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—No puedes. No te he hablado todavía del Carpathia. Y tengo que hacerte una pregunta. ¿A qué velocidad van los barcos?

—¿A qué velocidad? —El Titanic navegaba demasiado rápido para las advertencias contra icebergs, eso lo sabía, ¿pero qué velocidad era eso?—. No lo sé.

—Porque en mi libro dice que el Carpathia acudió realmente rápido pero otro libro dice que estaba a cincuenta y ocho millas de distancia…

—¿Cincuenta y ocho? —dijo Joanna—. ¿El Carpathia estaba a cincuenta y ocho millas de distancia?

—Sí. Y tardó tres horas en llegar. El Titanic ya llevaba años hundido. Así que no creo que fuera muy rápido porque cincuenta y ocho millas no es demasiada distancia.

35

Creo que es la muerte.

Palabras de TCHAIKOVSKY en su lecho de muerte.

—¿Qué pasa? —preguntó Maisie, mirando atentamente a Joanna—.¿Estás bien?

—No pasa riada —dijo Joanna—. Tienes razón. Cincuenta y ocho millas no es tan lejos. ¿A qué distancia estaba el Californian?

Cincuenta y ocho millas. Ese día en Urgencias, Greg Menotti estaba hablando del Carpathia{En inglés, barco es femenino, de ahí que Joanna relacione las palabras de Greg Menotti con la distancia del Carpathia. (N. del T.)}.

—Pusiste una cara muy rara cuando te dije la distancia —dijo Maisie—. ¿Alguno de tus pacientes ve el Carpathia en sus ECM?

—No. ¿A qué distancia estaba el Californian?

Bastante cerca —dijo Maisie, todavía recelosa—. Vio sus cohetes y todo, y probablemente podría haberlos salvado, pero desconectó el telégrafo, así que no oyó ningún SOS, y ni siquiera se enteró de lo que pasaba hasta la mañana siguiente.

Joanna no estaba escuchando. “El estaba intentando decirme que el Carpathia estaba demasiado lejos, que nunca llegaría allí a tiempo.”

—Creo que no tendrían que haberlo hecho —dijo Maisie—. Desconectar el telégrafo. ¿Y tú?

—No —dijo Joanna. “Por eso las palabras de Greg me acosaban tanto, porque sentía que sabía lo que significaban. Significaban que él estaba en el Titanic.”

—Estaba realmente cerca. La gente del Titanic vio sus luces. Les dijeron a los de los botes salvavidas que intentaran remar hacia allí.

—Tengo que irme —dijo Joanna, y se levantó.

—No te hablaré más del Titanic, lo prometo. Sólo hablaré del incendio del circo de Hartford, ¿vale? —continuó Maisie rápidamente—. La gente intentó salir por la entrada principal, pero la jaula de los leones y los tigres estaba en medio y todos se apretujaron, y el jefe de pista no paraba de gritarles que salieran por la entrada de artistas (por ahí es por donde salen los payasos y los acróbatas y esas cosas cuando les toca el turno de actuar), pero la gente seguía intentando salir por donde había entrado.

Se había convencido a sí misma de que el Titanic no era real, de que era un símbolo de algo, una imagen que había elegido su mente a causa de algo que había dicho el señor Briarley. Pero ¿y si no lo era?

—La cosa es que no tenían que salir por las entradas. Podrían haber levantado la carpa y salido arrastrándose por debajo.

La sala de correo, la escalera de proa, Scotland Road, todo estaba en su sitio. Todo era exactamente tal como fue, incluso las flechas rojas y azules de las bicicletas estáticas. “Porque estuviste allí de verdad.” Porque era realmente el Titanic.

“¿Pero cómo podía ser?”, se preguntó Joanna desesperada. La ECM no era una puerta a la otra vida ni a otro tiempo. Era una alucinación química. Era una amalgama de imágenes de la memoria a largo plazo. Pero Greg había dicho “cincuenta ocho”, y no era un número de teléfono, ni una lectura de su presión sanguínea. Eran millas, y estaba hablando del Carpathia.

“Tengo que salir de aquí —pensó Joanna—. Tengo que ir a alguna parte donde pueda pensar sobre esto.” Se encaminó a ciegas hacia la puerta.

—No puedes irte todavía —suplicó Maisie—. No te he hablado de la orquesta.

—Tengo que irme —dijo Joanna, desesperada, y como en respuesta a una plegaria, su busca sonó—. ¿Ves? Me están llamando.

—Puedes llamarlos por mi teléfono si quieres —dijo Maisie—. Puede que no sea un paciente. O podría ser que te digan que tienen que bajar a Radiología y que no tienes que ir ahora mismo.

Joanna sacudió la cabeza.

—Tengo que irme, y tú necesitas…

—Descansar —dijo Maisie, burlona—. Odio descansar. ¿No puedo investigar algo? ¿Por favor? No me cansa nada, y te prometo que no…

—Muy bien —dijo Joanna, y Maisie inmediatamente se inclinó hacía delante y tomo su libreta y su lápiz—. Necesito… —trató de idear algo inofensivo— una lista de todos los cablegramas que envió el Titanic.

Dijiste que sólo querías los nombres de los barcos.

—Sí —dijo Joanna, tratando de no parecer tan desesperada como se sentía—, pero ahora quiero saber cuáles fueron los mensajes.

—Muy bien. ¿Qué más? “¿Qué más?”

—Y dónde estaba la piscina.

—¿La piscina? ¿En un barco?

—Sí. Quiero saber en qué cubierta estaba.

Mientras Maisie lo anotaba, se encaminó hacia la puerta.

—¿Todos los cablegramas o sólo los que pedían ayuda? —preguntó Maisie.

—Sólo los que pedían ayuda. Ahora tengo que responder a mi busca —dijo, y salió. Y como era imposible escapar de la atención de Maisie, se acercó al puesto de enfermeras y llamó a centralita para ver quién la había llamado.

—Tiene usted cuatro mensajes —dijo la operadora—. El señor Mandrake quiere que lo llame, es muy importante. El doctor Wright quiere que lo llame por la sesión del señor Sage. Vielle Howard quiere que la llame cuando tenga tiempo, está en Urgencias, y Kit Gardiner quiere que la llame inmediatamente. Dice que es urgente. ¿Quiere que la conecte con el despacho del señor Mandrake?

—No —contestó Joanna, y pulsó el botón para cortar la comunicación. No quería estar conectada con nadie, mucho menos con el señor Mandrake. Pero tampoco con Vielle, ni Richard… ¡Oh, Dios, Richard! ¿Qué diría si le contaba que Greg Menotti había estado en el Titanic?

“Tengo que ir a algún sitio donde pueda pensar en todo esto.” Se dispuso a colgar, y entonces pensó: “Kit dijo que era urgente.” ¿Y si el señor Briarley había vuelto a lastimarse? Marcó el número de Kit.

—¿Kit?

—Me alegra que llames —dijo Kit—. ¡Lo tengo!

—¿Lo tienes?

—¡El libro! Laberintos y espejos. Estoy segura de que es ése —dijo, entusiasmada—. Tiene un trabajo fechado el 14 de octubre de 1987. Nunca adivinarías dónde lo he encontrado. Dentro de la olla a presión. Creo que por eso el tío Pat seguía sacándolo todo de las alacenas. Me muero de ganas de que lo veas. ¿Puedes venir esta tarde?

“No —pensó Joanna—. No hasta que haya resuelto esto.”

—Estoy muy ocupada.

—Oh —dijo Kit, parecía decepcionada—. Te lo llevaría al hospital, pero el tío Pat tiene un mal día…

—No, no quiero que tengas que hacer eso. Me pasaré esta noche, dijo Joanna, y colgó rápidamente. Llamaría a Kit más tarde y pondría alguna excusa para no ir.

“No puedo ir porque he estado retrocediendo en el tiempo hasta un barco que se hunde —pensó descabelladamente—. ¿O mejor no puedo ir porque me he convertido en una chiflada de las ECM?”