—¿Qué se supone que es ese sonido tan raro? ¿Dimensión desconocida?
Davis hizo una mueca.
—Es el tema de Expediente X. Es una posibilidad, ya sabes. Los que experimentan las ECM tienen razón, y cuando nos morimos acabamos rodeados de figurines de Momentos Preciosos. En ese caso, que no cuenten conmigo.
—Ni conmigo tampoco —dijo Richard riendo.
—Y agradecería que me llamaras y me avisaras para poder empezar mi investigación sobre la inmortalidad de inmediato.
—Lo haré —prometió Richard. Llamaron a la puerta. Richard alzó la cabeza, ansioso—. Tengo que irme —dijo, colgó y cruzó corriendo el laboratorio para abrir la puerta.
—Ah, doctor Wright —dijo el señor Mandrake, entrando—. Esperaba que estuviese aquí. No tuvimos oportunidad de hablar ayer. Richard resistió el impulso de buscar frenéticamente una salida.
—Me temo que no es buen momento…
El señor Mandrake se acercó al escáner TPIR.
—¿Con esto espera capturar la ECOV? —preguntó, mirando bajo su estructura curvada—. No podrá hacerlo, ¿sabe? La ECOV no puede ser fotografiada.
«¿Como los fantasmas? —pensó Richard—. ¿Y los ovnis?»
—Un buen número de investigadores han intentado ya encontrar una causa física que explique las ECOV, ¿sabe? —dijo—. Acumulación de dióxido de carbono, endorfinas, el funcionamiento aleatorio de las sinapsis. —Le dio un golpecito despectivo al escáner y se acercó al EEG—. Hay un montón de fenómenos de ECOV que la ciencia no puede explicar.
«Nombra uno», pensó Richard.
—¿Cómo explica el hecho de que cada persona que ha experimentado la ECOV diga que no fue un sueño, sino que sucedió realmente?
«La experiencia subjetiva difícilmente prueba nada», pensó Richard.
—¿Y cómo podrían las endorfinas o la acumulación de CO2 otorgar conocimiento al sujeto que experimenta la ECOV? —preguntó el señor Mandrake—. ¿Conocimiento que la ciencia reconoce que el sujeto no pudo haber adquirido por medios normales?
«¿Qué científicos? —pensó Richard—. ¿El doctor Foxx? ¿El doctor Seagal?»
—Varios de mis sujetos han contado haber visto a un pariente al Otro Lado a quien creían vivo, y se sorprendieron de verlo allí —dijo Mandrake—. Cuando los sujetos regresaron, telefonearon a otros familiares que les confirmaron que ese pariente acababa de morir. En cada uno de tales casos no había forma de que el sujeto supiera de antemano la muerte del pariente.
—¿Tiene una lista de nombres? —preguntó Richard.
—Sería muy poco profesional por mi parte hacer públicos los nombres de los sujetos de mis estudios —dijo el señor Mandrake con reproche—. Pero ha habido numerosos casos documentados del fenómeno.
—¿De verdad? —preguntó Richard—. ¿En qué publicaciones?
—Por desgracia el estamento científico es enormemente cegato cuando se trata de publicar los resultados de la investigación sobre la cercanía a la muerte —dijo el señor Mandrake, envarado—. A excepción de unos cuantos valientes pioneros como el doctor Seagal y la doctora Lander, no pueden ver las realidades superiores que los rodean.
Ante la mención de Joanna, Richard volvió a mirar el reloj. Las diez y media.
—«Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que sueños en tu filosofía» —citó el señor Mandrake—. También ha habido numerosos casos de personas que han vuelto de la experiencia cercana a la otra vida y han desarrollado dones paranormales. Uno de mis sujetos…
—La verdad es que éste no es un buen momento —dijo Richard—. Tengo que hacer una llamada telefónica, así que si me disculpa… Tomó el teléfono.
—Por supuesto —dijo el señor Mandrake—. Tengo que ir a ver a la señora Davenport. Me encantará discutir con usted sus hallazgos.
Salió. Richard iba a colgar el teléfono pero lo pensó de nuevo y marcó el número de Amelia Tanaka. Justo entonces el señor Mandrake reapareció.
—Quería darle un ejemplar de La luz al final del túnel —dijo, extendiendo la mano para alcanzar el boli de Richard—. No, no, no interrumpa su llamada. —Hizo un gesto para que Richard siguiera marcando—. Es Wright con W, ¿verdad?
—Sí —dijo Richard, marcando el resto del número. Empezó a sonar. Mandrake garabateó algo en la página del título—. ¿Señorita Tanaka? —dijo Richard al teléfono—. Soy el doctor Wright.
El señor Mandrake cerró el libro y se lo tendió a Richard.
—Creo que lo encontrará útil —dijo, y se dispuso a marcharse.
—Era para contestar a su llamada, señorita Tanaka —dijo Richard al continuo ring-ring—. Sí. A las once.
«Y espero que apruebe ese examen de anatomía», pensó.
—Bien. No, no será ningún problema.
El señor Mandrake se marchó, cerrando la puerta tras él. Richard colgó el teléfono y miró el reloj. Las once menos cuarto. Decididamente, Joanna no iba a venir.
Abrió el libro para ver qué había escrito Mandrake. «Para ayudarle en su viaje hacia la muerte y más allá», decía. Richard se preguntó si aquello era una amenaza.
Llamaron a la puerta. Sin duda era Mandrake, para darle algún otro motivo por el que el CO, no podía causar una ECM. Descolgó de nuevo el teléfono y dijo:
—Sí, pase.
Joanna abrió la puerta.
—Lamento llegar tarde… Oh, está usted hablando por teléfono.
—No, no lo estoy —dijo él, y colgó—. Pase, pase.
—Lamento llegar tarde, de verdad. ¿Recibió mi mensaje?
—No.
—Oh, bueno, le dejé un mensaje, pero pretendía estar aquí a las diez para hablar con usted.
«Va a decir que no —pensó él—. Ha venido a decirme que no está interesada.»
—Pero tuve que ir a ver a Maisie y me costó trabajo librarme de ella. —Sacudió la cabeza, sonriendo—. Como de costumbre.
—¿Sigue hablando del Hindenburg?—preguntó él. Sólo era retrasar lo inevitable, pero tal vez si hablaban ella cambiara de opinión. Joanna asintió.
—¿Sabía que un puñado de niños que fueron al aeródromo a recibir a sus padres los vieron caer envueltos en llamas?
—No lo sabía. A Maisie le encantan los detalles sangrientos, ¿no? ¿Quería verla para eso?
—No —dijo Joanna—. Encontró un testimonio de una ECM relacionada con el Hindenburg y tenía que preguntarle al respecto. Quería saber si el testimonio era de segunda mano o si lo escribieron en el momento, o poco después.
—¿Lo sabía Maisie? Ella negó con la cabeza.
—Sus libros no decían nada de las circunstancias, ni el nombre del tripulante, pero dijo que intentaría averiguarlo.
—¿La ECM fue de un tripulante del Hindenburg? ¿Tuvo una parada cardíaca durante el accidente y experimentó una ECM?
—No, una visión —dijo Joanna—. La tuvo mientras estaba colgado del entramado metálico del zepelín en llamas.
—¿Pero vio un túnel y ángeles?
—No, una ballena y una jaula para pájaros. No tiene ninguna de las imágenes de rigor, por eso es interesante. Es anterior a Moody y compañía, así que la imaginería no ha sido contaminada, y sin embargo hay claras correspondencias con la ECM típica. Oye un sonido (el chirrido del metal al quebrarse) y ve a su abuela y una deslumbrante luz blanca que interpreta como campos nevados. Y hay varias imágenes que son paralelas a la revisión de vida. Podría ser útil, pero no quiero albergar demasiadas esperanzas hasta que sepa cómo y cuándo dio su testimonio. Podría ser un caso de fabulación, sobre todo si lo contó semanas o meses después del accidente.