —Sacó una caja de cerillas—. En cuyo caso… hágase atrás.
—¿Qué?
—Atrás —dijo él, y extendió la mano para quitarla de en medio. Se arrodilló, prendiendo la cerilla al hacerlo, y la acercó al cilindro.
En el último segundo antes de que encendiera la mecha, ella pensó: “¡Los cohetes! ¡Va a enviar uno de los cohetes de socorro!”, y una llamarada brotó y estalló en una lluvia de chispas blancas. Joanna miró hacia aquellas estrellas blancas que empezaban a caer en el cielo, y al hacerlo, tuvo la impresión de que era algo importante, de que estaba cerca del significado.