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—Quédese tumbado.

—No comprendes —dijo él, y trató de incorporarse otra vez —. ¡Ella está en el Titanic! ¡Tengo que ir por ella antes de que se hunda!

—Vamos, vamos —dijo Tish, empujándolo—. Todavía está bajo la influencia de la droga. Tiene que quedarse tendido hasta que se pase el efecto.

—No hay tiempo. La muerte cerebral irreversible se produce entre cuatro y seis minutos. Tienes que volver a enviarme ahora mismo. Y aumenta la dosis de ditetamina.

Tish se quedó allí, envuelta en la luz.

— ¡ Ahora! ¡Antes de que sea demasiado tarde! —gritó él, y vio que ella también agarraba un pañuelo, y que sus ojos estaban rojos.

“No estoy de vuelta en el laboratorio —pensó—. Esto sigue siendo parte de la ECM”, y se volvió para ver dónde estaba el pasillo.

—No, doctor Wright, se arrancará la intravenosa —dijo Tish—. Sigue llevando un gotero glucosalino. Como no se recuperaba, detuve la ditetamina…

El agarró la intravenosa con una mano.

—¡Empieza otra vez! —gritó, y consiguió, por fin, sentarse. No eran cuerdas, sino electrodos, conectados a los monitores del EEG y el KCG, y sí que era el laboratorio. El pañuelo que Tish tenía en la mano era un Kleenex empapado.

—¡Ahora, Tish! —gritó—. ¡O lo haré yo mismo! Pero se había incorporado demasiado rápido y se sintió mareado y helado.

—¡Tish, por favor! No comprendes. ¡Casi se nos ha acabado el tiempo! ¡Tienes que enviarme de vuelta antes de que sea demasiado tarde!

Pero ella se quedó allí, envuelta en la luz, retorciendo el pañuelo de papel en sus manos.

—Pero como no regresaba, a pesar de que detuve la ditetamina, no sabía si administrarle norepinefrina o no. Sus constantes vitales eran normales, y aquella vez que el señor Sage estuvo bajo los efectos durante…

Él se volvió bruscamente y miró el reloj, pero Joanna lo había cambiado de sitio para que no pudiera verse desde la otra pared.

—Tish, ¿cuánto tiempo he estado bajo los efectos? Y esperó con temor la respuesta.

—Lo siento muchísimo, doctor Wright. La señora Troudtheim me lo dijo cuando vino… —Retorció el pañuelo empapado—. Estaba tan inquieta. Todos queríamos a la doctora Lander.

—¿Cuánto tiempo he estado bajo los efectos?—repitió él, aturdido.

—No lo sé. No sé leer los escaneos, así que no sé si estuvo usted en estado ECM o si salió y estaba en sueño no-REM…

—¿Cuánto tiempo, Tish? —preguntó él, pero ya sabía la respuesta. Había oído el reloj del pasillo de las oficinas de la compañía White Star dando las horas—. Dímelo.

—Dos horas —respondió Tish, y empezó a llorar.

TERCERA PARTE

Queda otro acto. Supongo que ya imaginan de qué trata.

THORNTON WILDER, Our Town.

42

Nadie tiene noticias del Titanic desde hace dos horas.

Cablegrama del La Provence al Celtic

Esa noche Richard volvió a su laboratorio, aunque trabajar era imposible, impensable: la policía había dicho que tal vez necesitaran una declaración suya, y además no se le ocurría ningún otro sitio al que ir. Urgencias fue acordonada, y todos los pacientes fueron desviados al Swedish y al St. Luke’s, y el vestíbulo de los médicos y los pasillos y la cafetería estaban llenos de gente preguntándole: “¿Cómo lo llevas?” y “¿Dónde demonios estaban los guardias de seguridad? Llevo tres años diciendo que Urgencias era una bomba en potencia. ¿Por qué no tenían un detector de metales?” y “¿Han determinado la causa de la muerte?”. Todas eran preguntas que él no tenía ni idea de cómo responder.

Ha muerto ahogada, quiso decirles. Se hundió con el Titanic.

En un momento dado (¿la primera noche?, ¿al día siguiente?), bajó al depósito de cadáveres.

—¡Oh! vaya, lo siento —dijo el auxiliar, avergonzado—. Se la llevaron a la universidad.

—“Para la autopsia”, pensó Richard. Cuando había un crimen por medio, no la hacían en el Mercy General. Enviaban el cadáver al patólogo ¡órense del hospital universitario.

—Tal vez, podría usted… —empezó a decir el auxiliar. “Ir allí”, pensó Richard, pero el auxiliar no terminó la frase, y Richard supo que lamentaba haber hablado, que estaba pensando en la incisión en forma de Y el pecho, las costillas y el esternón extraídos, el corazón pesado, diseccionado. El corazón de Joanna.

—No importa —dijo Richard—. Sólo quería…

¿Quería qué? Convencerse a sí mismo de que estaba a salvo allí, envuelta en una bolsa de plástico dentro de un cajón metálico, a salvo y muerta. En vez de estar todavía en el Titanic, aferrándose a la barandilla de la cubierta inclinada, esperando hundirse.

—¿Por qué no se va para casa e intenta dormir un poco, doctor Wright? —dijo el auxiliar amablemente, y Richard asintió y se dio la vuelta, y luego se quedó allí de pie estúpidamente, mirando la pared.

—¿Cómo se sale de aquí? —preguntó por fin. —Siga por este pasillo y luego gire a la derecha —lo instruyó el auxiliar, señalando, y fue como si le clavaran un cuchillo. “Sigue por ese pasillo. Luego hay una escalera. Subes las escaleras hasta la séptima y cruzas el pasillo elevado hasta Cirugía. Joanna, señalando. “Hay un pasillo a la derecha. Lo sigues hasta los ascensores y eso te llevará a Personal.” El, incrédulo: “¿No hay un atajo?” Joanna, riendo: “Ese es el atajo.”

El auxiliar lo había tomado del brazo.

—Espere, le acompaño —dijo. Lo condujo hasta la primera planta, sosteniéndole el brazo como si fuera una anciana, por el pasillo hasta la escalera y el vestíbulo.

Y debía de ser de día, porque el señor Wojakowski estaba allí, esperando el ascensor, el rostro pecoso sonriente.

— Buenos días, Doc —dijo, acercándose a él—. Dígame, ¿llegó a encontrarlo Joanna Lander?

Junto a él, el auxiliar jadeó, y su tenaza sobre el brazo de Richard se tenso, pero el señor Wojakowski, ajeno, continuó:

— La vi en Medicina interna —dijo—, y estaba… Miró al auxiliar y luego a Richard.

—Oiga, Doc, ¿está usted bien?

El auxiliar lo apartó a un lado, susurrando, y Richard vio cómo su cara empalidecía, bruscamente envejecida, las pecas destacando sobre la piel.

— Demonios, si lo hubiera sabido, no habría… ¿Cómo ocurrió? El auxiliar susurró algo más y el ascensor se abrió, vacío. Richard se lo quedó mirando.

—Quiero decirle que no tenía ni idea… —dijo el señor Wojakowski, mirando ansiosamente en dirección de Richard.

—Ahora no— dijo el auxiliar, y lo condujo por el brazo hasta el ascensor, y se quedo allí como un portero, los brazos cruzados, hasta que se cerro.

Volvió con Richard.

— ¿Se encuentra bien, doctor Wright? —dijo, tomando de nuevo posesión del brazo de Richard—. ¿Quiere que llame a alguien?

“Sí —pensó Richard—. Al Carpathia. Al Californian. Pero su telégrafo está desconectado. El capitán se ha ido a la cama.”

—¿A su novia? ¿A alguien con quien trabaja? ¿A un amigo?

— No.

—Bueno, creo que no es buena idea que se ponga usted al volante ahora mismo. ¿Hay algún sitio donde pueda acostarse?

—Sí —dijo Richard, y volvió al laboratorio. Durmió en el suelo, envuelto en la manta con la que había arropado a Amelia Tanaka, a Joanna, con el busca al lado, encendido, como si no fuera demasiado tarde, como si lo que había ocurrido fuese de algún modo reversible.